• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

Hablador de pistoladas

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A mi adorada Sophía C. Morales Alcibíades

 

Me pregunto si la expresión tan común en nuestro país –esa que he utilizado de pórtico para presentar el texto del día de hoy– no vendrá de una situación que era muy común en el siglo XIX. Esa situación se ponía de manifiesto cuando un hombre (desconozco si las mujeres se valían de la fórmula) amenazaba a un congénere. Habitualmente quien acudía a la amenaza utilizaba la expresión “te voy a dar (o pegar) un tiro (o un balazo)”. Si no cumplía su palabra, el cristiano quedaba como un hablador de zoquetadas, o sea, de pistoladas.

Fue por hablar pistoladas que un fulano se sintió obligado a publicar un aviso en la prensa caraqueña en el distante año de 1865. Quien se acerque a leer nuestros periódicos de ese siglo tendrá una primera impresión, derivada de un hecho más que comprobable: la gente publicaba noticias o avisos que, en el presente, no son habituales. No era extraño que un esposo pagara unos renglones para contar que su consorte lo había abandonado o que alguien relatara que lo habían robado y pedía al amigo de lo ajeno que devolviera lo que no era suyo.

Pues bien, una situación hermanada con la que he descrito como último punto del párrafo anterior se generó en la capital de la república. Por cuanto los hechos se sucedieron en una posada, podemos suponer que el protagonista no tenía residencia fija en Caracas. Más todavía, me atrevo a asegurar que ese protagonista era de Valencia porque firmó el aviso que publicó como J. Celis. Los Celis eran oriundos de la capital de Carabobo.

A estas alturas, ¿qué fue lo sucedido? En el escrito se relatan los hechos. J. Celis estaba alojado en la posada Bassetti, en Caracas. Alguien entró “furtivamente” (como indicaba en el aviso de prensa) a su cuarto y le “robó un reloj y otros efectos”. El hombre, estremecido por la furia, ofreció “un balazo a la persona” que lo había robado.

Evidentemente tan temible amenaza asustó a nadie porque, a los pocos días (justo la noche anterior al día escogido para publicar el aviso), una persona (podemos creer la misma que resultó amenazada de recibir el disparo) se introdujo en la habitación y lo volvió a robar.

El agraviado tituló su aviso de manera llamativa: “¡Homenaje al valor!”. En la rápida explicación que dio para justificar con cuánta rapidez pasó de la amenaza a la conciliación con el amigo de lo ajeno, dejaba ver su admiración ante el coraje puesto de manifiesto por su oponente. Y es que el asunto había trascendido a un plano en el cual el ladrón dejaba de serlo para convertirse en un venezolano intrépido.

Decía el ciudadano Celis que no arredró a su antiguo enemigo el hecho de que él dormía “con mi revólver en la cabecera”. Tampoco lo amilanó que, en la misma habitación, dormían “dos hombres más que no tienen miedo ni a Dios ni al Diablo”. No obstante esos obstáculos, el amenazado “volvió a robarme otro reloj, una magnífica cadena y varias cosas más”. Al final de la declaración de los hechos que vivió (o padeció), incluyó una lista de los efectos que le habían sustraído y, la verdad, tuvo razón en andar tan molesto.

¿Cuáles fueron los efectos que dejaron de pertenecerle? Pues bien, nuestro hombre dejó de ser propietario de algunas joyas y prendas de vestir: “Un reloj de oro, una cadena del mismo metal con un botón y su brillante, una casaca de paño, cinco pantalones de casimir y paño, un pupitre conteniendo varios papeles importantes, dos levitas de paño, un par espuelas de plata, unos anteojos montados en oro, varias camisas blancas de hilo y algunas menudencias más”. Supongo que en “algunas menudencias más” quedaba incluido el primer reloj que había dejado de pertenecerle.

En mi humilde opinión, nuestro agraviado J. Celis no quedó como un soberano hablador de pistoladas porque incumplió la amenaza de pegar un tiro al desgraciado que lo había robado. Mucho menos ganó el cognomento por haber sufrido dos veces el mismo vejamen. No señor. Nuestro cristiano quedó como un zoquete al concebir una ridícula fórmula con la cual creyó ganar la buena voluntad de su oponente.

Aunque, para ser justa, fue la fórmula que concibió así como la ingenuidad que tuvo al dejarla escrita en el aviso que pagó en el periódico El Federalista la causa de su descrédito. La tal fórmula de conciliación rezaba de esta manera: “Si tiene la franqueza de decirme al oído su nombre, le gratificaré y le rendiré el tributo de mi admiración, porque siempre he respetado a los valientes”.

¡Habrase visto!

Pero no todo lleva sabor a pérdida. Esa experiencia nos sirve para convencernos en el presente de que todo(s) aquel (aquellos) que amenaza(n) porta(n) el tufo del hablador de pistoladas.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com