• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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José Antonio Páez en Puerto Cabello

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A mi amigo y colega

Anatólio Medeiros Arce

De la Universidade Federal da Grande Dourados (Brasil)

 

Los hechos suelen ser recordados en libros, revistas y manuales de historia: en 1846 un levantamiento encabezado por Francisco Rangel y Ezequiel Zamora intenta tomar la conducción del Estado. Páez –cabeza visible de la represión– sale al frente del ejército y derrota aquel proyecto. Años después recordará en su Autobiografía que, como resultado de esa victoria militar: “Mis conciudadanos me colmaban de los más lisonjeros obsequios. Las municipalidades me enviaban sus felicitaciones, y me acogían en sus recintos con honores triunfales: los individuos acudían en tropel a darme la bienvenida, los poetas me consagraban brillantes composiciones, y hasta las mujeres creían cumplir con un deber del patriotismo dirigiéndome discursos congratulatorios en que me llamaban el padre de la patria”.

Lo expresado por el general, en efecto, da cuenta de los homenajes y tributos que se le rindieron. En todos los centros poblados que atravesó mientras dirigía sus pasos en dirección a la residencia que habitaba en Maracay –toda vez que habían concluido los juicios contra los líderes del levantamiento– era recibido con expresivas manifestaciones de júbilo. En tal sentido, he querido referirme el día de hoy al júbilo que le manifestó Puerto Cabello en julio de 1847.

El día 18, alrededor de las 5:00 de la tarde, llegó el triunfador. Lo acompañaban más de 2.000 jinetes, la mayoría de ellos se le habían unido en el camino. La primera actividad que tenía organizada la máxima autoridad civil del lugar consistía en un recorrido a caballo por la población. La calle General Páez y la calle Colombia fueron las elegidas para tal fin; por tal razón, estaban adornadas con los arcos de palma habituales en esos casos, guirnaldas florales y banderas de diversos colores. En determinado momento del recorrido, desde una casa familiar cayó una lluvia de flores sobre el homenajeado.

Finalmente, la comitiva llegó a la residencia que le tenían asignada al ilustre visitante. Antes de retirarse, el grupo de soldados que hacían de escolta hizo algunas demostraciones militares. La infaltable banda de músicos ejecutó varias piezas. Sin embargo, no habían concluido los actos del día pues, a las 8:00, dio inicio la retreta. Poco antes de esa hora se había servido la comida. A las 10:30 se retiraron los invitados “para dar treguas al descanso del Centinela de Venezuela”.

Las noticias que recojo sobre aquel acontecimiento las he tomado de periódicos de Valencia y Caracas. Por eso estoy enterada de que, el siguiente día, los actos programados incluyeron las felicitaciones de todos los cónsules asignados a esa plaza y, en la tarde, tocó rendir palabras de fidelidad a los miembros del Concejo. Hubo discursos alusivos a la ocasión. Para la tarde estuvieron pautados los “juegos de novillos en la calle de Colombia”. Alrededor de las 9:00 de la noche, la casa del señor Domingo A. Olavarría se había convertido en sitio de encuentro espontáneo de una concurrencia de ambos sexos. “Aprovechando la espontaneidad de aquellas personas, el obsequioso Sr. Olavarría transformó de improviso la sociedad en baile, el cual fue tan formal como si hubiese sido dispuesto con antelación, más de veinticinco parejas danzaban a la vez en aquella espaciosa sala y Su Excelencia se divirtió hasta las dos”.

El 20 fue la fecha señalada para un almuerzo en el campo. A tal fin, a las 9:00 de la mañana tomaron como refugio una espesa arboleda de mangos. La disposición de los árboles permitía el escape del rigor solar, razón por la cual un abundante almuerzo satisfizo a más de cien concurrentes. Pero no quedó ahí la inventiva de los anfitriones. Una multitud de hamacas fueron colgadas bajo aquella sombría arboleda: nada parecía excesivo para proporcionar tranquilidad a los asistentes. Más tarde hubo música, los cantos fueron responsabilidad del reconocido vocalista señor Roberto Corser. No faltaron las corridas de caballos a las que era tan afecto el general. A las 4:00 regresaron a la ciudad. A las 7:00 de la noche Su Excelencia se retiró a sus habitaciones.

Los homenajes siguieron varios días. En algunas mañanas y tardes el héroe de la jornada visitó algunas casas familiares. A las 8:45 del 21 de julio fue el momento para iniciar el gran baile. Los invitados de la noche sumaron más de 250 personas. Como era protocolo propio de nuestro país, a la 1:00 de la madrugada se sirvieron exquisitas viandas. A las 2:00 continuó el baile. A las 4:00 se volvió a la mesa. Ya vaciados de energía, los asistentes comenzaron a retirarse “al rayar el alba”.

En otra ocasión fue el obsequio en el mar. Lo hizo el comandante de la goleta Habanera. En el buque, Páez fue recibido y despedido con salvas. De vuelta en la ciudad, se valieron de la tarde para continuar con “el juego de novillos”. En la noche el vencedor visitó otras casas. El sábado la comitiva partió a las 8:00 de la mañana en dirección a San Esteban. La idea era visitar a un viejo amigo de los años de mayor gloria militar, se habían conocido en los tiempos de guerra libertaria: era el general Salom. En esa ocasión el señor. Abigaíl Lozano compuso unos versos que comenzaban: “¿Quién es ese guerrero, patriarca de la Fama,/ Que vive con las aves a orillas de un raudal?”.

De regreso a la ciudad, fue sorprendido por una comparsa de máscaras que tomaron su casa a las 3:00 de la tarde. De esa guisa, baile y música alegraron a la Excelencia durante una hora. Debo decir que no era Carnaval sino que el recurso de enmascarase era habitual en todo festejo público. En esta ocasión no fue distinto y los entusiastas gozaron de lo lindo.

Esa misma jornada, a las 3:00 de la tarde hubo la habitual distracción taurina. En la noche los jóvenes porteños dieron lo suyo con un baile. Decía la crónica que el refresco fue selecto y abundante. Los compases duraron hasta las 5:00 de la madrugada.

El 26 fue el último día de agasajos. Los planes del general eran sencillos: visitar a las familias que le habían brindado atenciones. Por cuanto eran muchas, el gesto de cortesía se prolongó hasta la noche. El llanero vencedor quiso retirarse temprano y así lo hizo. No obstante, estaba lejos de su alcance imaginar la serenata que le ofrecerían los extranjeros; de tal manera, estos espontáneos “le llevaron música y le cantaron muy buenas composiciones armoniosas”.

Después de nueve días de festejos constantes, Su Excelencia José Antonio Páez debía retornar al hogar. Se quedaron en proyecto algunos tributos, como las cenas y bailes que tenían meditados los cónsules de España y Francia. Al mediodía del 27 de julio se concretó la partida. Los ánimos estaban decaídos, pero no vaya a creerse que por cansancio sino porque sabían que volvían “al mundo real después de haber probado las dulzuras de una existencia ideal; y esta consideración nos dominaba enteramente”. Era el gobierno de José Tadeo Monagas, vale la pena recordar.

Las últimas palabras del visitante antes del adiós no pudieron ser más lacónicas: “Porteños, adiós, os llevo en mi corazón”.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com