• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Aecio: novela y corrupción

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En primer lugar, se impone señalar que Aecio fue el seudónimo elegido por el venezolano Juan Alfonzo. No hay datos referidos a su biografía y, en cuanto a su producción, en realidad solo se conoce una única pieza de su autoría: la novela Un drama en Caracas. El discurso ficcional apareció en 1868 y, conviene agregar, trae como subtítulo –tal vez para precisar un propósito manifiesto– “Novela de costumbres”.

Habría que preguntarse por qué eligió esa coletilla después del título. En mi opinión, no se debe leer este como un enunciado propio de los artículos de costumbres, pues estos últimos materiales que menciono cumplían otro propósito. En el caso que nos ocupa hoy, se trata de una precisión. Con “novela de costumbres” se está significando al receptor (antes de que se adentre en el acto de lectura) que las acciones que conocerá se desarrollan en Venezuela.

La precisión era importante porque, en los años que corren desde 1842, cuando aparece la primera novela venezolana –Los mártires, de Fermín Toro–, por lo general el espacio de la ficción (el lugar donde se desarrollaban los acontecimientos narrados) ocurrían fuera del país, casi siempre en Europa. Pero en el caso de esta novela de 1868 ocurre lo contrario, las acciones transcurren en nuestro país como quedó dicho (en Maracaibo y Caracas, para ser más precisa).

En segundo lugar, este discurso ficcional tiene plena vigencia el día de hoy porque es la primera novela venezolana que aborda el tema de la corrupción. Tal propósito está declarado en las páginas de presentación que abren la pieza. Por cierto, es obligado precisar que no era habitual en esos años que este género literario incluyera unas páginas previas (que el autor decide llamar “Dedicatoria”). Pero, en este caso, era obligado. Y lo era tanto porque la temática era desacostumbrada y había necesidad de presentarla, de legitimarla, ante el público, como porque estremecía al autor, Juan Alfonzo, la compulsión de que la gente entendiera la enorme preocupación que lo desvelaba. Esa inquietud tenía razón de ser por cuanto pasaban antes sus ojos los actos delictivos que muchos personeros de la administración nacional cometían con total impudicia y absoluta impunidad.

En esa “Dedicatoria” (que, por cierto, firma Aecio, o sea, el autor, y ya no cabe duda de que él quiere determinar la orientación lectora) se manejan varias ideas. Pero solo una de ellas me interesa destacar en este momento. Es la reacción que tuvo Aecio cuando leyó un documento oficial: “Era la Exposición que acababa de dirigir el ministro de Hacienda a la Legislatura Nacional”. Esa lectura fue determinante para él porque tenía ante sí un “documento interesantísimo en los fastos de nuestra vergonzosa historia. ¡Justo cielo! el ministro de Hacienda que tenía en sus manos el nombramiento de todos sus empleados subalternos, llevó la desvergüenza hasta el punto de decir a la faz de la Nación y del mundo entero, que estimaba los desfalcos del Tesoro Público, por ‘contrabando de connivencia o de malversación, con participación de utilidades o gratuitamente, en tres millones de pesos!” (versalitas y cursivas, del autor).

A ver si entendemos. Se desfalcó al Estado con 3 millones de pesos (todavía el bolívar no era nuestro símbolo monetario), el ministro lo denuncia y nada ocurre. Es como si en el presente un ministro de economía, de finanzas (o como se nos ocurra llamarlo) le diga al país que se desfalcaron 25 o 28 millones de dólares y no pase nada. Pero volviendo al año de 1866, fecha de la memoria de aquel ministro de Hacienda, la cifra desfalcada la podemos calcular en el presente si tomamos como referencia que una casa perteneciente a un alto personaje de la administración pública costaba alrededor de 38.000 pesos.

Por ser la primera novela que abordó el tema referido, la resolución narrativa que adopta pecará de muchos defectos a los ojos del lector actual. Probablemente ese lector se sentirá desagradado con la adopción de la fórmula maniquea de buenos contra malos. Ganan los buenos y los malos son castigados. Pero esa era la receta de aquel tiempo: se buscaba aleccionar y, para ello, era importante que quien no estuviera en capacidad de controlar sus pasiones recibiera el justo castigo.

Lo que importa destacar en esta propuesta de Aecio en 1868 es que encendió la alarma anticorrupción. Lo inquietante es que la alarma continúa encendida.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com