• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

Abigaíl Lozano

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El nombre que da título a la columna de hoy corresponde a uno de los escritores (poeta, para más señas) que dieron lustre a la literatura de nuestro país en el siglo XIX. No hubo antología o compilación de la obra de venezolanos (o hispanoamericanos) de aquella centuria que ignorara la inclusión de un puñado de rimas de aquel autor nacido en Valencia en 1821 (o 1823, según otros).

Su poesía del amor, la profunda tristeza que filtran sus versos y, sobre todo, la marca erótica que pone sello a muchas de sus estrofas, lo convirtieron en uno de los poetas preferidos de su tiempo. Sin lugar a dudas, fue capaz de concebir libros que dieron satisfacción a las apetencias lectoras de quienes cultivaban esa expansión del espíritu, e incluyo entre esos destinatarios a las señoras y señoritas del país. Se comprueba lo dicho porque la mayoría de las escritoras venezolanas de ese siglo que dieron a la imprenta producciones literarias, incluyeron como epígrafes de sus propuestas estéticas versos tomados de Abigaíl Lozano.

No fueron esos sus únicos campos de interés, pues también dio forma a una poesía de esas que llamaban en aquellos tiempos “patriótica”. Fue aquella que colocó el acento en figuras ineludibles en nuestra memoria histórica, Bolívar entre ellas. Tampoco puede olvidarse su entusiasmo por la naturaleza venezolana (geografía, flora y fauna).

Pero la poesía no daba (no da) en nuestro suelo para vivir. De tal manera, nuestro vate se desempeñó en varios emprendimientos entre los que se cuentan sus funciones como diputado por la provincia de Yaracuy en 1860. No estuvieron ausentes como parte de su repertorio laboral las misiones consulares. En esos desempeños se cuenta su designación como cónsul del Perú en San Thomas. Para ese entonces nos hemos situado en 1861.

Las pocas notas biográficas que ambicionan cubrir el registro vital de este imprescindible nombre de la poesía venezolana del siglo XIX señalan como el lugar y año de su muerte la ciudad de Nueva York en 1866. Confieso que no he podido averiguar qué propósito lo condujo a aquel destino estadounidense. Lo cierto es que, el año que indico, estaba residenciado en aquella metrópoli.

Era el tiempo en el cual los republicanos del continente latinoamericano soportaban el estremecimiento que les produjo la imposición de Maximiliano como emperador de México. Las fuerzas liberales del país azteca desplegaban todas sus energías en busca de ayuda para derrotar al invasor. Una de esas comisiones destinadas a conseguir dinero para fortalecer los propósitos libertarios llevaba adelante su cometido en la ciudad neoyorquina. Habían reunido una importante cantidad de dinero para hacer viables sus fines. Una figura cercana al jefe de aquel núcleo de mexicanos decididos por la expulsión del invasor austríaco, robó el dinero acumulado. Abigaíl Lozano entró en conocimiento de la felonía y, más aún, averiguó el nombre del culpable.

No sabemos si amenazó con denunciarlo. Tampoco está a nuestro alcance conocer si el traidor se adelantó a un posible desenmascaramiento de su traición. El hecho cierto es que Abigaíl Lozano, aquella enormidad de las letras venezolanas, murió envenenado en suelo ajeno.

De esa manera abandonó la vida a aquel que cantó a la flor de mayo, a la Luna, a Puerto Cabello, a la mujer, al mar, a América, a Girardot, a las tristezas del alma…