• Caracas (Venezuela)

Milagros Socorro

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Milagros Socorro

Peligrosamente previsible

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Todas las respuestas y trucos de Tibisay Lucena, presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), en la cadena audiovisual impuesta para comentar la “verificación” de las elecciones del 14-A eran predecibles. Nadie esperaba el más mínimo atisbo de verdad. Por eso la supuesta finalización del supuesto examen de los resultados no fue noticia. La cobertura en todos los medios, incluidos los de propaganda del régimen, fue burocrática. Por no dejar. Fue como ese encuentro amatorio, administrativo y aburrido, que según el sexólogo falconiano Solano Calles Paz marca el fin de una relación (y sin cuya latosa tramitación no se verifica realmente la ruptura). Fue, pues, un ayuntamiento sin emoción: prensa y funcionarios fingiendo ser convocados por un hecho noticioso, cuando, en realidad, se estaba cumpliendo el acostumbrado ritual de Tibisay Lucena recitando con el sonsonete de quien hace siglos que canjeó pasión por caletre, la letanía que conviene al régimen.

Es mentira que “la ampliación de la verificación nos permite decir que el sistema es transparente, robusto e inviolable”. La oposición democrática no pidió una verificación entre máquinas y papeletas, sino que exigió una auditoría que incluyera la revisión minuciosa de estas y de los cuadernos, máquinas y captahuellas; puesto que todos los tramos del proceso están bajo sospecha y es seguro que en los cuadernos se encuentra un relato con muchos personajes, algunos muertos y otros vivitos, que, como dijo Liliana Hernández, son los que van, con sus malas mañas y sus franelas rojas, a votar en lugar de los fallecidos.

Es mentira que la auditoría haya sido solicitada “por el ciudadano Capriles”. En realidad fue una impugnación del Comando Simón Bolívar, con el soporte de un equipo de abogados, que introdujeron el recurso de impugnación ante el Tribunal Supremo de Justicia, apoyados en un documento de más de 180 páginas.

Es mentira que la oposición democrática se hubiera inhibido de participar en la verificación propuesta por el CNE “pese a que todo el país fue testigo de su aceptación a las condiciones”. Lo que en verdad ocurrió es que la coalición opositora impugnó todo el proceso electoral. No sólo el evento registrado el 14 de abril, sino sus escandalosos hechos precedentes: ventajismo en la campaña; vicios en el Registro Electoral, que favorecen la usurpación de identidad; uso abusivo de recursos del Estado al servicio de la candidatura oficialista; el llamado voto asistido, que se perpetró mucho y con la mayor desvergüenza; hostigamiento a los electores por parte de bandas de motorizados de clara adscripción chavista; y, en suma, numerosas irregularidades que tuvieron lugar antes de las elecciones, ese día y después.

Es mentira que, como afirmó Lucena: “Se confirma una vez más que (el sistema electoral) refleja de forma precisa la voluntad del sufragio”. Lo cierto es que la oposición democrática ha consignado, en instancias nacionales e internacionales, pruebas fehacientes de una serie de graves violaciones de las leyes electorales, que, como ha escrito Vladimiro Mujica (Tal Cual, 13/6/2013), “tiene el potencial necesario para distorsionar sustancialmente los resultados”. Esta adulteración está hondamente anclada en la mente de la nación. Muestra de esto la dan cotidianamente los medios de comunicación del Gobierno, alineados en el empeño de dar a Maduro una pátina de legitimidad, que, francamente, no parece tener posibilidades de obtener.

Con todo, lo más grave no fueron los embustes sino los ardides para polarizar el reclamo, poniéndose ella de parte del régimen: Lucena acusó a los impugnadores de ocultar un “verdadero ataque”, que según ella estaría dirigido “al modelo político establecido en la Constitución”, es decir, a la revolución. Una vez presentadas sus endebles pruebas, procedió a esgrimir un argumento político.

Esta fue una afirmación innecesaria, tan provocadora como el brazalete de la felonía que usó en el funeral de Chávez, prueba de que Tibisay Lucena no se molesta en cuidar las apariencias. Y de que la pulcritud del voto no se cuenta entre sus garantías prioritarias. Esperemos que la artimaña produzca el efecto contrario al calculado por la banda encabezada por Lucena… y que el país democrático se movilice aún más el próximo 8-D.