• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Acuerdos y compromisos matrimoniales

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A Emad Aboaasi El Nimer, naturalmente.

 

Cuando se dice que el 24 de junio de 1821 Venezuela se independiza de España, no debemos perder de vista que se trató de una ruptura en los campos político y militar. Estaba lejos la élite dirigente de imaginar cuánto tiempo tomaría romper con otro tipo de nexos, por ejemplo aquellos que se manifiestan en el ámbito tan complejo como es ese de la cotidianidad. En efecto, muchos valores de raíz hispánica pervivieron en el día a día. Uno de ellos lo tomo como asunto el día de hoy. Tratemos, entonces, del matrimonio.

Si en el pasado hispánico los padres tenían derecho de fijar el compromiso matrimonial de sus hijos, lo propio continuó activado en los años de consolidación republicana. Hablo de la esfera de poder económico, desde luego, pues en otras esferas la elección de pareja era un poco más libre. De manera que, desde pequeños, los hijos de esa élite tenían asignada la pareja que le tocaba de compañía mientras vivieran.

         La práctica convertida en costumbre no habría sufrido mayores variaciones a no haber sido por un detalle nada despreciable: la gente de todas las esferas sociales comenzó a otorgar importancia al amor. Antes no era así. Es decir, en el periodo colonial el sentimiento amoroso no tenía mayor protagonismo. De hecho, muchos escribas pergeñaron intrincadas argumentaciones para desacreditar esa 'malévola alteración del espíritu', como muchos definían la pasión que atacaba al/la enamorado/a. Pero no hubo nada qué hacer.

         En mi libro Mujeres e Independencia: Venezuela 1810-1821 he señalado que uno de los logros consolidado por la independencia fue, precisamente, que liberó el amor. La gente comenzó a darle a esta agitación del alma suficiente densidad como para sostener la relación de pareja hasta la muerte de uno de los contrayentes.

         Pero los padres no se convencieron con facilidad. Sobre todo los que poseían bienes de fortuna optaron por mantener la vieja costumbre colonial y, con ello, evitar que la fortuna familiar fuera a parar en manos indeseadas. De manera que los acuerdos matrimoniales continuaron activos al margen de la voluntad de los contrayentes.

         Sin embargo al cabo de poco tiempo comenzaron a verse las reacciones en contra. Cuando el tema llega a la escritura es porque ya ronda la cabeza de muchos, de manera que, poco a poco, los intelectuales empezaron a ocuparse del tema. El primer escrito que conozco sobre el particular no tomó la forma de un ensayo enjundioso; optó por tomar forma novelística. Se trató de Amelia y apareció publicada por entregas en la revista caraqueña El Repertorio, allá en 1845. En esas páginas se plantea el drama derivado de los matrimonios arreglados: un llamado de atención a los padres negados a aceptar las razones sentimentales de los hijos.

         Sin dudas los acuerdos matrimoniales sellados por los progenitores continuaron (tal vez con menor intensidad), sólo así se explica la escritura de un poema escrito en 1850, donde se aborda el tema que vimos desarrollado en Amelia. Esta vez los versos fundamentales que apuntan al asunto que destaco el día de hoy, y que leemos en "Quejas de un esposo", dicen así: "Sólo ella era la víctima inocente/ Condenada a perpetuo sacrificio/ Sólo ella era infeliz porque no amaba/ Al hombre a quien la uniera su destino".

         Pero no fueron parejas de las clases acomodadas las obligadas a casarse por conveniencia. También parejas de otros sectores socioeconómicos surgieron por imposición. No se trató en este caso por decisión paterna sino por razones de honor. Es decir, el principio del honor, que tuvo alto valor social durante la colonia, siguió vigente en la república. A este fenómeno dedica atención Emad Aboaasi El Nimer en Matrimonio por imperio de ley. Seducción y honor en Portuguesa (1876-1880).

         Como queda puntualmente precisado en el título, el análisis de este libro escrito por un historiador y abogado se detiene en el actual estado Portuguesa, pero fue un mecanismo que se instrumentó en toda la Venezuela guzmancista durante la etapa de modernización. El tal mecanismo consistió en obligar al hombre a contraer matrimonio con la dama a quien había ofrecido palabra de matrimonio.

         Era una figura jurídica denominada –como lo recuerda Aboaasi El Nimer– "matrimonio por imperio de ley", que estuvo vigente en toda Venezuela desde 1873 hasta 1896. Se buscaba con ella proteger el honor de la dama por encima de cualquier circunstancia. Era, hay que recordar, el mismo principio colonial, con la diferencia de que en aquellos años cupo a la Iglesia el encargo de hacer cumplir el compromiso adquirido por el varón de manera verbal y, ahora, era obligado por la Ley.

         Como señalé anteriormente, no fueron las únicas pervivencias coloniales que se mantuvieron activas a lo largo del siglo. La concepción del juego de carnaval (del cual he escrito en otras ocasiones) o el uso de la peluca masculina siguieron en activación durante larga data. Sobre la peluca en las testas masculinas me ocuparé uno de estos días.

 

 

alcibiadesmirla@hotmail.com