• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Barbarita Nieves

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Algunos dicen que el llamado Centauro de los Llanos la conoció en 1820. Otros, por el contrario, dan como hecho cierto que el encuentro se produjo en 1816 cuando se vio el éxodo de 10.000 personas que, constituido por viejos, mujeres y niños, fue llevado hasta los médanos de Araguayuna para su protección. En efecto, el Ejército comandado por el general de brigada José Antonio Páez (o el “tío” como lo llamaban los llaneros) requería dejar este grueso de población a salvo, para estar libres de preocupación a la hora de desplazarse en busca del combate. En esos arreglos y acomodos el activo comandante habría conocido a Bárbara (o Barbarita, como era comúnmente nombrada) Nieves.

Para ese entonces el hombre que había ganado el respeto de quienes confiaban ciegamente en sus dotes militares estaba casado. Con su esposa, doña Dominga Ortiz de Páez, tenía dos hijos, María del Rosario y Manuel Antonio. Pero ello no impidió que lo ganara esta nueva pasión amorosa.

Un testigo de aquellos hechos advirtió en 1817 la frialdad y distancia del general cuando estaba cerca de su esposa. Observó, además, que ella no tenía capacidad para ocultar la honda tristeza que se le filtraba hasta el rostro porque, en realidad, lo amaba sin ocultamientos. Sin embargo, no fue suficiente el profundo sentimiento que la conmovía como para hacer que el marido permaneciera a su lado.

Barbarita pasó a ser la preferida del triunfador de Mucuritas. Se contaba que desde los tiempos de vida en el campamento ella logró tener decidido ascendiente sobre su compañero de alcoba. Decían que en las noches era Barbarita la figura principal, la que animaba los bailes, cantos y conversaciones que calmaban el espíritu entre una y otra batalla.

Se conservan algunos detalles de su apariencia física: era morena, de bellos ojos y cabellera negra intensa; en relación con su personalidad, dejaba aflorar un temperamento que mostraba afición al lucro pero, no obstante, era alma caritativa de las que definen como de buen corazón.

Tal parece que el general llevó buena relación con la familia de su pareja marital, pues cuando murió una hermana de esta en agosto de 1834 una gran multitud formó el cortejo fúnebre. Ello no habría sido posible sin que mediara la presencia del general. Por cierto, la mujer había muerto de lepra.

La pareja Páez-Nieves tuvo varios hijos. Uno de ellos, Sabás Antonio Páez, fue enviado a estudiar a Inglaterra cuando era todavía un muchacho. De sus hijas, tal parece que la más pequeña, Juana, era bastante agraciada. En todo caso, quienes tuvieron cercanía con esta familia pudieron advertir la armonía que hubo entre sus miembros.

Quien no estaba dispuesto(a) a aceptar en Barbarita la condición de concubina no vacilaba en observar lo que consideraban defectos. La calificaban de astuta por el hecho de haber demostrado capacidad para invertir en propiedades. Decían con alarma que tenía asegurado el futuro económico de sus hijos. Pero, visto con objetividad, ella debía mantener la iniciativa en este sentido pues sabía que, al faltar el padre, los bienes acumulados por este pasarían por derecho a su primitivo núcleo familiar.

Desde su arrimo a la vida del héroe de las Queseras, Barbarita ganó la amistad de los prohombres que eran compañía habitual de su marido. De manera que figuras como Miguel Peña o Ángel Quintero sumaban el séquito de sus aduladores. Corría la especie de su ascendiente sobre el Páez presidente de la república, a tal punto que, cuando se quería lograr una aprobación de este para cualquier negocio o desempeño público, el paso previo obligado era acudir a ella. Era Barbarita quien siempre tenía a la mano los argumentos a favor de su representado para convencer al poderoso interlocutor.

Muchos aseguraron que con la muerte de Barbarita en 1847 se apagó la buena estrella del general. El dolor de él no pudo ser más sentido, los juntó un sentimiento que mantuvo unida a la pareja por más de un cuarto de siglo. En su enfermedad, él hizo lo imposible por salvarla de la muerte. Dicen que, al comprobar que la enferma ya no respiraba, habría exclamado: “He perdido la musa de mis éxitos”.

En efecto, esta mujer era hábil para penetrar los vericuetos y las intenciones de quienes se acercaban a su hombre. Un pasaje muestra esto último que señalo. Cuando Páez decidió apoyar la candidatura de José Tadeo Monagas ella advirtió al Catire (como lo llamaba) con esta sentencia alimentada en su fino olfato político: “Quiera Dios que la elección del general Monagas no le cueste a usted y a la república lágrimas de sangre”. Fue enterrada en la hacienda La Trinidad, en Maracay, uno de lo lugares donde la pareja vivió años de inmensa dicha.

Después de su definitivo adiós, el general quedó solo en su laberinto. Sin embargo, todavía tuvo tiempo y audacia para tener otro hijo. Este fue el conocido Ramón Páez sobre el cual, tal vez, uno de estos días me incline a borronear algunos renglones.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com