• Caracas (Venezuela)

Milagros Socorro

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Milagros Socorro

Pero, ¿en verdad no se tambalea?

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Hace unos días Eduardo Fernández, presidente del Ifedec y ex candidato a la presidencia de la República, aseguró en un programa de radio que el “Gobierno no se está tambaleando, ni conviene que se tambalee y mucho menos que se caiga”. Curiosas declaraciones, proviniendo de una figura que no integra el elenco oficialista ni tiene por qué repetir la cartilla.

Que el gobierno no se tambalea es asunto que solo los hechos podrán establecer. No hay duda de que enfrenta un conjunto de factores adversos del que solo un gobierno muy sólido podría salir airoso: protestas en las principales ciudades del país, una crisis económica que se agrava por horas, inflación (“una de las más altas del mundo”, dijo Fernández en la misma intervención radial), desabastecimiento (“¿Por qué debemos hacer colas para el mercado y cuando llegamos no hay nada? Eso no pasa en ninguna parte y hasta está dejando de pasar en Cuba”, puntualizó) e inseguridad.

A esto debemos agregar la circunstancia de que el presidente de la República tiene ¿al lado?, ¿detrás?, ¿encima?, una especie de tutor que se toma atribuciones que no le corresponden, quitándoselas a la Presidencia; que se ha erigido en interlocutor de los militares, dándole un rodeo a la Presidencia; y que marca constantemente la pauta política del gobierno, como si el presidente fuera una figura decorativa, un pelele a quien se corrige en público y cuyo parecer no le interesa a nadie. Ciertamente, si el gobierno no se tambalea, la debilidad de Maduro sí es evidente. Habría que preguntarle a Eduardo Fernández a qué se refiere cuando asegura que el gobierno no está vacilante (porque podría ser que se refiera a que el gobierno podría persistir sin Maduro, como si este fuera una parte aburrida del cuento, que puede suprimirse sin que la historia registre mayores saltos).

Otra cosa, muy distinta, es que no convenga que el gobierno se tambalee y termine de caer. Vista su intransigencia frente a sus desatinos en materia económica, vista su terquedad en persistir por la senda que nos ha llevado al desastre, visto el cinismo con el que empezó a hablar de “guerra económica” cuando ya se avizoraba la debacle que hoy vivimos y que amenaza con profundizarse en las próximas semanas… En fin, visto el atolladero al que nos condujo el gobierno con sus disparates, su soberbia y su descomunal corrupción, ¿qué es lo que conviene?

Los 12 puntos propuestos por Lorenzo Mendoza, presidente ejecutivo de Empresas Polar, a la Comisión de la Verdad Económica, constituyen un retrato clarísimo de la calamitosa situación de Venezuela. El documento no se propone explicitar lo que está mal hecho sino lo que debe hacerse bien. Pero cada ítem alude a un paso en el proceso de destrucción de la economía nacional. Ninguno de esos puntos serían necesarios –en realidad, urgentes- si no fuera porque hemos padecido 15 años de devastación obrada por un sistema obsoleto, retrógrado y no pocas veces improvisado, que, además, solamente el año pasado se permitió “desviar”

$20.000 millones que fueron robados al Estado con la connivencia de los más altos jerarcas del poder.

Si el gobierno aplica las recomendaciones de los empresarios, aún cuando no lo hiciera en bloque sino parcialmente, iría a contravía de su propio modelo. Si el gobierno quiere dar un frenazo antes de caer en el abismo, tendría que acatar esas medidas, que no son sino un irrefutable compendio de sensatez y sentido común, pero si lo hace ya sería otro gobierno.

En esta ocasión, no pueden zafarse del aprieto con providencias diseñadas para aportar oxígeno temporal o con disposiciones cosméticas para destrancar el embrollo. Las dificultades económicas son de tal magnitud que deberán instrumentarse acciones permanentes, contrarias a la plataforma ideológica en la que se sustenta el gobierno.

Si esto fuera poco, esas medidas deberán ser implementadas por un gobierno sanguinario, violador de los derechos humanos. Los testimonios de las víctimas, sus familiares y abogados son estremecedores.

Nada de esto puede continuar por mucho tiempo. Ni el destrozo de la economía. Ni la represión, tortura, detención ilegal y asesinato de los manifestantes. Ni el expolio descarado a las arcas de la República.

Tampoco dejaremos de protestar, hemos asumido esta tarea como un deber y un destino.
Frente a esta realidad, el gobierno solo tiene dos opciones: obstinarse en su descalabro o hacer grandes cambios. En ambos casos será otro.