• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Escritoras colombianas en Venezuela

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El día de hoy quiero referirme a un hecho que no ha merecido atención ni de los estudiosos de nuestra literatura ni, cabe añadir, de los especialistas en literatura colombiana. Tal hecho tiene que ver con la presencia de escritoras nacidas en la patria de Nariño que tienen lugar de significación en la historia de la literatura venezolana. El asunto no es como para ser tomado a la ligera y, sin dudas, estarán de acuerdo conmigo cuando refiera algunos casos de interés.

La etapa a la que concedo privilegio es la marcada por los inicios del Estado republicano, vale decir, a partir de 1830. Por lo que toca a la escritura femenina que se vio a partir de esos años, es cuestión de nota apuntar que el primer escrito de una mujer que se publicó en nuestro país fue aporte de una bogotana. Se trató del poema “Lamentos de Colombia”, que los redactores de la publicación periódica caraqueña titulada El Fanal incluyeron en marzo de 1830.

Los versos eran presentados por los editores caraqueños con el siguiente subtítulo: “Canción compuesta por la Sra. maría josefa acevedo esposa del Dr. Diego Fernando Gómez, mientras éste gemía perseguido por el gobierno de Bolívar”. En realidad, ni el poema ni el subtítulo que hemos conocido se cuidan de señalar que el Dr. Gómez estuvo comprometido en la conjura bogotana para asesinar a Bolívar en septiembre de 1828.

Que la autora de los “Lamentos de Colombia” no se refiere al punto señalado (la responsabilidad del esposo en el intento de magnicidio), es cierto. Pero, como contrapartida, se ocupa de señalar lo que, desde su perspectiva de republicana, o sea, de liberal, puede imputarse al caraqueño. Leamos la tercera y cuarta estrofas, que ilustran el punto que llamo a consideración:

“¡¡¡Oh Colombia!!! República fuiste/ Y mil bienes un tiempo esperabas;/ Como un padre a Bolívar amabas,/ ¡¡¡Y qué premio el ingrato te dio!!!/ Tú su nombre y su gloria le diste/ Coronando su sien de laureles,/ Y él sus manos sacrílegas crueles/ En la sangre más bella lavó.// De Padilla, Zulaivar, Azuero,/ De mil héroes cortó la carrera/ Ostentando una rabia de fiera/ Y el más crudo y salvaje furor./ Para él no hay privilegio ni fuero,/ La virtud, los talentos oprime,/ Y en destierros y cárceles gime,/ De Colombia escogida la flor”.

Ante la propuesta que circulaba en torno a la monarquía vitalicia, no oculta la afligida esposa su descontento. Otra estrofa aborda este aspecto, propio de la política que se quiso instrumentar el año de la conjura: “Nada puede oponerse al tirano/ Que holló bárbaro el pacto sagrado:/ Oprimir a Colombia ha jurado/ Y sus oídos cerró a la razón./ De un puñal está armada su mano/ Y en el trono pretende elevarse/ ¿Mas qué puede de un hombre esperarse/ Que su gloria inmoló a la ambición?”.

Josefa Acevedo de Gómez no es figura irrelevante, pues es considerada por la historiografía literaria de Colombia como la primera autora del país que escribió y publicó temas que en ese país califican de “civiles”. Vale decir, ella cultivó una temática que ya no pertenecía al claustro, temática que caracterizó la escritura de las mujeres en el período colonial, entre ellas, la más afamada, la madre Francisca Josefa de la Concepción de Castillo. Pero a pesar de lo interesante de estos datos que ofrezco, opto por interrumpir la transcripción del texto y los comentarios sobre la autora, pues quiero enumerar otros casos que no pueden ser ignorados.

He recordado en una columna anterior el nombre de otra colombiana que tuvo figuración destacada en nuestro país. Se trata de Josefa Gordon de Jove, cartagenera residenciada en Caracas, quien tuvo inocultable protagonismo en el exilio bogotano de venezolanos como Carmelo Fernández y Celestino Martínez. Se sabe que Josefa Gordon, viuda de Jove, escribió su poesía en Caracas y, en otro momento, he apuntado que he podido dar con dos de sus producciones. Aprovecho este momento para señalar que tengo noticias de la existencia de otro escrito de su autoría publicado en esta ciudad que habito, sigo en su búsqueda y no dudo que tarde o temprano daré con él.

El tercer caso que me he propuesto destacar el día de hoy es el de la familia Antommarchi (o Antomarchi, como también se les identificaba). Era numerosa esta parentela asentada en Caracas. Puedo asegurarlo porque, cuando muere el padre, José M. Antomarchi (así escribía el apellido la nota de prensa en El Siglo), a los 76 años, este periódico caraqueño recordó que: “Su larga familia, colombiana de nacimiento, vive hace tiempo en Caracas”.

De las hijas –muchas veces identificadas con rasgos de “hermosura” por la hemerografía venezolana de entonces– se dieron a conocer Hortensia, Elmira y Elvira por su condición de escritoras. Hasta donde he podido acopiar, Elvira publicó el mayor número de textos, todos bajo la forma del verso. Elmira, en cambio, optó preferentemente por las necrologías; también se la vio comprometida con una organización poco estudiada, por cierto, que se definió como “Liga de las hijas de Cuba”.

Esa Liga estuvo integrada solo por mujeres y, como sugiere el nombre, apoyó la independencia de Cuba. (Uno de estos días les cuento en qué consistió esta reunión de mujeres comprometidas con política internacional). De vuelta a las Antommarchi, una de las necrologías que publicó Elmira fue aquella en ocasión de la muerte de Cecilio Acosta en julio de 1881. Y, ya que trato de obituarios, otra Antommarchi, María, tuvo un destino que caracteriza aquellos tiempos, pues murió joven, el 20 de abril de 1870, víctima de la epidemia de fiebre amarilla que azotó nuestra capital.

Es momento propicio para recordar que Julio Calcaño dedicó, en mayo de 1884, un poema a Elmira, por cuanto la referida dama regresaba a la “Patria venturosa”. Aunque pretendo hablar aquí de aportes de colombianas, no será inoportuno acotar que también estuvieron los hombres de la familia que traigo a cuento. Uno de ellos, F. A. Antommarchi (no he podido dar con el nombre de pila) optó por la escritura generada ante la muerte de personas conocidas. Otro hermano, Alberto, colocó una corona de flores en la tumba de Cecilio Acosta el día del sepelio de tan prominente intelectual. Además, pronunció un discurso “en representación de los hombres de letras de Nueva Colombia”, como rezaba un periódico que dio cobertura al acto luctuoso.

En la región zuliana hubo contacto frecuente con la escritora y periodista, nacida en Cúcuta, Josefa Andrade Berti. En 1895, El Cronista, de Maracaibo, saludaba su arribo a la ciudad. Pero, más que las salutaciones de cortesía, me interesa destacar que la escritora colombiana colaboraba con regularidad en los periódicos y revistas de la región zuliana. Entre ellos, preciso relievar el apoyo que brindó a Ana Yepes, la hija del renombrado José Ramón Yepes, cuando esta fundó la revista marabina Alondras en 1897.

Este catálogo que ofrezco –muy incipiente pues no menciono los aportes que legó la bogotana Soledad Acosta de Samper–, es apenas una muestra de los tantos vínculos que han unido a ambos pueblos a lo largo del tiempo.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com