• Caracas (Venezuela)

Miguel Angel Santos

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Miguel Angel Santos

Así termina lo malo, y empieza lo peor

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“Disculpen ustedes, y perdónenme que me entrometa en vuestra conversación… Yo sinceramente creo que ellos se merecen una oportunidad… Y ya no tanto ellos, sino nosotros, nos merecemos la oportunidad de tener un gobierno diferente, de probar algo distinto a este atajo de sinvergüenzas… ¿No creen ustedes?”.

Nos habla una señora entrada en años, ya cerca de esa edad en que uno presumiría que la vida se ha vuelto una batalla perdida, una frase que he tomado prestada de una carta de Adriano a Marco. Pero no ocurre así, así está España por estos días. La indignación, una emoción a ratos casi tan autodestructiva como la venganza, se ha apoderado de una cantidad significativa de la población y le ha infundido nuevo aliento. “Alguien tiene que pagar por esto”.

En noviembre de 2015 se cumplirán cuarenta años de la muerte de Francisco Franco, un período luminoso que le ha dado a muchos españoles la oportunidad de ser testigos de una travesía que ya muchos otros quisiéramos tener la oportunidad de ver en nuestro país, en nuestro horizonte de vida: el paso de una dictadura, del país pobre y oscuro (en el sentido literal) que dejó a su muerte el dictador; a ese portento relativo de progreso, institucionalidad, democracia y, no menos, de vida, en que se había convertido España hasta hace muy poco.

¿Qué se ha hecho de ese país? A diferencia de lo que ha ocurrido en otras naciones de Europa, que más o menos han conseguido enderezar el rumbo, en España la crisis financiera de 2008-2009 no solo ha dado al traste con la economía, sino que amenaza con llevarse consigo a toda una clase política. La economía ha tenido unos años aciagos, con la tasa de desempleo en la vecindad de 26% por tres años, y más de la mitad de los jóvenes ociosos, sin ninguna esperanza laboral. Y, vaya coincidencia desafortunada, en la medida en que el país ha ido perdiendo su esperanza, intercaladas entre las imágenes de las familias desalojadas de sus pisos, de viejecitos que avalaron las hipotecas de sus hijos y se ven ahora en la calle, aparecen las estampas de una institucionalidad podrida, del rey para abajo, la podredumbre típica y el desparpajo de quienes han ostentado el poder por cuarenta años y se creían ya intocables.

Así, en sucesión a la desesperanza, España se ha visto forzada a ver las imágenes del rey matando elefantes en África, las de la estafa de su yerno Undargarín bajo la fachada de una fundación para favorecer a niños con síndrome de Down, las del escándalo de los pagos “en negro” (clandestinos) del PP o el más reciente en la comunidad de Madrid. La respuesta de la clase política ante el trajinar del ciudadano ha venido a ser no solo el robo y la estafa, sino la burla; muchos de quienes ahora aparecen involucrados en casos de corrupción aparecían hasta hace muy poco arengando “a los corruptos, a esa gentuza que ha robado”, sin ningún rubor.

Durante estos últimos seis años las encuestas han venido reflejando una enorme caída en las preferencias de los dos partidos tradicionales, un vacío político colosal en medio de una conmoción económica, política y social. Los vacíos, ya podíamos nosotros dar fe de ello, tienden a llenarse. El vacío de España lo ha venido a llenar Podemos, con su discurso incendiario y sus propuestas inviables. Irónicamente, la desesperación de la nación es tal que la inviabilidad y la utopía son ahora proporcionales a la esperanza. A uno le da la impresión de que a Podemos, Pablo Iglesias y, en menor medida, Juan Carlos Monedero lo que les queda es seguir repitiendo su mensaje, y aprovechar la inercia y los espacios que un estamento comunicacional extraordinariamente ingenuo les abren todas las noches. Ellos también, a su propia manera, han empezado a serruchar el suelo en el que están parados. Siguen trayendo a sus verdugos a sus horarios estelares, a que les insistan allí en que vienen a proteger al ciudadano “de la basura comunicacional”, esa misma basura que les abre sus puertas.

Han ido ganando terreno gradualmente, mientras muchos repetían que “aquí jamás ocurrirá algo así, tenemos ya un nivel institucional distinto”, “la Constitución no lo permite”, y otras fórmulas similares que se distraen y regodean en las formas. Como si el progreso tuviese una cota a partir de la cual se hace imposible la involución y la barbarie, como si la historia fuese una flecha en línea recta inevitablemente destinada a su blanco. Y así va la letanía. Al encarcelamiento de los corruptos y el castigo sin piedad a quienes se han hecho con los dineros del pueblo, le sigue el tope máximo a los salarios, la suspensión de los desalojos, las empresas de propiedad social, y la creación de una transferencia mínima mensual que recibirá cada español por la sola condición de serlo.

La señora que ha tenido a bien intervenir no puede saber con quién habla, no tiene idea de este larguísimo periplo de Ulises que representa el exilio, no puede saber que somos sobrevivientes –no víctimas– de aquella otra revolución, enhebrada en los mismos hilos de decepción y desengaño con el estado de las cosas, en la venganza, en el poner por encima la búsqueda de culpables que las soluciones. Y, sin embargo, tengo la percepción nítida de que es muy poco lo que puede hacerse ya para ahorrarles el mal rato.

Recuerdo ahora mi desazón con aquellos voceros exaltados que vociferaban que Venezuela iba “en el camino de Cuba”, curiosamente, una idea que solo podía ocurrírsele a alguien que jamás hubiese puesto un pie en la isla. Venezuela no fue nunca Cuba, y España no será Venezuela, pero eso es lo de menos. Aquí es donde la condición relativa le cede espacio al deterioro de la situación propia: Venezuela no es Cuba, ya, pero sí vive infinitamente peor ahora que cuando cedieron las bases de aquel sistema podrido tras sus propios cuarenta años. Un abismo similar al que se asoma ahora España, con la misma urgencia por saltar.