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Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

Exhumación del cadáver de Bolívar en 1842

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A Beatriz D’Andreis y Roberto Rendón, amigos samarios

 

La primera vez que los despojos corporales de Simón Bolívar fueron vistos por testigos, ocurrió un mes como este pero en 1842. Fue así porque el 20 de noviembre del año que indico se cumplió el deseo puesto de manifiesto por el caraqueño en su testamento. “Es mi voluntad –había dictado al amanuense– que después de mi fallecimiento mis restos sean depositados en la ciudad de Caracas, mi país natal”.

Pasaron doce años antes de que esa última voluntad se cumpliera. Ello sucedió cuando una comisión que hizo el recorrido de Caracas a Santa Marta, en Colombia, dio satisfacción al anhelo eterno del Libertador. Entre los delegados venezolanos que asistieron al acto estuvo Simón Camacho, sobrino nieto de Bolívar.

Camacho registró las impresiones recibidas durante los pocos días que permaneció en Santa Marta como integrante de aquella comisión. Desde luego, describió el acto de exhumación en los aspectos que consideró relevantes. De ese recuerdo quiero recuperar la respuesta que recibió de Próspero Reverend, el médico que atendió al enfermo y que, después, realizó la autopsia del cadáver.

Cuando el joven Camacho le preguntó si el cuerpo presentaría buen estado de conservación, el francés le respondió: “Tal vez no; porque absolutamente carecíamos de ingredientes para embalsamarlo bien. No los tenía yo ni los había en la población”. Este comentario es pertinente para otras impresiones que han quedado alrededor de aquel suceso.

Fue el colombiano Joaquín Posada quien se detuvo en otros detalles que quiero recordar el día de hoy. A las 4:00 de la tarde la población de Santa Marta escuchó el redoblar de las campanas. La ceremonia había comenzado. Las naves de la catedral apenas podían contener la gran cantidad de hombres y mujeres que coparon el recinto. Todas las personas vestían de luto así como las puertas y ventanas de las viviendas fueron cubiertas con telas negras. En ese momento se escucharon tres disparos de cañón. Acto seguido un coro, con acompañamiento del órgano, entonó cantos fúnebres. Al mismo tiempo, se procedió a levantar la losa de mármol.

Poco después quedó a la vista una urna de madera. Dentro de esta primera cobertura estaba resguardada otra de plomo. Pero la caja de madera estaba muy deteriorada. De inmediato, todos quisieron guardar un recuerdo del momento, razón por la cual obtenían trozos de la desvencijada caja mortuoria. Corrieron algunos minutos y la urna de plomo quedó expuesta ante todos. En ese momento el sentimiento fue unánime. Todos –la concurrencia numerosísima (hombres y mujeres)– levantaron un clamor: ver los restos. En este punto, me limito a transcribir las palabras de Posada; juzgue usted si las apreciaciones de Reverend resultaron atinadas:

“Procediose en seguida al reconocimiento de los restos, que dio este resultado: el cráneo estaba aserrado horizontalmente y las costillas por ambos lados cortadas oblicuamente como para examinar el pecho; los huesos de las piernas y pies estaban cubiertos con botas de campaña; la derecha todavía entera, la izquierda despedazada; a los lados de los huesos de los muslos, pedazos de galón de oro deteriorado y listas de color verde, como metal oxidado, fueron los únicos fragmentos de su vestido que se encontraron; todo lo demás se había pulverizado”.

Próspero Reverend y Manuel Ujueta –quienes estuvieron presentes cuando se produjo la muerte del venezolano aquel 17 de diciembre de 1830–, fueron llamados para que dieran fe de la identidad de los restos. La respuesta de ambos fue afirmativa. Pero todavía no había concluido todo.

Como era habitual desde siglos anteriores, el corazón y las vísceras de personas prestigiadas se conservaban en un recipiente aparte. En este caso hubo apego a la norma, pues en una pequeña caja de plomo estaban las entrañas de Bolívar. Con premura, las autoridades neogranadinas las solicitaron a la comisión venezolana y esta fue generosa en su respuesta. Pero, al abrirla, comprobaron que solo contenía tierra. En ese momento se decidió que esa tierra o polvo se conservara en la Catedral de Santa Marta. Y allí quedó.