• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

Niñas sabias

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Es conocido que cuando sor Juana Inés de la Cruz tenía 20 años fue sometida a un examen público. La idea surgió del deslumbrado virrey don Antonio Sebastián de Toledo –marqués de Mancera–, pleno de entusiasmo ante el cúmulo de saberes que lucía como prendas la dama de compañía de la marquesa, su esposa. Estos hechos que presento tuvieron lugar en 1668.

Cuarenta sabios de la Universidad de México asumieron la tarea de implacable jurado. Los guiaba el firme propósito de comprobar la densidad de los conocimientos acumulados por la joven autodidacta. La historia es conocida. Sirvió como sede para el desarrollo de tan singular justa el palacio de gobierno. La examinada soportó con particular dominio el rigor de las preguntas que le iban formulando en acelerada sucesión. Respondió con toda propiedad, por lo que despejó cualquier duda referida a la validez de su sólida formación intelectual.

Para que comprobemos cuán lentos se traducen algunas veces los cambios culturales, una experiencia similar tuvo lugar en Valencia. No sucedió el siglo XVII sino dos centurias más adelante. El acontecimiento que traigo a colación tuvo lugar el 20 de mayo de 1838.

Tampoco estuvo como escenario un palacio virreinal, mas sí la morada que servía de habitación al señor coronel Pedro Celis. Ese día, en el celebrado mes de las flores, fueron sometidas a evaluación las educandas que concurrían a la escuela de niñas, bajo la orientación de la señorita Josefa Cárdenas. Pero, tal como en los tiempos de sor Juana, las examinadas tenían que soportar varias horas de preguntas y, además, de medición de sus propuestas manuales. Las que salían airosas de las pruebas pasaban por niñas sabias, pues alcanzaban un grado de conocimiento que no era habitual entre las mujeres de entonces.

Al venezolano de hoy probablemente le resultará curioso el hecho de que, en este caso, ese acto académico se desarrollara en una casa particular. En el presente a ningún docente de escuela se le ocurriría hacer un examen en su casa o en la de algún vecino, entre otras razones porque hay legislación al respecto. Pero en aquel tiempo todavía no existía intervención gubernamental sobre la materia. Al suceder así, la instrucción de las niñas y niños se iba impartiendo como se podía.

En aquella ocasión, en la casa del coronel Celis se preparó un salón para los fines deseados. En él las niñas fueron colocadas en semicírculo. Todas vestían de blanco. Unas llevaban en la cintura una cinta azul celeste, otras optaron por el color rosa. Las educandas respondían a los nombres de Merced Plaza, Jesusita Quintero, Ercilia Celis, Josefita Plaza, Carlina Athdown, Vicenta Vidosa, Juliana Parra, Ninfa Pérez, Juanita Medina, Ercilia Pirela, Francisca Parra, Francisca Hidalgo, Zoila Cortés, Mariana Celis, Virginia Plaza, Antonia Quintero, Isabel Celis, Felicia Pirela y Rosaura Delpino. Es verosímil suponer que las chicas de apellido Celis eran las hijas del anfitrión.

No había el propósito de que se graduaran en todos los cursos porque, como no había escolaridad superior para las mujeres, la educación femenina se limitaba a la escuela primaria y, cuando mucho, a la secundaria (que se impartía en colegios). De ahí que se diera el caso de representantes que enviaban a sus hijas a estudiar algunas materias e ignoraban las otras. Es decir, no todas cumplían con el programa académico completo. Podían cursar gramática, pero no aritmética, por ejemplo.
Del estudio de esas justas de conocimiento y destreza manual, queda la certeza de que interesaba más la idea de la representación escénica. Vale decir, el objetivo parecía ser el acto del día, entendido ese acto como disfrute público. De hecho, se cursaban invitaciones para que las personas consideradas distinguidas asistieran al evento.

Para la concurrencia de estas examinadas, se colocó una mesa en medio del salón donde se mostraron los bordados, costuras y planas de las niñas. Las planas eran importantes porque era apreciada una caligrafía cuidada y elegante. Las costuras y el bordado, como cabe imaginar, formaban parte de las destrezas que debía lucir una mujer.

En esa mesa también se exhibían los premios que se daban a las mejores estudiantes de cada materia. Esos premios los obsequiaban particulares, algunas veces era dinero, otras medallas y, las más, libros. En esta reunión valenciana se tomaron en cuenta escudos de oro, medallas de plata y obras de instrucción de la juventud.

El acto comenzó con un breve discurso de la preceptora. A la una se dio inicio el examen de gramática castellana. Dos señores hicieron preguntas durante media hora a las chicas. La precisión y exactitud de las respuestas llenaron de admiración a los circunstantes. Siguieron las pruebas de aritmética, lectura, planas y, finalmente, se premiaron los bordados y costuras.

De inmediato se oyó el discurso del señor Francisco de P. Quintero quien, a nombre de los padres, agradeció los esfuerzos de la preceptora. Una parte importante de estos exámenes no estuvo ausente de este cuando una pieza de canto, con acompañamiento, fue ejecutada por las niñas Carlina Athdown y Merced Plaza. La parte musical sellaba el fin de la justa académica. Esta vez se puso término al acto a las 5:00 de la tarde.

Después, el anfitrión hizo pasar a la concurrencia a otro salón donde, decía una noticia de prensa referida a esta justa del saber, “había preparado un abundante refresco, que fue servido en medio de las emociones que produjo el examen”.