• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Moda y política

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El domingo 2 de agosto de 1868, unas personas hacían lo que en el presente no nos atreveríamos a emprender. En esa fecha, a las 9:30 de la noche, un pequeño grupo integrado por hombres y mujeres caminaban fuera de sus casas. Cuando estaba en la acera que va entre las esquinas de Mamey y Monzón, sucedieron los hechos que voy a relatar. Quienes me siguen en esta columna recordarán que, en la esquina de Mamey, se ubicaba la casa de Páez en los años finales de la década de 1830.

Pues bien, ese domingo de 1868 se generaron unos hechos que tuvieron su origen en convicciones políticas y, como generador, razones propias de la moda en el vestir. No pierdo de vista que, cuando se trata de “moda”, de inmediato nos viene a la mente imágenes de mujeres y hombres elegantemente vestidos. Pero debo decir que, en este caso, nada hubo de elegante.

Para entrar en materia, comienzo por identificar a algunos de los protagonistas. Esa noche del domingo 2 de agosto de 1868 los señores Carlos Garmendia y Adolfo Ochoa acompañaban a Etanislao Volcán y familia. Llegan a la esquina de Mamey y, cuando estaban cerca de la de Monzón, ocurre un percance con una de las señoritas Volcán.

Acá debo hacer un alto para señalar que, a finales de la década de los sesenta, la última moda en trajes femeninos era la cola de los vestidos. La llamada “cola” no era más que una prolongación de la parte posterior de la falda. La idea era que esa extensión o sobrante arrastrara mientras la mujer caminaba. No voy a comentar lo referido a la higiene de esa vestimenta cuando llovía o cuando, en la temporada seca, la polvareda tornaba marrón una cola que, en su origen, tuvo distinto color. Esta materia podría ser tema central de una crónica.

Después de este excurso, retomo lo que interesan en esta fecha. Ocurre que –señala la crónica– el grupo integrado por la familia Volcán y sus acompañantes fue tomado por sorpresa por cuanto al pasar “por junto de una de las señoritas de la expresada familia un tal Francisco Rodríguez acompañado de otro, cuyo nombre ignoramos” le pisó la cola del traje.

No disimuló para ocultar su talante pendenciero el que iba al lado del agresor Rodríguez cuando “le dijo a éste que no se le diese ningún cuidado pues a quien había pisado era a una perra, dándole este calificativo por la cola que en los trajes usan ahora las mujeres”.

Así como hubo pendencia de una parte, también hubo extrema cortesanía de la otra. Tal vez era un uso lingüístico propio de la época el calificativo de “perra” para aludir a la mujer que usaba cola en el vestido. Pero también pudo ser aplicada la expresión en la antigua acepción que todos conocemos. Y, muy probablemente, para no ofender el pudor de la joven frente a esta agresión que alcanzó dominio público, quien relató estos acontecimientos prefirió dar la interpretación que hemos visto en olvido de la otra, la soez.

Consumado el pisotón a la cola del traje, “Garmendia se dirigió con la cortesía necesaria y la moderación que le es característica, a Rodríguez y a su compañero, manifestándoles que aquella familia a quien habían ultrajado era una familia de respeto, y que por lo tanto era digna de toda especie de consideración”. Quien lee estas líneas, de inmediato piensa cuánto habían penetrado los consejos del Manual de Carreño en la mentalidad venezolana de entonces: ¡cuánta mesura!, ¡qué grado de comedimiento!

Sin embargo, al seguir en la lectura del documento caemos en cuenta de que otros no leyeron el famoso Manual de urbanidad. Pues ante la comedida intervención de Carlos Garmendia, la respuesta de Rodríguez se limitó a “un pescozón”. Ahí se armó la de Dios es Cristo, pues Ochoa salió en defensa de Garmendia, Rodríguez golpeó a Ochoa y paro de contar.

A todas estas, algunas personas se habían agolpado en el lugar. Cuando los agredidos (Volcán, Garmendia y Ochoa) contaban con que iban a ser defendidos por los testigos, estos “en lugar de evitar el desorden se unieron a los provocadores y principiaron a lanzarnos piedras y a darnos golpes de palos. Pudimos llegar a la esquina de Monzón, donde salieron a defendernos los señores Blas Ochoa, hermano de Adolfo, y Estanislao Volcán, resistiendo a los golpes hasta que llegamos a la casa de la familia Volcán, donde tuvimos que cerrar la puerta, pues Rodríguez y los suyos con los gritos de que éramos unos godos querían introducirse para hacer en la casa toda especie de tropelías”.

Hemos llegado al centro de este asunto. La moda fue la excusa; la política, la motivación. Todo ha quedado claro. La familia Volcán y sus acompañantes y amigos, Carlos Garmendia y Adolfo Ochoa eran gobierneros. Apoyaban el mando de los azules, eran “godos”. Por su lado, quienes los atacaban eran liberales y, sin duda, terminarían apoyando a Antonio Guzmán Blanco, líder del liberalismo amarillo.

En suma, quedó visto en qué medida esos que entienden la política en términos de insulto y agresiones se valen de todo género de excusas (hasta la “cola” de un vestido) para practicar lo que son incapaces de ejercer con inteligencia.