• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Josefa Grajales

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Cuando se elabore un diccionario que tenga como eje central la educación en Venezuela o, en su defecto, cuando contemos con una historia del ejercicio docente en nuestro país, no podrá faltar el nombre de Josefa Grajales. Después de que refiera los datos que he podido acumular sobre esta mujer, muchos me darán la razón.

La primera vez que tuve noticias sobre esta educadora fue en los años noventa del pasado siglo. Me encontraba revisando la prensa zuliana del ochocientos cuando –y (confieso) para mi sorpresa– me topé con su nombre. Me encontraba leyendo prensa marabina de 1837 cuando di con la noticia que traigo a cuento. El tono del periodista era de satisfacción, pues anunciaba la apertura de una escuela de niñas.

En mi libro La heroica aventura de construir una república (2004), he podido examinar algunos rasgos propios de la escolaridad formal en los niveles básica y media en nuestro país. Fue mi interés en esa oportunidad llamar la atención en la materia referida a la apertura de escuelas y colegios para niñas en nuestros inicios republicanos.

Casi siempre tales iniciativas surgían de esa entidad que hoy conocemos como sociedad civil. Es decir, no siempre era asunto de gobierno, habitualmente eran avanzadas de particulares. Cuando entraba el (corto) brazo gubernamental, la mayoría de las veces ni siquiera era decisión de la administración central; en muchos casos, la iniciativa corría por cuenta de la dirigencia provincial.

Fue lo que ocurrió en la capital zuliana al momento de aprobarse la nueva escuela de niñas que trato. El instituto nació con el respaldo de la diputación provincial. En correspondencia con lo establecido por los estatutos, las aspirantes a dirigir el establecimiento docente debían someterse a evaluación por una junta ad hoc. Como resultado del riguroso procedimiento, obtuvo el cargo de directora Josefa Grajales de Dupuy.

La matrícula estuvo concebida para cincuenta educandas, pues el mobiliario no permitía número mayor. Era manifiesto el propósito de enseñar a las niñas a leer, escribir y contar por el método de Lancaster. También estaba previsto que adquirieran nociones de gramática, de ortografía castellana, las llamadas labores propias de su sexo (habitualmente costura y bordado) y los principios de moral y religión.

Quienes hayan creído que el método lancasteriano no tuvo mayor aceptación en Venezuela, deberán persuadirse de que no fue así. Según hemos podido comprobar, su rentabilidad intelectual trascendió las instituciones concebidas para niños y jóvenes de sexo masculino, pues también llegó, insisto, a la docencia femenina.

¿Cuánto tiempo permaneció en el cargo Josefa Grajales? No he podido determinarlo. Sin embargo, no vacilo en calificarla como ejemplo de espíritu progresista. Señalo lo dicho por cuanto sus méritos docentes, elogiados en la geografía marabina, también la llevaron a cosechar prendas de mérito en otra región de Venezuela.

Siempre en mis búsquedas hemerográficas, pude dar con su presencia tres décadas más tarde. En efecto, para 1860 se encontraba esparciendo sus saberes en la región andina. Ignoro qué circunstancias la alejaron de la tierra zuliana, pero el año que menciono era encomiada por su desempeño como directora del Colegio de Niñas de Trujillo.

De acuerdo con los aportes de don Mario Briceño Perozo, Josefa Grajales de Dupuy dirigió desde 1844 una escuela para niñas en Trujillo. Era la época –recuerda este prestigiado investigador– en la cual ejercía la gobernación de ese estado el general Cruz Carrillo.

Sí tengo claro que este cargo desempeñado en Trujillo por la preceptora Josefa Grajales en 1844 no fue permanente. Y es que, como quedó indicado, para 1860 había consolidado un ascenso en su carrera profesional. La promoción se advierte al observar que había dejado atrás la enseñanza dirigida a las niñas y, ahora, estaba dedicada a orientar a las jóvenes en el nivel medio. No puedo dejar de recordar que los colegios constituían el máximo nivel al que podían aspirar las jóvenes en sus ambiciones intelectuales. Todavía la universidad no admitía mujeres en sus aulas.

Pero otro logro supo consolidar Josefa Grajales en estos años propios de su madurez profesional. En esta oportunidad me refiero a su incursión en la escritura. Ciertamente, también en 1860 publica un libro que tituló Sistema de enseñanza mutua para la instrucción primaria y secundaria de las jóvenes venezolanas. Tomado de Mr. Lancaster y otros autores. Debo admitir en este momento que, a lo largo de los años, mis intentos por encontrar un ejemplar de este título grajaliano han sido infructuosos.

A pesar de que no ha estado a mi alcance la lectura de esas páginas, no vacilo al afirmar que ese material convierte a Josefa Grajales en la primera mujer en publicar un texto didáctico en nuestro país.

Después de lo dicho, díganme si no tendrá que ser incorporado el nombre de esta mujer en un diccionario o, en su defecto, darle lugar destacado en una historia de la educación en nuestro país.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com