• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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El Colegio Malpica

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El tesorero de la Catedral de Caracas, el presbítero y licenciado don Simón Malpica, pidió real permiso en julio de 1768 para establecer un colegio de niñas en la ciudad. Para ello eligió una casa que tenía al lado de la que habitaba. Como nombre del establecimiento eligió el de Jesús, María y José.

La idea inicial era proveer educación a niñas, huérfanas o pobres, de la capital provincial. Como edad establecida para asistir al aula se fijó entre los 6 hasta los 15 años. En un comienzo eligió 24 estudiantes y 2 maestras. El propósito fundamental –además de la lectura, escritura y principales reglas aritméticas–, era que les enseñaran “labores de lienzo y algodón”, o sea, costura y bordado. Para el sostenimiento de las actividades docentes dispuso las rentas de 14 casas de su propiedad. Esas rentas sumaban 610 pesos mensuales, cantidad más que suficiente para satisfacer las necesidades del establecimiento de enseñanza.

Queda claro que esta idea de Malpica la fue madurando con el tiempo. Se infiere lo que indico porque, cuando el presbítero muere en forma repentina, el 28 de septiembre de 1776, se encontró una escritura donde el fallecido legaba todos sus bienes por el pago de su alma. Es decir, no tenía pensado el proyecto que, en 1768, elevó su nombre en la estimación pública.

De inmediato, la autoridad eclesiástica quiso disponer de la casa donde funcionada la institución y demás bienes del fallecido. La autoridad civil (en la voz del capitán general), deseosa de ver cumplida la disposición del presbítero, ordenó que se buscara en todas las escribanías otro testamento. Afortunadamente esa escritura, de fecha más reciente, se encontró y en ella estaban las disposiciones del prelado que favorecía el colegio de niñas.

Pero la autoridad civil tuvo que retroceder ante la determinación de la mitra, pues el poder eclesiástico no cedía en su empeño de poseer los caudales del licenciado. En este punto, llega el caso a la corte madrileña y Carlos III, por real cédula del 11 de mayo de 1769 y 19 de octubre de 1779, dispone a favor de lo dispuesto por el fallecido presbítero.

Pero lo curioso del caso es que, al mismo tiempo que Malpica solicitaba el real permiso para la casa de educandas, una dama de la ciudad, doña Josefa de Ponte, hacía lo propio para establecer un colegio o convento de religiosas de la enseñanza. Para ello procedió como era lo acostumbrado: donó sus bienes, entre los que se contaba la hacienda de Tocorón.

Llama la atención que ambos colegios representaban las dos concepciones educativas que pugnaban por imponerse. De un lado, el modelo auspiciado por doña Josefa de Ponte, que concebía la educación de las venezolanas puesta bajo el control de los conventos, o sea, de la Iglesia. De otro lado, el proyecto de Simón Malpica que se apoyaba en preceptoras laicas, que fijaba como beneficiarias del proceso educativo a niñas y jóvenes pertenecientes a los sectores excluidos y, finalmente, que concebía contenidos programáticos pensados para el desempeño laboral. En buena medida –importa señalar– era el modelo de enseñanza que propondría, años más tarde, Simón Rodríguez: la educación para el trabajo.

Con el tiempo, el colegio comenzó a aceptar alumnas cuyos padres disponían de capacidad económica para retribuir en dinero la educación de sus hijas. Y, también, con el paso de los años, la institución no fue conocida como de Jesús, María y José sino, en homenaje a su creador, como Colegio Malpica. Ese establecimiento escolar ha sido reconocido como el primero del país dirigido a las niñas.

Es sabido que las educandas que pertenecían a los sectores acaudalados, al llegar a la edad adulta, muy seguramente no tendrían que trabajar. Era así porque a cada una de ellas se la condicionaba desde pequeña para conseguir esposo. Las otras, las de hogares sin bienes de fortuna, fueron, a final de cuentas, las verdaderas beneficiadas por esta iniciativa de un presbítero que se llamó Simón Malpica.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com