• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Costumbristas guayaneses

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¿Cómo olvidar a Jean Carlos Brizuela, quien prodiga tanto afecto?

La Antología de costumbristas venezolanos del siglo XIX, 1830-1900 de Mariano Picón Salas ha sido, en líneas generales, la fuente de consulta privilegiada de quienes se han interesado en estudiar este género discursivo en Venezuela. Intento entusiasta en su formulación inicial, se propuso recoger, organizar, periodizar y, en suma, construir una imagen del costumbrismo venezolano del siglo XIX.

Cuando otros investigadores han hecho su aporte interpretativo, se han contentado con el corpus que allí se ofrece. Pero sin temor a caer en exageraciones, debo decir que esos estudios, con pocas excepciones, se han hecho sobre la base de un parcelamiento ilegítimo. Es decir, han organizado un cuerpo teórico para dar cuenta de una producción que se desconoce en su amplia expresión.

No voy a citar todos esos trabajos porque me desviaría del propósito que guía mi interés en este momento. Sí quiero decir, como complemento a lo planteado, que se habla de costumbrismo y solo se toman en cuenta las manifestaciones que se produjeron en Caracas. Jamás se menciona el aporte que las otras regiones de Venezuela legaron para nutrir y enriquecer el género.

Pero las objeciones no quedan ahí. Incluso en lo que concierne a los autores caraqueños, se ha dejado de lado una vasta producción que sigue esperando acopio en un volumen dedicado al tema. Va siendo hora de enriquecer la antología que don Mariano Picón Salas ofreció a sus receptores en 1940.

Estoy convencida de que muchos se sorprenderán cuando conozcan la chispeante prosa sobre la materia que se generó en todo el país. Habrá de examinarse en qué medida esos escritos fortalecen o resquebrajan lo que se ha dicho hasta el momento sobre este fenómeno.

Por cuanto el día de hoy quiero atender regiones distintas a Caracas, he optado por Ciudad Bolívar. Los artículos de filiación costumbristas más tempranos que conozco en esa ciudad surgieron en 1847. Llegan al número de tres y abordaron temas que tuvieron adeptos en autores de toda la república. Si tomamos en cuenta la fecha, esos escritos se inscriben, con absoluta legitimidad, en la primera generación de costumbristas. Sabemos que en Caracas esa promoción sumó los nombres de Fermín Toro, Juan Manuel Cajigal y Rafael María Baralt.

Puedo adelantar que, a usanza del momento, los tres artículos de Ciudad Bolívar que menciono vienen sin firma. Se debe señalar que fue característica propia del momento, pues los costumbristas caraqueños actuaron de igual forma. Hubo que esperar a investigaciones posteriores para que se fijara la autoría de aquellas producciones aparecidas en la ciudad capital. Pues bien, el mismo fenómeno se produjo en la ciudad sureña, por cuanto los tres escritos solo aparecen señalados por una “X”.

Como sucedió con sus pares de Caracas, se impone la tarea de determinar el nombre (o nombres) de quien (o quienes) escribieron tan chispeantes discursos. También es un reclamo a satisfacer en el futuro, el análisis de los aspectos temáticos y formales de esos materiales. En todo caso, y a los efectos actuales, doy los títulos de las producciones costumbristas de nuestros intelectuales del sur venezolano.

El primero que traigo a cuento es “Bailes de mayo”. Como se indica, encontramos aquí la descripción de una de estas populares reuniones. Veamos lo que observa el narrador al momento de asistir a uno de estos encuentros danzísticos: “Formáronse en alas las parejas, dándonos la espalda las señoritas, de las que noté las cotas, si no manchadas de grasa amarilla, al menos de un color oscuro y ajadas: no sabiendo la extraña causa de esta circunstancia, se la pregunté a mi coparlador. ¿No repara U., que los petrimetres tienen los guantes colgados de la faldriquera del chaleco, y las manos desnudas? —Pues bien, esto le explicará el enigma. —¿Es decir que efectivamente, son manchas producidas por el sudor de las manos de los caballeros, que no usan guantes por decencia, sino por lucimiento? Vaya otra costumbre bien original”. ¡Guantes en Ciudad Bolívar!

El otro texto de semejantes características que quiero mostrar el día de hoy se titula “Velorios”. Todas las prácticas, sobre todo las humorísticas, que habían acuñado los habitantes de la ciudad para sobrellevar el doloroso momento son registradas aquí. De manera que, como abreboca, vemos la familiaridad con la diversión conocida como “Aquí candela”. En este punto, el narrador presenta el jolgorio de esta manera: “Los que conozcan este juego sabrán la algazara que lo anima, los empujes de que va acompañado, las caídas que se dan”. No escapa de su mirada inquieta la costumbre de pintar el rostro de los jóvenes y cultivar fingimientos, o sea, representaciones actorales. Así describe la fachada y la presencia del caballerito que lo acompaña: “Figúrese un semblante más afeminado que varonil, cargado de tintes y jeroglíficos espantosos, dando unas risotadas infernales...”. O esta otra iniciativa, propia de las chicas: “Pepita, a quien yo había visto varias veces que era bella, tuvo la bondad de pagarme su deuda de gratitud, poniéndome en el hombro un copo de algodón dándole fuego”.

El tercero se presenta como “Embarazos de un transeúnte”. El título queda corto ante las vicisitudes que agobian a este visitante cuando decide dar un paseo a las 7:00 de la noche, con la idea de “tomar fresco, confiado en la vigilancia de la policía”. A lo mejor encontró el “fresco” pero lo que sí nos queda claro es que no había policía.

Una serie de señales de índole intratextual nos revelan que estamos ante un único autor, responsable de estas presentaciones escritas. A partir de aquí me atrevo a cerrar esta columna con una interrogante: ¿Será Ramón I. Méndez el responsable de estos artículos?

 

alcibiadesmirla@hotmail.com