• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

Expósitos

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A Ronald Briggs, amigo y colega

 

Una constante que se observa a lo largo de nuestro siglo XIX y comienzos del XX, son las noticias referidas a niños abandonados. Desde luego, el asunto venía desde siglos atrás pero, en las centurias que señalo, se hizo dominio público por mediación de la prensa escrita. En efecto, los periódicos incluían con frecuencia (y siempre en tono censor) las novedades referidas a los pequeños dejados al arbitrio de otros.

Generalmente el hecho se concretaba en las puertas de las iglesias o de los conventos, o en los asilos (orfanatos) que comenzaron a aparecer en el último tercio del ochocientos. Pero no faltaron las cestas colocadas en las puertas de las llamadas casas de bien. Esos tejidos vegetales eran utilizados para resguardar la vida del pequeño abandonado. Así como se popularizó en muchas novelas y folletines, algunas veces en el traje del expósito se colocaba una nota manuscrita, habitualmente para justificar el acto de abandono.

Otra particularidad de esa práctica estaba referida a la epidermis del indeseado. Casi siempre se trataba de recién nacidos de piel pálida. Ese hecho contribuyó a elaborar una interpretación: solo abandonaban a sus hijos las mujeres de los sectores acomodados. Ese abandono, como sabemos en el presente, tenía que ver con el estigma del deshonor.

Pero no vaya a creerse que solo las parturientas de esos sectores se deshacían de la progenie habida fuera de matrimonio. También las madres pertenecientes a clases sociales desfavorecidas en lo económico tomaban la misma decisión. De hecho, hubo noticias de jóvenes dedicadas al servicio doméstico que asesinaban al hijo para ocultar lo que consideraban delito. No voy a enjuiciar, pero no quiero desaprovechar el momento para señalar que no se hablaba de responsabilidad paterna, cuando aquella prensa trataba asuntos de esta naturaleza.

Por ser este fenómeno del hijo abandonado tratado con frecuencia por la prensa habla de lo habitual de esta práctica. Los calificativos que se endilgaban a las madres que tomaban decisiones como las que presento el día de hoy eran durísimos. Por ejemplo, en 1893 los ciudadanos de Coro leían en un periódico del lugar estas valoraciones: “Una madre infame, sin corazón y sin conciencia, sin conocer el amor maternal, ha depositado a la sombra de un espinoso matorral, a extramuros de la ciudad, el fruto de sus entrañas formado en horas de locura, de delirios y de ahogosas (sic) pesadillas. (...). ¡Madre infame! Chacal humano, ¿para que vives? Insensata mujer, ¿que has hecho de tu hija? Hiena hambrienta de placeres sigue tu camino lastimoso... miserable... que la Justicia Divina como humana seguirá tus pasos”.

Llegó el siglo XX y la situación se mantenía prácticamente sin alteración, como señalé al comienzo de estas líneas. No perdamos de vista que todavía el mercado laboral no ofrecía posibilidades de trabajo para las mujeres de los sectores privilegiados. A una mujer proveniente de un hogar de esas características, el ser arrojada de casa por un padre enfurecido solo le quedaban dos opciones: la muerte por hambre o la prostitución. Lo mismo procedía con una joven de pertenencia socio-económica distinta.

En estos últimos casos, tenían posibilidades de trabajo pero las destrezas en áreas de competencia eran pocas. De tal manera, si las echaban del lugar del ganapán, no tendrían facilidad para encontrar otra fuente de ingreso. Por añadidura, al nacer el hijo se les planteaba el hecho básico de la supervivencia de ella y de la criatura, de ser arrojadas de la fuente de ingreso económico. Esto último era habitual en las empleadas domésticas.

Desde luego, estaban las futuras madres que no dependían de la autoridad paterna porque eran plenamente autónomas desde el punto de vista económico. Esto último sucedía en las regiones alejadas de la influencia urbana. En estos últimos casos las alcanzaba poco la censura (sobre todo la eclesiástica), razón por la cual se veían en mayor libertad de actuar con criterio propio. Esta circunstancia es la que determina la conversación que se oyó en 1905, entre una señora caraqueña y una campesina de la cercana población de Chacao.

Esta última: “Se mostraba horrorizada de los recientes casos de niños expósitos de que había oído hablar en el mercado.

La señora, dando pábulo a los generosos aspavientos de la campesina, le preguntó:

—¿Y qué hace usted, Joaquina, si ahora, al regresar a Chacao, se encuentra en el camino un expósito?

—Si es blanco lo recojo; pero si es negro huyo.

—¿Huye? ¿Por qué?

—Porque si es negro, no puede ser sino el Diablo.

—¿El Diablo?

—Sí señora: porque los negros no botan a sus hijos”.