• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Escritoras de la muerte

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Una temática que privilegiaron nuestras escritoras cuando se decidieron a publicar sus escritos es la que privilegia la muerte. De tal manera, pudieron ellas dar salida al dolor provocado por el fallecimiento de un ser querido. En esta preferencia fueron de la mano con sus congéneres, pues ellos hicieron lo propio.

De seguidas urge precisar que hubo necrologías en prosa y las hubo en verso. También hay lugar para apuntar que esas necrologías no repudiaban el nombre del autor o autora. Quien haya leído la columna que dediqué a los seudónimos, tendrá en cuenta que, cuando nuestras escritoras decidieron mostrar sus producciones, optaron por velar su nombre tras un supuesto. Pero con la poesía o la prosa luctuosa se permitía la identidad autorial.

También importa tomar en cuenta que, durante los inicios republicanos, la literatura se permitió abordar ámbitos que en el pasado colonial estuvieron ausentes. La muerte fue uno de ellos. La salida verbalizada al dolor se abrió cauce, y esa exteriorización no fue mal vista. Por el contrario, pudo fluir. No es de extrañar la presencia de esa escritura de la muerte. El momento lo requería. En uno de mis libros he recordado que “(e)n el siglo XVIII la vida era el tránsito necesario para alcanzar el goce garantizado por la muerte, en el XIX se anhelaba su disfrute”. Si la vida era valorada en su dimensión lúdica, añado en este momento, se puede entender lo que significaba la penosa experiencia impuesta por la muerte.

Y quien daba letra a ese desgarro interior, no encontró obstáculo para identificarse con nombre y apellido. Fue la primera conquista que el escritor (y, sobre todo, las escritoras) pudieron ir ganando al anonimato. Es verdad que algunas veces ellas siguieron optando por las iniciales del nombre, como sucedió con M. T. de B., quien en 1847 escribió en Carúpano unos versos cuando se produjo la muerte de una amiga. Pero en buen número estuvieron las que se identificaron con nombre y apellido.

Fue este último proceder el adoptado por Trinidad Ramos, en ocasión de la muerte de su progenitor, el reconocido intelectual José Luis Ramos, dado al sepulcro en julio de 1849. Las “Lamentaciones sobre la tumba de mi padre” se publicaron en El Patriota ese mismo año. Después de este poema no he conocido otra muestra de su estro poético. El texto es como sigue: “¿Qué soledad, qué negro desconsuelo/ De angustia y luto cubren mi existencia?/ ¿Por qué dirijo mi oración al cielo/ Sin esperar que alivie mi dolencia?// Es que una tumba más la muerte impía/ Tremenda levantó... Mi voz doliente/ En vano llama... Responder solía/ El tierno padre que besó mi frente...// No volverán a herir mi triste oído/ Los acentos del padre cariñoso.../ Huérfana, sola, el eco dolorido/ De mi pesar se apaga temeroso...// Perdona, ¡oh madre mía! si en mi pena/ Huérfana y sola me llamé, perdona;/Yo sé que de tus hijos la cadena/ Te une a la vida que el dolor encona.// Juntos lloremos del fatal destino,/El decreto terrible, inexorable/ Que en un punto nos quita del camino/ De la vida el apoyo inimitable.// ¡Oh! ¡Dios eterno! tu clemencia imploro/ En medio de mi amargo desconsuelo;/Las virtudes recuerdo del que lloro/ Y no te ofenda mi constante duelo”.

Creo no andar mal encaminada cuando señalo que, muchas veces, esa poesía o prosa luctuosa escrita por mujeres apunta más a ellas que al ausente. Es decir, la propuesta métrica que hemos conocido de Trinidad Ramos privilegia el dolor de la autora más que la exaltación del definitivo ausente. Tampoco puedo ignorar que, como resolución estética no hay mayor aporte, salvo el hecho declarado: la irrupción femenina en los medios impresos como generadoras de discursos.

Por el contrario, la evocación sentimental, íntima, del ausente –que no se destacó mayormente en Trinidad Ramos–, quedó plasmada en unos versos que publicó El Heraldo en 1859. “A la memoria de mi esposo José Gregorio Ortiz”, de María del Rosario Coronado, residente en Curiepe, se desplaza entre la angustia por el hogar deshecho, el amor que se profesaban los esposos y el llanto de los hijos pequeños. No conozco otra producción de la autora y, por lo pronto, me excuso de transcribir el texto.

Sigamos con nuestra revisión de esta temática. Al finalizar los sesenta se encuentra un relativo incremento del número de escritoras que cultivan esta poesía (y prosa) de la muerte. El Pensamiento Libre trae en 1869 unos versos bajo la firma de Esperanza. La composición poética está titulada “A mi amigo” y viene dedicada a “José Manuel Garbiras. En la muerte de su padre”.

Por razones de espacio, tampoco transcribo los versos de Esperanza. Ello no obsta para que destaque una idea final. No es, desde luego, la solvencia del discurso estético lo que cabría poner en evidencia como mérito de esta escritora. Es, más bien, el título y la dedicatoria que he mostrado. El texto se ofrece a uno de los escritores reconocidos del período quien, por añadidura, se presenta unido por mediación amistosa con la autora. Es un circuito de colegas que se viene consolidando, y donde ha ingresado la mujer. Ella, en este tiempo, ya forma parte de la institución literaria que viene adoptando formas propias: vínculos personales con los colegas, consumo lector de los productos estéticos de sus pares y, ahora sí, mayor presencia en los medios impresos.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com