• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

El Carnaval republicano

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Al amigo y colega Tomás Straka

 

Hace un año, en esta misma columna, ofrecí nociones generales sobre el Carnaval venezolano de tiempos remotos. Para continuar con la historia propia de esta fecha carnavalesca, el día de hoy he querido traer a cuento datos más puntuales sobre este fenómeno tan particular. Para ello, he optado por detenerme en los sectores que habitaban el casco central de la ciudad. Como es conocido, en esa área vivían las familias con bienes de fortuna. Estaban asentados ahí los núcleos hogareños que ambicionaban ser reconocidos tanto por su dinero como por su cultura y dotes intelectuales.

Eran años en los cuales todavía latía el orgullo de haber puesto a andar la república. Para ser más precisa, estamos situados a finales de la década de los treinta e inicios de los cuarenta. Pocos meses antes había sido proclamado José Antonio Páez como presidente y Carlos Soublette como vicepresidente. De tal suerte, es muy probable que sus familias (sobre todo sus hijas e hijos) formaran parte del quehacer carnavalesco que paso a referir de inmediato.

Importa precisar que el Carnaval se festejaba dos días: lunes y martes. En ese lapso, la tranquila ciudad cambiaba totalmente de fisonomía. Desde hora temprana, a las 7:00 de la mañana, grupos de jóvenes a caballo comenzaban a recorrer sus calles. Para los viajeros la escena era mucho más que llamativa porque, a lo largo de ese recorrido, los jinetes llevaban paraguas. Sí, han leído bien, paraguas. Pero ello no era todo; el adminículo cumplía su natural función pues iba desplegado sobre la cabeza del erguido conductor.

La práctica tenía explicación porque, poco antes de esa hora, las criadas ya se habían desplegado en los balcones e, incluso, en los tejados de las casas, para arrojar agua a todo jinete o transeúnte que pasara por ahí. Por su lado, las ventanas se convertían en bastiones de las señoras y señoritas que la habitaban. En tales casos el armamento era una visitadora. Cuenta el viajero de quien tomo muchos de estos recuerdos, en qué consistía esta arma de hilarante combate: “El tal instrumento está lleno de agua de olor, y cada vez que se comprime su pistón, arroja sobre el enemigo a quien se apunta, un chorro que le hace cerrar los ojos y escapar de prisa”.

No vaya a creerse que todo consistía en que las damas lanzaran agua a cualquier congénere (jinete o transeúnte) que pasara frente a su casa. La estrategia tenía miras más complejas. Esta consistía en tomar la casa por asalto. Es decir, los acosados se convertían en acosadores. Podía pasar que las señoras y señoritas de la residencia sitiada se rindieran antes de ser mojadas. A estas alturas, ya habían pasado horas, por lo que estaba próxima la del almuerzo. La proverbial cortesía caraqueña imponía que los triunfadores fueran invitados a almorzar. Y santas pascuas.

Pero, debe decirse, estos pactos constituían la excepción. Y es que la tendencia era otra: resistir. Y, de esa suerte, la escaramuza continuaba. Lo habitual era que los hombres arrojaran huevos. Se cuenta que había familias que se proveían de buen dinero con la venta de estos proyectiles. Tal industria operaba de la siguiente manera: durante los doce meses previos al Carnaval los operarios de esta fabricación compraban las cáscaras de huevo a las cocineras. Pocos días antes de la mojadera colectiva llenaban estos recipientes avícolas con agua natural u olorosa o, en su defecto, con polvos de colores. El agujero por donde introducían estas sustancias líquidas y sólidas era cubierto con cera. Desde luego, el precio de venta dependía de la calidad del relleno.

El polvillo que se introducía en los huevos de Carnaval era de variados colores: rojos, amarillos, azules… y hasta negro. Pero también estaba la alternativa de utilizar la colorantina en aplicación inmediata, directamente con las manos sin intervención de cáscara alguna. De manera que es posible adivinar de qué color quedaba la ropa después de horas de combate. Cabe precisar que no solo los hombres arrojaban huevos, también lo hacían las mujeres y, por el otro lado, estas últimas no tenían el privilegio de lanzar agua, pues sus congéneres igualmente lo hacían.

Así como estaba el almuerzo en las casas que se rendían antes del horario vespertino. Quedaba el pacto que sellaba la confrontación del día. Esa hora era precisa: las 6:00 de la tarde. Reloj en mano, los dos flancos entreverados en acuoso litigio, deponían los instrumentos ofensivos/defensivos. Las risas salían de todos los hogares, y se volvía a la normalidad.

En la descripción de esta práctica colectiva he utilizado palabras como “combate”, “enemigo”, “armamento”, “bastión”, “escaramuza”, que, sin duda, remiten al ámbito bélico. Sin embargo, con estos términos quiero significar la connotación de enfrentamiento colectivo que caracterizaba los dos días de Carnaval. Nada más lejos de mi intención insinuar siquiera una alusión pendenciera a las escenas que he presentado. Lo característico de este acontecimiento (cuando menos en el sector social que he privilegiado el día de hoy) era la francachela, el disfrute, el gozo.

Con propiedad un viajero caracterizó esas fechas con estas palabras: “Pocas veces he visto un regocijo público tan universal y en que reina orden más perfecto: es una locura cuerda la que invade la población y la domina. Ningún disgusto, ninguna riña vienen a amargar el gozo reinante”.