• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

Cigarreras

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Supongo que el título elegido el día de hoy hará pensar a algunos que voy a ocuparme de describir hermosos estuches antiguos, de los destinados para resguardar los cigarros o los cigarrillos del acoso de la humedad. Pero no va a ser así. No voy a dedicar estos renglones del día a atender asuntos propios de la fina destreza de orfebres o repujadores.

Tampoco atiendo a las muchas manufacturas dedicadas a la producción del humeante producto que existieron en Venezuela. Eran los emprendimientos definidos como “empresas cigarreras”.

Dejando de lado las anfibologías, manifiesto una aspiración más puntual: hablar de las trabajadoras de empresas cigarreras. Prefiero esa acuñación (“cigarreras”) y no la utilizada en su momento, cual fue “taller de mujeres”, pues me convenzo de que es más apropiada. Voy a dedicar, pues, unos pocos párrafos al trabajo femenino vinculado con la industria cigarrera venezolana.

En realidad, las mujeres siempre estuvieron vinculadas con la producción de cigarros. En el siglo XVIII, el obispo Martí vio de qué manera se habían empobrecido muchas de ellas, porque el monopolio del tabaco las había dejado sin fuente de trabajo. Este dato que proporciona el prelado (sin ahondar mayormente en él), permite apreciar quiénes tenían la asignación social de esa actividad productiva. Pero era una actividad artesanal, hecha en solitario.

En lo que se refiere a los asalariados de esas manufacturas, el siglo XIX vio el establecimiento de tabacaleras que no pasaban de un par de trabajadores a quienes, por cierto, llamaban “cigarreros”. Entre ellas, la que se preció de haber incorporado en su personal el trabajo femenino fue la Empresa de Cigarrillos El Cojo. En un informe que publicó en 1883 en el que, obviamente, daba cuenta de sus logros, decía que “fue la primera que fundó en el país talleres de mujeres dando ocupación a considerable número de familias pobres y honradas”.

A lo largo de su existencia hicieron de ese hecho motivo de satisfacción. Dar trabajo a las mujeres lo interpretaron como una manera de arrancarlas del fango de la pobreza. En todo caso, parece que buscaron la manera de fomentar relaciones cordiales con estas trabajadoras. Derivo esta conclusión de un hecho que, para muchos, puede resultar intrascendente: en los días de Carnaval la empresa El Cojo diseñaba una carroza para que fuera ocupada por un grupo de esas cigarreras. La primera imagen que se tiene de ese carromato tirado por dos bueyes en un desfile de carnestolendas es de 1876.

A partir de la lectura del informe presentado en 1883, inferimos que el número de estas mujeres trabajadoras debió ser importante, porque producían alrededor de 540.000 cajetillas mensuales. Las dudas se despejan cuando topamos con un diario que dio amplio espacio a la publicidad de la manufactura. Ese periódico se llamó El Monitor. Pues bien, por uno de sus avisos nos enteramos que eran 90 cigarreras, a quien ellos preferían llamar “obreras”. Otro periódico describía ese conjunto de afanadas en su trato con el tabaco como “colmena de laboriosas abejas, que da vida y animación a aquel templo consagrado a la honradez y al trabajo”.

La nueva relación laboral que planteó la Empresa El Cojo en los años setenta tardó en ser reproducida. La otra empresa cigarrera que optó por dar oportunidad laboral a las venezolanas fue La Cubana. Esta manufactura decidió el 17 de mayo de 1889 incluir un aviso en la prensa caraqueña en el cual expresaba que: “Desde el próximo lunes 20 de los corrientes queda abierto, además de nuestro gran taller de hombres, un Taller de mujeres”. Agregaban que en el local de la fábrica “hallarán trabajo en el ramo de cigarrería todas las señoras y jóvenes pobres que deseen ocuparse en nuestra protectora industria”.

El último párrafo del aviso no podía ser más elocuente al señalar que en el taller “reinará el orden y la moralidad, toda vez que será dirigido por personas que saben que la mujer que gana el pan trabajando honradamente es honrada, y que la honradez –que en el hombre es un deber– en la mujer pobre es una sublime virtud que la hace ser digna y respetada”.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com