• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

Lenguaje del bastón

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Su consagración llegó cuando –por real orden con fecha julio 12 de 1789– quedó dispuesto que debía incluirse el bastón como parte del uniforme destinado a los oficiales reales y a los superintendentes de las casas de moneda. Es decir, solo estaban autorizados a usar la prenda los funcionarios señalados.

Sin embargo, ignorando el real designio, muchos blancos criollos de la provincia decidieron que no era justo limitar el uso de tan elegante accesorio a unos pocos funcionarios. De ahí que, para 1791, se había hecho habitual entre ellos llevar en la tarde, durante las horas del paseo, elegantes bastones con puño de oro.

Para alarma del capitán general de aquel entonces, don Juan Guillelmi, no solo los blancos, también los mulatos se atrevieron a incluir el adminículo de marras como parte de su indumentaria. La diferencia con los blancos criollos es que estos últimos optaron por la empuñadura de plata.

Con la república, el uso del bastón ya era hábito imprescindible. Muchos se valían de seudónimos como “araguaney”, “pardillo” o “chaparro” para referirse a él, sin duda en alusión a su procedencia del natural. En los años finales de la década de los años veinte del siglo XIX las nuevas tendencias impusieron el bastón delgado y flexible, a la manera de un flexible junco.

Cuando hablamos de moda, lo primero que nos viene a la cabeza es el vestido. Pues bien, en lo que se refiere a indumentaria masculina, al asomar la década de los treinta ya se había consolidado la voluntad de cambio que venía siendo impulsada desde años atrás. Vestirse con decencia era ataviarse afrancesadamente y, desde luego, llevar el infaltable bastón. En esa década, las nuevas directrices imponían esta extensión de la mano en forma delgada y flexible, como un junco.

Pero no faltaban los que iban en contra de esa adhesión irrestricta a la moda. Por ejemplo, el reconocido director del Colegio de la Independencia, Feliciano Montenegro Colón, objetaba cómo iban vestidos los niños de 9 o 10 años que veía caminar con aires de decidida insolencia por las principales calles caraqueñas.

Los pequeños habitantes citadinos de finales de los treinta e inicios de los cuarenta –de acuerdo con el registro del reputado docente– se desplazaban: “Con su puro encendido; sus botas; rica casaca; guantes, o sortijas; sombrerito ladeado y fijo en la cabeza, pase quien pase; y bastoncito regalado al nieto por la bondadosa abuela”.

El sarcasmo era evidente. Preocupaba a Montenegro Colón que los chicos no se descubrían la cabeza al toparse con personas mayores y, mucho menos, fueran llamados al orden ni por la abuela ni por los padres. Inquietaba al pedagogo que esos niños, alumnos de su colegio, pretendían entrar a clases vestidos de esa manera, con desprecio del uniforme reglamentario.
Y, por añadidura, el cigarro que manchaba los dientes.

De vuelta al bastón, para 1845 la prenda sufrió los nuevos embates del gusto cuando las varitas fueron sustituidas por un modelo que muchos asociaron con un garrote de grandes dimensiones. En buena medida, esta variante más gruesa y decidida convenía porque su uso no se limitaba solo a una opción en el vestir.

Un bastón tenía múltiples usos. Uno de ellos (el más reseñado en la prensa del siglo XIX) era el destinado a golpear al contrario. Pues, debo decir que nuestros antepasados no se contenían a la hora de quítame del hombro estas pajas. Una pequeña discusión y ¡zas!, la agresión iba directa a la humanidad del otro, quien, desde luego, no permanecía inerme.

Dentro de este orden de ideas, también servía el nuevo modelo para dirimir cuestiones maritales. Hasta chistes al respecto se hacían. Este que muestro se leía en un diario de La Guaira en 1897:

—¡Que bastón tan hermoso llevas, Ricardo! ¿Por qué no me lo regalas?

—Imposible, amigo mío. Es un recuerdo de familia. Figúrate que este es el bastón con que mi abuelo le pegaba a mi abuela.

Quien no tenía dinero para comprar su bastón, pues, acudía a la generosidad de la naturaleza. Ésta le proveía de una buena rama firme y pesada que sirviera para los fines que perseguía. Esos fines podían ser de lo más desconcertante para nosotros en el presente. Puedo traer un ejemplo al respecto: algunos hechos que sucedían los días de Carnaval.

