• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Periódico de ayer

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El asunto no se oculta. La producción de periódicos y revistas durante nuestro siglo XIX fue copiosa. Todo el país, desde las ciudades que contaban mayor número de habitantes hasta los asentamientos con poca densidad poblacional, contaban con imprenta para publicar un periódico. De no ser así, de no haber taller de impresión, la gente se aventuraba con semanarios manuscritos. De estos últimos ensayos he tratado en una columna anterior.

El asunto que se planteaba a partir de esa intensa actividad periodística no es como para ser desestimado. La cuestión tenía que ver con la senectud de esos impresos. Vale decir, ¿qué hacer con esos papeles que caducaban a las veinticuatro horas? ¿Cómo deshacerse de esos periódicos de ayer? Pues bien, el día de hoy voy a tocar algunas de esas actividades de reciclaje.

Había mucho papel sobrante, es cierto, pero también había mucha necesidad de ese material que ya no demandaba lectores. El uso más frecuente era en el mercado. Muchos artículos iluminadores de la realidad nacional quedaron anulados para siempre, al quedar adheridos a las carnes de los animales sacrificados que se vendían en los mercados. No había bolsas destinadas para estos menesteres, de manera que el diario del día anterior o el último número de la revista de moda venía a propósito.

Las amas de casa habían instruido a sus criadas para que limpiaran los vidrios y los espejos con estas hojas y, más todavía, que los secaran con ellas. Decían que el resultado era mejor que con gamuza. Claro está, para este último uso estaban los consejos precisos: estirar y estrujar con las manos hasta ablandar las hojas, enrollarlas con firmeza y proceder a sacar brillo.

Otra utilidad del periódico de ayer se dirigía a los peines y a los cepillos para el cabello. Estaban convencidas que si todas las mañanas limpiaban estos objetos del aseo personal con el caduco pliego, se mantendrían en buen estado y durarían el doble.

Una aplicación que, en lo personal, resultó reveladora cuando conocí de ella, tenía que ver con el tránsito de desempolvar la casa. Algunas amas de casa –las más veteranas–, en vez de utilizar hojas de té, como era costumbre, antes de barrer las alfombras, optaban por acudir a pedazos de periódicos empapados en agua y bien exprimidos.

No faltaban las que llevaban esa utilidad del periódico de ayer a extremos inimaginables en el presente. Resulta que algunas jefas de hogar optaban por cortar el papel en pedacitos para, con esos fragmentos, fabricar almohadas y hasta los colchones de los pequeños de la casa. Claro está –advertían– “necesitan renovarse con frecuencia”.

En la cocina utilizaban estos diarios para envolver las frutas. Algunas experimentadas en la materia aseguraban que, de esa manera, se conservaban durante más tiempo.

No había fregadores como los que conocemos, los utensilios de cocina se lavaban con trapos (con “lienzo”, como definían) y ceniza. Pues bien, era habitual que acudieran al material que tratamos hoy para la limpieza de las cacerolas y todo lo que tuviera tizne en la cocina. Después de aplicado el procedimiento, se quemaba el papel.

No me detendré en el inmediato uso que venía aparejado con el desembarazo intestinal. En estos tiempos, es probable que esa utilidad ronde nuestras salas de baño.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com