• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

Llegó el fonógrafo

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En 1890 estaba al frente del Poder Ejecutivo el doctor Raimundo Andueza Palacio. Un día como otro cualquiera, un vendedor de Estados Unidos solicita una audiencia especial en la Casa Amarilla. La petición habrá llamado la atención del gobernante, por cuanto no se trataba de un vendedor de baratijas. Este que visitaba el país traía dos credenciales de suma importancia.

La primera de esas credenciales lo presentaba como agente del reconocido inventor Tomás Alva Edison. La segunda prenda que lo adornaba decía más, pues había llegado al país con el manifiesto propósito de introducir el fonógrafo. El nombre del fulano fue lo que menos llamó la atención: se llamaba Andrau Moral.

Desde luego, no solo fue recibido por el presidente sino que –como podemos suponer en el presente– por un gentío: la esposa de Andueza Palacio, doña Isabel, todo el cuerpo de ministros, las familias de los ministros y, para completar la audiencia, algunos amigos de todos ellos. La improvisada reunión tuvo lugar en la misma Casa Amarilla.

Se impone decir que el vendedor no se andaba con cuentos. Hizo gala de sus habilidades mercantiles al montar un espectáculo que dejó a todos poco menos que con la boca abierta. A tal fin, organizó un “programa fonográfico” que contempló varias piezas.

En esa ocasión, los presentes comenzaron por escuchar el Himno Nacional. Siguió un saludo al presidente y, de igual manera, a su esposa. A continuación se oyó la voz de Andueza Palacio cuando, en febrero 25 de ese año de 1890, se posesionó como presidente de la Cámara de Diputados. Sucesivamente se escucharon varias piezas musicales. Se incluyó, además, algunos pensamientos de los ministros. No pudo faltar una explicación del fonógrafo por él mismo. En suma, la reunión se prolongó porque la jornada incluyó 21 piezas entre oratoria y música.

Sin lugar a dudas, la jugada maestra del vendedor estuvo representada en el discurso que el aparato de Edison dirigió al presidente. Y, para mayor precisión, justo en el momento cuando la voz del fonógrafo dejó oír este ruego:

“Señor presidente:

“Hijo de este siglo, suelo olvidar la etiqueta y tomarme libertades. Os suplico, pues, habléis en mi bocina, depositad en ella algunos conceptos que la República del Norte, mi patria, y Edison mi padre, que os conocen ya como orador, estadista y gran pensador, desean oír el timbre, la entonación y el carácter de vuestra poderosa voz de tribuno”.

La crónica no señala si el mandatario cedió a la petición de Edison. Me atrevo a asegurar que sí, porque no estaba en él negarse a complacer una personalidad tan ilustre como la del inventor. En todo caso, el avance tecnológico que tenía ante sus ojos ha debido ganar sus simpatías como atrapó a todos los que, pocos meses después, comenzaron a adquirir el nuevo invento.

Siendo así, nos quedó latiendo la pregunta que, supongo, asaltará a quien lea estos renglones: ¿dónde estarán los cilindros de aquel fonógrafo que registró la voz de Raimundo Andueza Palacio en 1890?

 

alcibiadesmirla@hotmail.com