• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

Pedilones o vampiros

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En el último tercio del siglo XIX se encuentran escritos que abordan la práctica de la mendicidad. No vaya a creerse que el fenómeno se desconociera sino, más bien, de las nuevas características que adquiría esta práctica citadina. Para decirlo en pocas palabras: se había remozado el arte de pedir. Pero ahí no quedaba el asunto, a su vez, el pedigüeño (pedilón o vampiro, como se le llamaba en esos tiempos) también había adoptado nuevas maneras. Cuando un venezolano regresaba al país después de varios años de ausencia, lo primero que llamaba su atención era el protagonismo alcanzado por este nuevo oficio.

Uno de esos viajeros que volvió a la ciudad capital a inicios del septenio guzmancista estaba enterado de los múltiples proyectos que se discutían. Venía entusiasmado con la idea de paseos públicos en ejecución, con los parques y acueductos en estudio, con puentes sobre el Guaire, en suma, esperaba encontrar una ciudad próspera y feliz.

El primer paseo que dio por la ciudad le permitió conocer un panorama muy distinto. No había dado sino unos pocos pasos fuera de casa, cuando lo abordó un desconocido. El sujeto lo saludó con suma familiaridad, le dio un apretón de manos y, sin prisa, le espetó un elaborado discurso que desdecía su cuidada apariencia física:

 “Voy a merecer de usted un servicio: soy un padre de familia desamparado con nueve hijos, y mujer, diez bocas a quienes mantener, sin que hasta la hora haya podido llevarles un pan para el desayuno; mi situación es extrema, y si la Providencia no me hubiera deparado la dicha de encontrar a usted, no sé qué habría sido de mí en un instante desesperado: deme usted aunque sean dos fuertes, que algún día se los devolveré”.

El recién llegado fue presuroso al satisfacer el requerimiento. Incluso sintió un aleteo de culpa pues pensó que la cantidad obsequiada no sería suficiente. Mas la agradecida sonrisa del compatriota le devolvió la tranquilidad. Se despiden, avanza una cuadra y es nuevamente abordado. Esta vez la necesidad era otra. Y era otra la catadura del nuevo interlocutor: sucio y mal encarado.

En esta ocasión no hay preámbulos. La petición es sencilla. Necesita una muda de ropa para mandar a lavar la que viste, pues no tiene otra. Esta vez el agobiado viajero lo manda a su casa para que, allí, la familia satisfaga la urgencia que ha oído. El ánimo se ha ensombrecido pero no desiste del paseo.

Al poco andar, unos soldados lo abordan con este argumento: “Blanco, ¿tiene usted unos centavitos, que todavía no han salido las raciones, y no hemos comido?”. Una amargamueca le pinta el rostro cuando hace salir las monedas del bolsillo.

Pero no vaya a creerse que ha concluido todo. Ahora es un desatado quien, ni corto ni perezoso, le exige unas alpargatas. La respuesta es inmediata: “No uso sino botas”. La argumentación en contrario fue más rápida: “Pero lo que le exijo es el importe”.

Un fastidio lo invade. Decide ir al teatro para aliviar el ánimo. Compra la entrada. Al momento de llegar a la puerta, un elegante joven se acerca. Le dice que llegó con retraso, que no tiene cómo pasar pero que un amigo lo espera en la sala. Con una elegante sonrisa le pide el pase de entrada y que, de inmediato, regresa para devolverle el boleto. Esperó media hora, antes de darse cuenta de que no estaba preparado para vivir en esa ciudad.

La conclusión a la que llegó lo dejó satisfecho. En Venezuela, el arte de pedir es “una profesión como cualquier otra”.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com