• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Aureliana Rodríguez

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A mi amigo Alexis Romero, él sabe por qué


Varias publicaciones periódicas de aquel tiempo hablaron de ella. Durante algunos años (1862, 1864, 1865, 1866, 1868, 1870) los lectores de periódicos y revistas venezolanos se fueron familiarizaron con los escritos que iba generando. Además, esos impresos adelantaban, aquí y allá, datos referidos a su recorrido vital.

Había nacido lejos del bullicio citadino, en una familia de acendradas virtudes morales. Era frecuente que aludieran a su habitación familiar como “el lugar ignorado que habita en las faldas del Ávila”. Precisamente, por vivir en la montaña usaba el cognomento de La hija de las selvas. En 1865 un periódico caraqueño dijo de ella lo que sigue: “La señorita Aureliana Rodríguez habita con su familia en una casa de campo de la parroquia de El Recreo, de donde no ha salido jamás sino para venir alguna que otra vez a esta ciudad”.

En esos cortos paseos a la capital pudo cultivar sentimientos amistosos. Dan prueba de ello los poemas que escribió en los álbumes de sus cercanas en afecto y que las destinatarias –para nuestro agradecimiento actual– enviaban a los periódicos, no obstante la reticencia de la autora.

Era proverbial su modestia así como el otro rasgo propio del perfil humano de Aureliana Rodríguez. Ese rasgo era repetido en las breves reseñas que le dedicaba la prensa: su belleza física. Pero como de lo que se trata aquí es de tratar cuestiones literarias, dejemos de lado la estética corporal y retomemos lo referido a la señalada modestia de nuestra escritora a la hora de publicar.

En este sentido, es oportuno tomar en cuenta lo dicho por el conocido periodista Manuel María Fernández (el mismo que prefería usar el seudónimo de don Simón) al respecto. En 1864 éste manifestaba conocer numerosas producciones de la autora, pero que de todas ellas sólo "algunas han visto la luz pública".

No obstante su esquivo trato con la imprenta, conoció de halagos y reconocimientos debido a su talento. En la década de los 60 de aquel siglo XIX, una nota que le dedica el periódico El Boliviano, de Ciudad Bolívar, en ocasión de ofrecer un poema de la caraqueña, señala: "La poetisa, como las flores, exhala sus perfumes, sin explicarse el sublime medio que produce su hermoso canto. Siente y escribe; cada verso comprende una idea nueva, una encantadora modulación; cada pensamiento encierra un nuevo objeto de meditación y estudio; fuerza en su sencillez, varonil en sus arranques se constituye poeta, y sosteniendo un lenguaje franco y expresivo, dulce y conmovedor, suave y concluyente, es la poetisa que honra a su sexo y prepara un camino seguro para alcanzar la gloria del verdadero artista".

Y hablaba con justicia el lector devenido en crítico literario, pues en el poema "¡Fuente mía!" que se lee a continuación de aquellas elogiosas palabras, hay demostración de lo dicho. De ese discurso en verso, vale la pena tomar en cuenta este momento de clara devoción campestre: "Yo en tanto doy silenciosa/ Un suspiro a tu cristal,/ Porque te amo, misteriosa/ Fuentecilla sin igual". Eran líneas que se acoplaban armoniosamente con la sensibilidad estética del momento, aunque en el presente alguno juez investido de falso rigor pudiere juzgarla vaciada de méritos.

Su bien ganada fama nacional derivó de resoluciones en verso como "Un gemido" (escrito en ocasión de la muerte de su abuelo Agustín Rodríguez), "Homenaje de amistad. En la muerte de la niña Trinidad Lucrecia Gómez. Dedicado a sus padres", "Hortensia Amelia Arámburu", "Memoria a mi malograda amiga Eugenia Ochoa". Todas ellas dedicadas al tema luctuoso, como quedó visto. También fue de su preferencia la poesía religiosa como en "Himno a Dios" y "A María Inmaculada".

No estuvo ajena a los acontecimientos que estremecieron la conciencia nacional. Razón por la cual, en plena guerra federal compuso "En los horrorosos acontecimientos del 21 de mayo en Petare. Año de 1862". En ese momento mirará con repudio escenas que la estremecen: "Por doquiera diviso espantada/ Una víctima y otra expirando;/ Y un hermano a otro hermano clavando/ El puñal asesino y traidor".

Todavía en 1895 resonaban en la memoria nacional los ecos de su lira. Lo sabemos porque el Primer libro venezolano de literatura, ciencias y bellas artes incluyó el texto "Al Sol", poema aparecido originalmente en 1866.

Ese último año que rememoro, Nicanor Bolet Peraza dijo de ella que: “La señorita Rodríguez estudia la poesía en sus dos principales fuentes. Dios y la Naturaleza”. En esa oportunidad, elogió la capacidad de la autora para arrancar “a su lira esos suavísimos trinos que tan pronto parecen cánticos de Eterna alabanza entonados por los ángeles, como dulces gorjeos del apasionado ruiseñor que canta sus amores”.

Quedaba corto el celebrado periodista, articulista de costumbres, ensayista y promotor literario, por cuanto hemos visto que la guerra, la muerte, la amistad también fueron preferencia de esta fina sensibilidad femenina nacida en la Venezuela de primera mitad del siglo XIX.

Ese mismo año, un crítico que prefirió ocultar el nombre vio tantos méritos en "Al Sol" que optó por halagar aquella escritura de mujer con estas palabras:

“¡Cuánta fluidez y armonía en el verso!

¡Cuánta delicadeza en las imágenes y verdad en los pensamientos!...

Todo es bello en esa composición; hasta la ternura del conjunto que revela por sí sola una alma de mujer”.

Vale la pena acotar que "Al sol" fue escrito en el álbum de una amiga de la poeta.

Su obra no ha sido recogida en libro. En todo caso, creo que las escasas muestras que divulgó la prensa venezolana tanto de su obra como de la de sus coetáneas no alcanzaría a satisfacer un volumen de significativo número de páginas. Por eso, será de interés la preparación de un tomo que incluya la producción escrita de nuestras autoras en una muestra colectiva.

No sería ocioso que, quien escribe, se comprometiera con ese trabajo para rescatar una escritura que bien merece atención en el presente.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com