• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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El Manual de Carreño

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En 1999 Alexis Márquez Rodríguez se encontraba en la presidencia de Monte Ávila Editores Latinoamericana. En determinado momento me refirió que estaba pensando hacer una edición crítica del Manual de urbanidad de Manuel Antonio Carreño. Como dato curioso recordó que, meses atrás, había comentado al escritor argentino Mempo Giardinelli esa idea.

Giardinelli no era un desconocido para nosotros por cuanto, en 1993, había sumado a los reconocimientos por su trabajo el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por Santo oficio de la memoria. En la conversación con el recientemente desaparecido profesor venezolano, el novelista le dijo en tono entusiasta que él quería colaborar “como fuera” en esa edición porque el Manual había sido una de sus lecturas en los años de formación escolar. Le dijo más (y en tono de sorpresa): “Che, yo creía que Carreño era argentino”.

En realidad, la anécdota que refería Márquez Rodríguez no me sorprendió, porque tenía evidencia de la confusión reinante en lo que toca al autor y patria de origen de esa pieza. Interesada en ese impreso desde tiempo atrás, había tenido ante mí idéntica reacción de varios colegas del continente, a quienes había hablado de mi proyecto de investigación. Todos daban por hecho que esa obra había sido escrita en su país de origen. De tal manera, resultaba un Carreño argentino, peruano, chileno, puertorriqueño, mexicano, etc., según mi interlocutor fuera de alguno de esos lugares.

La salida de Alexis Márquez de la editorial venezolana dejó en el punto descrito la idea de una reedición crítica del citado volumen. Lamenté que se hubiera abortado aquella idea por cuanto se trata de un libro mayor. Baste como argumento a favor de esa proyectada edición, el hecho de ser uno de los libros más leídos por los hispanoamericanos desde mediados del siglo XIX.

Sin lugar a dudas, ese Manual de urbanidad y buenas maneras para uso de la juventud de ambos sexos, de Manuel Antonio Carreño, es uno de los mayores éxitos editoriales (si no el más importante) de Venezuela. Hasta hace pocas décadas, fue texto de lectura obligatoria en la mayoría de las escuelas hispanohablantes de Latinoamérica. En el presente se sigue reeditando en varios puntos del continente.

La familiaridad con el libro y con su autor alimentó la creencia de que Carreño era nativo de la patria de origen de cada uno de esos receptores. El impacto que produjeron los consejos para orientar el desempeño de sus receptores en el espacio público marcó la oferta de este letrado decimonónico desde el instante que apareció la obra.Tengamos presente que el libro trajo pie de imprenta en 1853 aunque, en realidad, comenzó a circular en mayo de 1854.

Aunque no hubo lugar para la proyectada edición de 1999, me di por medianamente satisfecha cuando escribí para la colección Biblioteca Biográfica Venezolana (que edita este diario en alianza con el Banco del Caribe) el volumen titulado Manuel Antonio Carreño.

Allí sostuve una propuesta en la que voy a insistir el día de hoy. Y voy a repetirme por cuanto observo la reproducción de un equívoco de grueso calibre que veo proliferar con insistencia. De acuerdo con ese equívoco el Manual de Carreño (como comúnmente se le define) estaría “disciplinando”, “encorsetando” el cuerpo, la moral y el espíritu de los venezolanos (y los hispanoamericanos, añado) de aquellos tiempos.

Tengo claro que esas nociones, aplicadas para etiquetar esta pieza, toman como base propuestas que echa a andar el francés Michel Foucault al tratar el siglo XIX. Es probable que tal enfoque permita un acercamiento apropiado a la experiencia europea, pero no opongo dudas al decir que se debe tomar con cuidado al tratar de “explicar” la avanzada urbanizadora del venezolano.

Pues, cuando se toman los manuales que precedieron al de Carreño (que fueron varios, más bien diría que muchos) lo que se observa a simple vista es que el caraqueño buscaba liberar las costumbres. Antes que un esfuerzo por sujetar, el autor del Manual quiso dar cauce a las nuevas prácticas urbanas en términos de convivencia armónica.

Por ello no he vacilado al apuntar que el Manual de Carreño ambicionaba la consolidación de principios básicos de ciudadanía. Pero ahí no se agotó su esfuerzo, pues también quiso inculcar las nuevas nociones de higiene que las avanzadas en medicina iban validando. Eran normas que no estaba asimiladas en el imaginario de entonces, como aquella de lavarse las manos con frecuencia o tomar un baño diario o no dirigir el humo del cigarro a la cara de nuestro interlocutor, por ejemplo.

De ahí que no resulta ocioso insistir en que leer el pasado con la mirada del presente no solo es un anacronismo sino que resulta una acción ingenua, tal vez aceptable en un lego en la materia, pero no en quienes se presentan como conocedores de los hechos y acontecimientos que nos precedieron.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com