• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

Guzmán Blanco no sabía reír

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Una manera que tienen los ciudadanos para medir el talante democrático de sus gobernantes, es observar la reacción de éstos frente al humor. Quienes ejercen el poder político se definen por la manera de actuar cuando ellos son quienes inspiran a los humoristas. Me encontraba pensando sobre lo que recién han leído, cuando traía el recuerdo de Antonio Guzmán Blanco.

Basta revisar la prensa venezolana del siglo XIX, para observar de qué manera fue incrementándose la tendencia humorística a partir de 1830. Las primeras manifestaciones se dieron por la vía de los artículos de costumbres y de uno que otro chiste que se colaba aquí y allá. De manera que, puede decirse, uno de los hallazgos que consagró la Venezuela republicana fue el ejercicio de la risa para criticar los gobiernos de turno.

Al llegar a la década de los 40, comenzó a aparecer la caricatura política como la que se vio en el semanario El Relámpago de Marzo, en 1844. El Diablo Asmodeo, en 1850, El Pica y Juye, en 1858, siguieron con esta tendencia expresada en la caricatura con apoyo en la política. Desde luego, no dejaban de aparecer escritos en prosa y verso que daban curso al lenguaje desacralizador e irreverente.

El Jején (1854), El Loco (1856), El Búho (1867), La Charanga (1868), se inscriben en la línea de quienes observaron los males del país. Todos ellos (y otros títulos que me excuso de incluir en aras de la brevedad), creyeron que con la risa o el guiño cómplice podían derrotar los desatinos provenientes del campo político.

Es verdad que la decodificación de un escrito o una imagen humorística, demanda un elemental nivel de inteligencia. Lo deseable es que el receptor en función de gobierno, reciba el discurso (en prosa, verso o gráfico) y vea en él los desaciertos que debe atacar. Pero, infelizmente, no ocurre así. Cuando menos esa conducta que apunta a lo deseable no fue la que practicó el hijo de Antonio Leocadio Guzmán.

Al expresar lo dicho, tengo en mente la admiración que despierta Antonio Guzmán Blanco en muchos venezolanos del presente. Sé que el hecho de que en sus períodos de gobierno se hayan levantado obras públicas significativas (el Capitolio, el Calvario, edificaciones aquí y allá en algunas ciudades del país, los ferrocarriles, y paro de contar) le ganan simpatías. Los registros y codificación civiles, la relativa pacificación del país, un comienzo de orden en la administración pública igualmente le suman adherentes.

Pero también tengo en mente que a este hombre no le gustaba la risa. Le molestaba el trabajo de los humoristas. Por esa razón dictó órdenes para que se les silenciara. No quiso preguntar por qué ejercían esa manera de formular la crítica. Optó por lo más triste: encarcelar a quienes no le eran obsecuentes. Es decir, aquella modalidad jovial que se venía fortaleciendo desde los años treinta para enjuiciar el mal gobierno o al mal gobernante, la pretendió eliminar en sus catorce años de poder supremo.

Si hubiera sabido reír, se habría dado cuenta de que era mejor ser el motivo inspirador de los humoristas y no el objetivo de los levantamientos armados. De alguna manera los ciudadanos tienen que expresar su descontento. Sobre todo cuando los errores que se destacan, pueden ser resueltos con un mínimo de actitud conciliadora.

Pero si los que están al mando, como Antonio Guzmán Blanco, no saben reír, con absoluta seguridad tampoco sabrán gobernar.

alcibiadesmirla@hotmail.com