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Milagros Socorro

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Milagros Socorro

La foto de la morgue

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–Esa fue una foto que estuvo ocho meses guardada. No la publicamos cuando se tomó, porque era Navidad y no queríamos publicar algo tan fuerte en esas fechas. Pero esa era la realidad que había el 26 de diciembre en la morgue de Bello Monte –explica Thabata Molina, periodista de Sucesos de El Nacional por más de una década.

Esta declaración está contenida en la conversación sostenida, en 2012, entre Molina y Gaby Arenas de Meneses, como parte de una serie de entrevistas que servirían de insumo para una investigación acerca de las relaciones entre la comunicación masiva y la seguridad ciudadana.

–La foto –sigue Thabata Molina- se publica en agosto (de 2010), porque en ese momento tuvimos la Encuesta Nacional de Victimización hecha por el Instituto Nacional de Estadística y por la Vicepresidencia; y la situación que la encuesta reflejaba era la misma o peor que en diciembre. Yo fui una de las que estuvieron de acuerdo con que se publicara esa foto, porque la gente tiene que saber que hoy en día el Estado no solo no te garantiza la vida, sino que, además, después de que te matan, tu familia tiene que lidiar con el hecho de que te tengan en esas condiciones. La gente tiene que esperar hasta cuatro días para que le entreguen a un familiar. Entonces, el proceso de duelo se estira hasta más no poder y luego no consigues la funeraria por haber sido asesinado con arma de fuego. Es terrible para los familiares de las víctimas y la gente tiene que saber eso.

Por la publicación en primera plana de esa fotografía, que muestra sin trucos ni afeites un apilamiento de cadáveres de hombres jóvenes en la morgue de Bello Monte, una jueza con competencia en Protección de Niños, Niñas y Adolescentes, acaba de dictar una medida que prohíbe a El Nacional la difusión de “imágenes de hechos violentos” y le impuso una multa equivalente a 1% de sus ingresos brutos durante 2009.

En la citada entrevista, Arenas le pregunta a Molina si “¿en algún momento pensaron que estas imágenes atentaban contra la integridad personal de los niños, además de la dignidad de las víctimas y de sus familiares?”.

–El niño– le contestó la reportera de Sucesos- lo ve en el barrio todos los días. Y allí es peor, porque les matan el papá, les matan a sus amiguitos. Están sentados jugando en la puerta de su casa y les pasa cerca una bala. Su mamá tiene que esconderse con ellos a las 5 de la tarde, antes de que haya un tiroteo. Eso es peor que una foto, porque el periódico ya no se exhibe guindado como antes, ahora está doblado y, si quieres comprarlo, vas y lo buscas.

En el barrio, los cadáveres en la calle son parte de la cotidianidad. Yo defiendo, a capa y espada, el haber publicado esa foto. Yo la hubiese publicado en diciembre. Lo hicimos en agosto porque ese mes nos llegó una encuesta de victimización que el Gobierno tenía guardada y que mostraba unas cifras escandalosas de homicidios y secuestros. La foto es el reflejo de las consecuencias que deja esa victimización en la morgue.

Interrogada para el mismo trabajo, Cenovia Casas, editora jefe de El Nacional, respondió a la investigadora (en 2012): “Podríamos volver a publicar la foto y sería un reflejo de la situación actual. Es un documento, un registro. Es como cuando publicas una investigación a partir de un informe de Petróleos de Venezuela de 2010-2011, por ejemplo, y lo usas ahora para respaldar que no hubo mantenimiento y paradas. Es lo mismo que usar encuestas para tomar referencias de una situación que necesitas documentar. Esa foto es un documento de una Venezuela peligrosa, de una Venezuela que no vive, precisamente, “una sensación de inseguridad”.

La imagen era, además, una respuesta al cierre de las fuentes oficiales, que en 2007 dejaron de divulgar el “parte de novedades”, que daba cuenta del nombre y edad de la víctima, así como la forma de muerte. Después de ese año, al país se le negó el derecho de estar informado de manera confiable y transparente; y los periodistas debieron acudir a rutas paralelas para obtener datos acerca de homicidios y secuestros (infidencias de policías, testimonios de familiares).

La foto, dicen los voceros oficialistas, es grotesca. Se quedan cortos. Es horrorosa, es solo comparable a las del holocausto. Pero es fidedigna. Cotidiana. Y el Estado no ha hecho nada para que, al quitarle correspondencia en la realidad, se convierta en una ficción, en un mal recuerdo.

Con censura, con multa, con persecución a las libertades, la foto de la morgue capta una realidad que sigue vigente: el montón ha crecido sin pausa.