• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Agustín Aveledo

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No voy a repetir en estos párrafos lo dicho en el artículo sobre este venezolano que viene incluido en el Diccionario de historia de Venezuela que edita la Fundación Empresas Polar. Más bien, me interesa atender aspectos poco frecuentados que hablan de su compromiso con el país.

Tuvo una vida larga y fructífera, nació en 1837 y murió en 1926. Aunque logró el título de ingeniero, su labor más reconocida fue la de educador. Esto último se consolidó cuando fundó, al lado de Ángel E. Ribas Baldwin, el Colegio de Santa María. Este establecimiento estuvo vigente por más de cincuenta años.

El colegio fue cobijado en varios locales caraqueños pero, sin dudas, las varias décadas que se mantuvo en la casa situada entre las esquinas Veroes y Jesuitas, en Caracas, son los que vieron madurar su prestigio nacional.

En realidad, como imagen pública Aveledo tuvo mayor proyección que su compañero en la empresa docente. Constantemente recibía palabras de elogios; se le dedicaban escritos publicados en libros, en revistas y periódicos; se le citaba como ejemplo a imitar. Ello fue así por varias razones.

La primera de ellas está asociada a una iniciativa que hizo honor al profundo espíritu cristiano de este pedagogo. Tomó la iniciativa de  instalar un asilo de huérfanos. No fueron pocas las veces que madres en el máximo de desesperación dejaron a sus pequeños envueltos en una manta (o dentro de una cesta) a las puertas del colegio. Desde luego, tenían la certeza de que Agustín Aveledo satisfaría las necesidades del pequeño/a como no había sido capaz de hacerlo el padre biológico.

La segunda razón también se sitúa fuera del campo docente. No había actividad de proyección citadina e, incluso, nacional en la cual el nombre de Agustín Aveledo no apareciera en lugar destacado. Por ejemplo, para presidir la organización de la Semana Santa siempre se contaba con él. Ni se diga de los carnavales: cuando Guzmán Blanco organizó esas fiestas sin la violencia que le era connatural, sino como actividad de disfrute citadino, la comisión central solía contar con Aveledo como presidente.

La tercera razón viene aparejada con su título de ingeniero así como con una de las cátedras que impartía en su colegio. En La Opinión Nacional se encargó durante muchos años de proporcionar a los lectores los datos meteorológicos a los que eran tan adictos los nacionales de entonces.

La cuarta razón lo vinculan con fechas de significación patria. Si había una conmemoración de carácter nacional, como los actos centenarios para recordar a tantos ilustres ciudadanos del país, siempre iba él en condición principal para dar lustre a esa actividad. Tales iniciativas de trascendencia sumaban su nombre, pues no era posible pensar un homenaje dedicado a una persona del país sin que él estuviera presente.

La quinta razón tiene que ver con su singular personalidad. Quienes lo conocieron no dudaban en deshacerse en elogios al momento de referirse a él. Se destacaba su gentileza, su humildad (a pesar de tener un acumulado de conocimientos que excedían con creces el del común), su amor a los demás, su espíritu caritativo. Nunca se vio envuelto en dimes y diretes. Por el contrario, era referencia imprescindible al momento de tratar la materia referida a los adelantos que iba consolidando Venezuela.

Este último mérito que se le reconocía sin mezquindades estaba puesto en relación con su trabajo docente. ¡Cuántos hombres de valor que conoció este país en las décadas finales del XIX e inicios del XX pisaron las aulas del Colegio de Santa María! Su colegio era privado, ello significa que los alumnos ingresaban previo pago de matrícula. Sin embargo, cuando la institución había cumplido más de 25 años todavía su fundador más prestigiado no tenía vivienda propia.

Siendo de esa manera, muchos de sus exalumnos, ahora en posición económica solvente, se reunieron y, en conjunto, lo sorprendieron con el obsequio de una vivienda que este maestro ejemplar aceptó no sin dar señales de timidez y turbación.

Cerró el siglo XX. Se plantó el XXI. Cuando la casa donde funcionó el Colegio de Santa María se quiso destinar para honra de un ciudadano de altos méritos, se la consagró al cubano José Martí. Estuve ese día en la reunión ampliada convocada a tal propósito y, en esa circunstancia, hablé de lo inapropiado de esa decisión. Argumenté que si un nombre debía ser inscrito en la fachada de esas instalaciones era el del venezolano Agustín Aveledo. No fui escuchada. Algún asistente se limitó a darme golpecitos en el hombro cuando cerró la reunión.

No quiero decir con ello que José Martí no tiene méritos para iluminar con su nombre una instalación de esas características. Es cierto que los seis meses que permaneció en Venezuela en 1881 –donde fungió, por cierto, como docente del Colegio de Santa María–, y su inocultable proyección continental lo hacen merecedor de cualquier género de homenajes en Venezuela.

Pero el punto que quiero dejar expuesto el día de hoy es que Agustín Aveledo no desmerece al lado de Martí. Quiero manifestar claramente que no podemos permitir que esas figuras que glorían el sentimiento nacional sean olvidadas.