• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

Diálogos amorosos

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Difíciles circunstancias debían sortear los jóvenes amantes de nuestro país cuando querían ocultar sus sentimientos de miradas impropias. Quería ella o él transmitir tiernas expresiones de amor sin que se enteraran los papás; le provocaba a él o a ella recriminar cualquier cuita de amor pero, infelizmente, estaban en lugar público y había temor de ser observados...

Pues bien, esos tropiezos no devenían en problema porque era habitual que la gente joven acudiera a subterfugios pensados a propósito. Es decir, los amantes se las habían ingeniado para echar mano de diversos lenguajes amorosos. Y, hay que decir, esos diálogos de amor no cultivaron la convención cotidiana de comunicación, como veremos de inmediato.

El primero que ganó adeptos fue el lenguaje de las flores. Si nos situamos en noviembre de 1839, leeremos en la revista La Guirnalda el glosario de flores (y de algunos frutos) con su correspondiente carga significativa. Por ejemplo, si un miembro de la pareja hacía llegar al otro un girasol ello significaba “Yo os amo”. Pero si uno de ellos recibía albahaca había problemas, porque esta planta traducía “odio”.

Si el amante no era correspondido, enviaba a la chica una hortensia y, con ello, le estaba diciendo “sois muy fría”. Pero si a uno de los dos le ponían en la mano una margarita doble, la tranquilidad volvía al cuerpo pues, por ese medio, le estaban expresando “participo de vuestros deseos”.Casi al mismo tiempo llegó el lenguaje de los frutos. La fresa, por ejemplo, quería decir “bondad perfecta”. Y con esta última noticia caemos en cuenta de que los significados de estas flores y frutos eran también de utilidad para las relaciones en sociedad. Una niña podía recibir unas fresas y nadie quedaba ofendido.

Entre los amantes, las flores fueron las preferidas. De manera que no sólo en revistas sino en libros se publicaron los glosarios de términos y su correspondiente valor. Además de la información sobre el particular que ofreció La Guirnalda en 1839, nuestro coterráneo Gerónimo Pompa divulgó en 1847 Las flores parleras. Fue un pequeño volumen de poesías que incluyó una versión ampliada de la lista que mostró la revista que he recordado.

Todavía en los años cincuenta, se seguían publicando en formato de libro estos nuevos idiomas. En 1854 salió la cuarta edición de El lenguaje de las flores y el de las frutas. Debo acotar que esas listas eran copiadas de libros y revistas europeas, porque el asunto de estos lenguajes fue resultado de la imaginación española y francesa, sobre todo.

Estos diálogos amorosos se fueron remozando, al punto que para 1875 ya habían pasado de moda varios de ellos. Por ejemplo, ese año que señalo se daba por hecho que el lenguaje de las flores ya estaba totalmente desactualizado. También daban como cuestión superada el del pañuelo, el abanico y el de las legumbres y hortalizas.

Confieso que ignoro cómo se intercambiaban muestras de afecto con el abanico o con las legumbres y hortalizas. Pero estoy en capacidad de decir que el lenguaje del pañuelo seguía vigente para 1879. Como era prolijo (aunque no tanto como el de las flores), me permito ofrecer algunas muestras del código amoroso que traducía ese trozo de tela. El asunto era de cuidado:

“Pasándose el pañuelo por la cara una dama o un caballero, equivale a preguntar: ‘¿me quieres?’.

“Para decir que sí, se arruga el pañuelo entre ambas manos; y para decir que no, se deja caer el pañuelo como por casualidad.

“Extender el pañuelo quiere decir que está bueno el que lo extiende; y aplicándoselo a un lado de la cara, que está enfermo.

“Para decir a otro que se esté ‘quieto o quieta’, se retuerce el pañuelo a lo largo”.

