• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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E. de Hesse Wartegg en Venezuela

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En el mes de marzo de 1888 y en varias entregas se leyó en un periódico de Valencia el texto titulado “Un viaje a Venezuela”. Como se indica en el título de esta columna, el autor se identificaba de esa manera: E. de Hesse Wartegg. Esa precisa identificación lleva a pensar que se trató del conocido viajero austríaco, prestigiado trotamundo de su tiempo y autor de más de veinte libros de viaje. Su nombre completo era Ernst von Hesse-Wartegg.

Como muchos periódicos del siglo XIX, este que cedió espacio a las notas del visitante no está completo. Para nuestra insatisfacción, faltan los números correspondientes a las dos primeras entregas de las impresiones de De Hesse Wartegg. Por ello nos mantenemos en la ignorancia cuando queremos enterarnos de si las páginas fueron escritas en castellano o, en su defecto, quién asumió las funciones de traductor.

Tampoco queda a nuestro alcance la justificación que lo trajo a nuestro país, aunque en algún momento menciona motivos propios de la exploración científica. En todo caso, años más tarde no faltó quien señalara que el europeo vino a estas tierras para asumir el cargo de cónsul general. Pero, la verdad, no he podido corroborar este aserto. Sea por la razón que fuere, su tránsito por Venezuela no le fue indiferente.

Parece ser que las justificaciones profesionales no son lo fundamental para él pues, como señalo, no dedica mayor atención a ellas. Por contraste, abunda en observaciones sobre las personas y las costumbres del país que recorría. Son varios los momentos de interés actual que se juntan en las diez entregas que constituyen el conjunto.

De esos contenidos me limitaré a privilegiar dos estaciones, porque dicen mucho de lo que somos y fuimos. La primera de ellas es esta: “En todas las ciudades de la América española las bandas militares tienen la costumbre de dar retretas o conciertos en las principales plazas que son generalmente concurridas por las mejores clases. En Caracas estas retretas tienen lugar todos los jueves y domingos en la noche y tuve la fortuna de ver a Caracas en todo su apogeo. Dejando el hotel solo tuve que seguir a la gente elegantemente vestida que se dirigía a la plaza principal. Había oscurecido; pero las calles y plazas están perfectamente bien alumbradas con gas, habiendo además compañías formadas con el objeto de alumbrar con luz eléctrica varias ciudades de Venezuela. Pasando por la magnífica plaza de la Universidad y la del Capitolio llegué a la plaza de Bolívar, hermoso sitio esmaltado con flores tropicales, en cuyo centro se halla la estatua ecuestre de Bolívar, en tamaño natural. Centenares de lámparas de gas iluminaban este interesante panorama. En la parte superior se halla el correo y el telégrafo; al sur, el Palacio de Gobierno o como nosotros lo llamamos el ‘City Hall’; en los otros dos lados de la plaza se ve la fachada principal de la Catedral a la derecha, el Palacio del Presidente de Venezuela o sea ‘la Casa Amarilla’, cuyo nombre se deriva de la pintura que tiene. ¿Por qué amarilla? me pregunto. ¿Tiene el color de la casa Amarilla de Venezuela alguna relación con el color de sus habitantes?

“Pronto atrajeron mi atención los acordes de una excelente banda militar que preludiaba los valses de Straus: allí estaba alegre y bulliciosa la alta sociedad de Caracas, compuesta de jóvenes elegantemente vestidos y hermosísimas jóvenes cuyos toiletes eran de exquisito gusto, color y moda. Me informaron luego que a pesar de haber en Venezuela regular número de modistas francesas, las señoritas estaban versadas en el difícil arte de la costura. En ninguna parte de América, al sur de Washington y al norte de Río Janeiro he notado tanto gusto en los trajes, y sería un adelanto para las señoritas de México y Centroamérica si se adoptasen las modas de Caracas. El velo español ha sido olvidado por las caraqueñas y han adoptado los coquetos sombreros de última moda al estilo parisiense. Sólo usa los velos la clase media, generalmente los domingos en la iglesia, al paso que las mujeres de vida alegre cubren su cabeza con pañolones de seda blanca. Los negros usan, como en todas las Indias Occidentales, pañuelos de seda de múltiples colores atados alrededor de la cabeza. A pesar de estar abierta para todo el mundo la plaza de Bolívar, la clase baja jamás entra durante las horas de retreta; se contenta oyendo la música desde fuera de la baranda. Sin embargo jamás he tropezado con gentes más dóciles y bondadosas que la clase baja de venezolanos. Son pobres e ignorantes; pero al mismo tiempo tienen buen corazón y son honrados. Durante el día todas las puertas están abiertas y aun de noche sólo las cierran como medida de salud y no para protegerse. En mis solitarios paseos por las calles de Caracas jamás encontré ningún desorden o personas ebrias. Después de las 11 de la noche todo está tranquilo”.

El otro momento que quiero tomar en cuenta tiene que ver con observaciones del viajero tanto en ambiente citadino como fuera de la ciudad: “Los venezolanos son una raza musical. Aman la música, tocan la guitarra y el piano, y cantan encantadoras canciones improvisando versos a propósito. Nada puede ser más interesante que una de estas tertulias del pueblo bajo, donde varias personas siempre tocan sus guitarras y cantan canciones referentes solo a asuntos de amores y secretillos de los que están presentes. ¡Cuánta gracia y buen humor reunidos! Y las señoritas lo hacen con tanta gracia y coquetería que el aludido no puede resentirse por ver puesto en ridículo su debilidad. La música es natural en ellos; no necesitan aprenderla, lo que sin embargo no les impide tener un piano en cada casa, en el que practican a Wagner y a Beethoven, por horas enteras, no siempre a gusto de sus vecinos, cuyas ventanas están igualmente abiertas de par en par. Cantando y tocando guitarra hallé siempre reunidos en la choza a los más pobres campesinos. Es su diversión favorita durante las tardes o durante las pesadas horas del calor del mediodía. Muchos de los arrieros que viajan con sus caravanas al través del campo, llevan una guitarra colgando de sus hombros; y un día muy en el interior del país encontré un camarada montado en un burro muy cargado, tocando guitarra y cantando para el contento de su corazón. ¡Qué pueblo tan buen humorado! Visitando las habitaciones de la clase baja, sus rendez vous y sus salas de baile, pude observar con cuánta gracia bailan sus propios y nacionales bailes que son completamente diferentes a los nuestros. El aire es más despacio y cadencioso y con pasos más difíciles. Bailan piezas interminables sin descansar y sin dar visibles muestras de fatiga. Mis guías me explicaron que los hombres del pueblo necesitan invitación, pero pagan al entrar un real, que equivale a 10 centavos de nuestra moneda. No causa admiración que alarguen la pieza hasta donde puedan sus piernas; y respecto a sus parejas, querido lector, ¿habéis encontrado alguna vez una señorita que os diga que ha bailado lo suficiente?”.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com