• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

Biciclomanía en la Venezuela del siglo XIX

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En la entrega anterior conocíamos el momento en el cual se comenzó a practicar en nuestro país el ciclismo. El vehículo en cuestión fue el velocípedo de dos y de tres ruedas. Los había de uno y de dos asientos, y estaban los destinados para caballeros, los de señoras y de las niñas (ignoro por qué no mencionaban a los niños). Esa fiebre ciclística se produjo a finales de la década del sesenta en el siglo XIX. Pero después de ese momento, se observa un silencio en relación con esta materia.

En realidad tal silencio no era absoluto porque, de vez en cuando, se leían en la prensa del país noticias referidas al uso del adminículo. Por ejemplo, un periódico trataba el asunto que tenía que ver con los velocípedos aplicados a espectáculos públicos.
Pero se trataba de Europa. No quedaba evidencia de que se siguiera cultivando esta afición entre nosotros.

La situación va a cambiar a partir de 1896 cuando, nuevamente, se comienza a encontrar variedad de escritos sobre el tema. Por ejemplo, en abril de ese año un diario caraqueño ofrecía este comentario: “Es curioso. Hasta aquí los únicos que han protestado contra la invasión en los caminos por los velocipedistas y que han cometido contra ellos actos de hostilidad, ocasionando percances, han sido los perros, pero en adelante los ciclistas prometen tomar su revancha contra ellos”.

Dos meses después, en julio, los habitantes de La Guaira fueron testigos de una experiencia que no habían tenido en su vida. Decía un diario porteño que la biciclomanía, como llamaban al deporte que, ahora sí, se instalaba definitivamente en el país, contaba con “gran número de partidarios”. Aseguraban, a su vez, que varias señoritas del lugar esperaban sus bicicletas, las cuales procedían de Nueva York. Hasta los médicos estaban pensando en abandonar el caballo –medio de locomoción que venían usando desde lejanos tiempos–, para usar el vehículo de dos ruedas.

El hecho cierto es que, un domingo cualquiera en la mañana, cuando un numeroso grupo de personas esperaba a la puerta de la iglesia de San Pedro para oír la misa, los sorprendió una visión que se acercaba precipitadamente. Se trataba de una joven que, montada en una bicicleta, entró en el templo, “se arrodilló y rezó devotamente”, señalaba un periódico guaireño. Los hechos que siguieron se dieron en este orden:

“Todos miraban con admiración a la atrevida innovadora, y a la puerta del templo se agruparon varios curiosos para verla salir”. Pero la joven no experimentó desazón alguna. “Ella no hizo caso de los chistes picarescos de los que la contemplaban –seguía la crónica–; montó en su bicicleta y se despegó con una ligereza extraordinaria”.

En 1897, otro periódico de La Guaira ofrecía bajo el título “Cómo se aprende a andar en velocípedo”, unas lecciones sobre la práctica del ciclismo. La verdad es que quien siguió aquellas indicaciones era persona osada, pues, para que se tenga una idea del tipo de recomendaciones que ofrecían, leamos el párrafo final del escrito.

Esas líneas finales decían así: “Cuando ya se sabe andar en el velocípedo, hay que aprender a desmontar sin caerse, lo cual se hace apoyándose con el pie izquierdo sobre el pedal cuando está en la parte más baja del círculo que describe y con las manos sobre los mangos, echando a tierra el pie derecho detrás del pedal del lado izquierdo. Si el pie se apoya en el pedal cuando está subido, el peso del cuerpo acelera la marcha del velocípedo, en vez de detenerlo y el resultado será una caída”. ¿Qué tal?

La fiebre ciclística alcanzó tanta intensidad que en agosto de 1896 se inauguró en Caracas el restaurante Bicicleta, en Quebrada Honda. Por su lado, en Porlamar apareció el periódico La Bicicleta. La publicación de este impreso deja ver que, también la isla, había sido tomada por la biciclomanía.

En fecha reciente, leo en el número 46 de la revista El Desafío de la Historia, que en 1896 se organizó en Caracas el Centro Ciclista Excursionista Caracas. Sus integrantes hacían excursiones por los alrededores de la ciudad, y hasta llegaron a pedalear 92 kilómetros en un recorrido que los llevó de la ciudad capital a Villa de Cura.

En otra ciudad de Venezuela, esta vez en Maracaibo, se estableció el Veloz Club en julio de 1897. El grupo de jóvenes que integraba la asociación –se leía en un comentario de prensa– dedicaba sus horas de expansión “a los pasatiempos del culto Sport de la bicicleta”.

Con propósito docente, una Escuela Americana de Ciclistas llegó al país al comenzar 1897. Daba lecciones, pero formaba el grupo de los caballeros, de un lado, y el de las damas y los niños, del otro. El curso constaba de doce lecciones, con un promedio diario de dos horas de clases. Imagino que quienes no aprendieron a manejar la bicicleta valiéndose de las instrucciones del periódico, se apresuraron a tomar estas clases.

Por su lado, durante el mes de mayo de ese año, la casa comercial de C. Blanco, Joud y CA, en Caracas, ofrecía “a los clientes el mejor surtido que se ha importado hasta ahora, en camisas y medias”. Ese mes aparecían unos versos en un diario capitalino que, en
su desarrollo, elogiaba las bondades del ciclismo, entre otras razones:

Porque eso le da a las gentes
músculos, fe y energía;
desarrolla los pulmones,
triplica la fuerza del brazo,
cura las indigestiones
fortalece el espinazo.

En 1898, La Gran Bodega, de E. Mac Gregor & CA, en Maracaibo, se valía de la prensa para publicitar “Las Bicicletas para Señoras. ¡En la forma más elegante y cómoda que el arte ha producido hasta hoy!”.

Hay mucho más que podría contar al respecto, pero cierro el capítulo por el día de hoy.

alcibiadesmirla@hotmail.com