En los años cincuenta del siglo XIX participaban de esta diversión (era la idea que muchos tenían del disfrute) hombres procedentes de distintos lugares cercanos a Caracas. En El Teque, La Palmita, Palo Grande, se reunían asociaciones carnavalescas. Sus líderes alcanzaban reconocimiento, tales Cachurria, Tío Pedrito, Los Lamas, Domingote. Este último presidía el afamado Club del Zamuro. La razón del nombre era clarísima.

El temido Club del Zamuro tomaba los parajes próximos a Caracas para asaltar a los inadvertidos. En esos días no se trata de practicar el robo, sino de agredir al viajero. El grupete de Domingote se dio a conocer porque ponía al transeúnte en la disyuntiva de oler un zamuro muerto que traían ensartado en la punta de una pica o dejarse embadurnar el rostro con aceite y hollín. Si el agredido rehusaba, el castigo era implacable: lo caían a garrotazo.

Pero también el bastón era adminículo imprescindible en las funciones de teatro. Cuando la representación tardaba en comenzar o si un actor no desempeñaba bien su papel, entonces los golpes contra el piso o el espaldar del asiento delantero no se hacían esperar.

En las barras del Congreso sucedía lo propio. Desde los años de la Sociedad Patriótica los asistentes a las discusiones políticas descargaban su furia en la superficie que pisaban. Si no eran oídos, pues arremetían contra el oponente. De hecho, había modelos de bastón que estaban hechos para ocultar en su interior un estilete.

Pero no siempre la prenda estaba pensada para fines violentos. También le correspondía un desempeño fundamental en las relaciones que se tejían en los salones. Sobre todo en los tiempos de cortejo, el venezolano disponía de este adminículo para enviar mensajes secretos a la dama objeto de sus requiebros amorosos.

En uno de mis libros (Mujeres e Independencia: Venezuela 1810-1821) he señalado que entre los logros que consolidó nuestra libertad política se cuenta la consagración del amor. Me explico. En el período colonial los sectores con bienes de fortuna pactaban los enlaces matrimoniales de sus hijos e hijas. Pero a partir de 1821 se comenzó a aceptar las uniones sostenidas en razones sentimentales.

Fue así como se entronizó todo un aparato simbólico que dio soporte a las relaciones movidas por la mutua atracción y no por razones crematísticas. Entre esos dispositivos se cuentan códigos de comunicación pública que, se suponía, solo funcionaban entre los amantes. De esa manera surgieron las orientaciones que se presentaban con el enunciado de “lenguaje”.

Entre los que puedo recordar en este momento, hubo el lenguaje de las flores, el lenguaje de las piedras, el lenguaje del pañuelo, el lenguaje de la sombrilla (uno de estos días les contaré de estos recursos comunicacionales). Y, desde luego, también estuvo el lenguaje del bastón.

Este último lenguaje se impuso de la década de setenta del siglo XIX. De manera que si la madre vigilaba a la chica requerida, el galán podía enviar información a ella sin que los demás (pensaban los amantes) lo advirtieran. Cuando coincidían en la calle, en la iglesia, el paseo en la plaza reunión social, se podía desestimar la mirada censora con el siguiente código:

Apoyar la punta en el suelo al tiempo de ir caminando: “Seré puntual a la cita”.

Pasarlo de la mano derecha a la izquierda: “No”.

Pasarlo de la mano izquierda a la derecha: “Sí”.

Agitarlo con la derecha: “Estoy desesperado”.

Agitarlo con la izquierda: “Me has ofendido”.

Hacerlo girar con la derecha: “Eres muy variable”.

Hacerlo girar con la izquierda: “Nos han metido en enredos”.

Colocarlo entre el brazo y el costado derecho: “Sacrifico mi amor por el deber”.

Colocarlo entre el brazo y el costado izquierdo: “A mi amor lo sacrifico todo”.

Pasarse el puño por la frente: “Pienso en tu bien”.

Pasárselo por los ojos: “Hay moros en la costa”.

Apoyarlo en la barba: “Medita bien en lo que has dicho”.

Apoyarlo en el hombro: “No temas, vigilo”.

Tomarlo por la punta: “Todo se nos ha trastornado”.

Apoyarse en él, permaneciendo de pie: “Aquí aguardaré”.

Dejarlo caer: “Todo ha concluido entre nosotros”.

¿Se anima usted a usar bastón?