Y de esta guisa seguían las orientaciones, las que concluían con este mensaje: “Por último, ‘una ausencia forzosa’ se indica cogiendo el pañuelo por una punta y echándolo sobre el hombro; y ‘los días que deba durar esta ausencia’ se manifiesta con los dedos de las manos”.

No crean que he olvidado el de la sombrilla, que se presentó en 1875 con un entusiasmo que satanizaba cualquier otro diálogo inspirado por Cupido. Llegó con tono zumbón y no menos sardónico. Lo primero que debe señalarse es que esta prenda del vestir no era lo mismo según la dama lo tomara con la mano derecha o con la izquierda; lo dejara caer o abriera de pronto y, menos aún, si lo cerraba, si se lo echaba sobre el hombro derecho o sobre el izquierdo. El primero era el punto de partida de las aspiraciones femeninas: “Te quiero mucho, pero haz el favor de contárselo pronto a mi papá, porque yo no quiero perder tiempo”. La insistencia llegaba al clímax cuando ella cerraba la sombrilla, pues el mensaje estaba destinado a acelerar los acontecimientos: “Todo ha concluido entre los dos. No espere usted nada. Me caso. ¡Qué placer! ¡Si hablara usted a papá!”.

A todas estas, el amante no tenía la iniciativa. Él se limitaba a contestar lo que ella imponía según abriese o cerrase la sombrilla. Si ella hacía esto último, el hombre estaba en problemas, pues no le tocaba más que proceder de manera ingeniosa. Inmediatamente cerraba su sombrilla, hecho que significaba: “Convenido. ¡Me querrás siempre. Ya nos casaremos cuando me nombren gobernador civil. Entonces iré a hablar con tu padre”; mientras, decía por lo bajo: “que ya se habrá muerto”.

En los ochenta llegó el lenguaje de las piedras preciosas. Exactamente en 1886, los interesados supieron que a cada mes correspondía una piedra, pues ellas tenían el poder de influir durante ese lapso. De manera que a enero, correspondía el jacinto; a febrero, la amatista; a marzo, la sanguinaria; a abril, el diamante; a mayo, la esmeralda; a junio, el ágata; a julio, el rubí; a agosto, la sardónica; a septiembre, el zafiro; a octubre, el ópalo; a noviembre, el topacio; a diciembre, la turquesa.

Pero, además, cada piedra era portadora de su propia carga significativa. Y así vemos que el jacinto tenía el valor de la constancia y felicidad; la amatista, de la paz del corazón; la sanguinaria, del valor y discreción; el diamante, de la inocencia o el arrepentimiento; la esmeralda, del amor venturoso; el ágata, de la salud prolongada; el rubí, del olvido de las penas; la sardónica, de la felicidad conyugal; el zafiro, de la predisposición a la locura; el ópalo, de la esperanza en la desgracia; el topacio, de la amistad; la turquesa, de la dicha inalterable.

Todavía no habían terminado de aprender el significado del pañuelo, la sombrilla y las piedras preciosas cuando, en 1897, se puso de moda el lenguaje de la sortija. Aquí las orientaciones fueron más breves y precisas, razón por la cual transcribo el texto en su totalidad:

“Si un hombre quiere casarse, lleva una sortija en el índice de la mano izquierda; si ha contraído algún compromiso, la lleva en el dedo anular; si está casado, en el dedo del corazón, y si no quiere casarse, en el meñique. Cuando una señorita está libre, lleva una sortija en el índice; cuando ya tiene compromiso, en el del corazón; cuando está casada, en el anular; y cuando no quiere casarse, en el meñique. Si un hombre presenta a una señora, con la mano izquierda, una flor, un abanico o alguna chuchería, es de su parte una declaración de estimación o de amor; si ella la toma con la misma mano izquierda, esto significa que acepta su homenaje; y si lo toma con la mano derecha, es una negativa”.

Después de lo que hemos conocido, podemos concluir: ¡qué difícil era mantener amores secretos en ese siglo!

alcibiadesmirla@hotmail.com