• Caracas (Venezuela)

Miguel Angel Santos

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Miguel Angel Santos

Entre no querer y no poder

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No siempre el querer y el poder son consideraciones independientes. Cuesta pensar en una situación en la que la capacidad de hacer algo esté divorciada de la disposición, y viceversa. Todo esto viene a cuento a raíz de la enorme penalización con que los mercados internacionales están castigando la deuda venezolana: ¿disposición o capacidad? Difícil de saber.

Por un lado, se suele repetir que un país con las exportaciones petroleras de Venezuela no debería tener problemas en servir su deuda externa, al menos en los niveles de hoy (no es una precisión trivial, toda vez que no deja de crecer, y cabe pensar que lo hará aún más ahora que el petróleo se ha venido abajo 12%). Un sinsentido, como dijo alguien por estos días en una de las televisoras oficiales (lo que ya es una redundancia). Y qué duda cabe de que es así. El problema está en que ese mismo lugar común puede ser replicado en un sinnúmero de situaciones de las que ya se ha apoderado el sinsentido. A fin de cuentas, ese mismo gobierno, con esas mismas exportaciones, no es capaz de garantizar que haya medicinas, tratamientos para enfermedades crónicas o anestesia en hospitales y clínicas. Para no redundar, es el mismo gobierno que le debe a todo lo que se mueva, que ha dejado de cumplir sus compromisos con todo perro callejero con la única excepción de Wall Street.

Para quienes piensan que lo nuestro no es un tema de capacidad, e insisten en las “enormes tenencias de activos en moneda extranjera del gobierno venezolano” (“fuera de reservas, claro” suelen agregar, como si fuese una consideración menor o de segundo orden), la semana que ahora termina ha resultado algo confusa. Después de todo, para cubrir los vencimientos de 1.500 millones de dólares que se pagaron entre lunes y martes el gobierno no utilizó esos “cuantiosos fondos”, sino que vino atolondrado a sacarlos de reservas internacionales el viernes anterior. Una señal de pésima planificación financiera, que además ha reducido al mínimo las reservas líquidas. La próxima vez no saldrá de ahí.

Por otro lado, cuesta pensar que se trate de problemas de disposición, cuando el gobierno no cesa de repetir que Venezuela cumplirá, y el ministro Torres acude presuroso a Twitter, confirmadas las transferencias, a vociferar que “Venezuela se respeta” (cualquier cosa que eso signifique en la retorcida concepción de soberanía de la revolución). ¿Y entonces? ¿Los 14,5% puntos de riesgo soberano que paga Venezuela vienen de dudas sobre nuestra disposición, o sobre nuestra capacidad? Muy probablemente de una combinación de las dos.

Hablemos de capacidad. Como quiera que la mayoría de los países aspira a pagar su deuda emitiendo más deuda, lo esencial es la relación que existe entre la tasa de interés y la tasa de crecimiento. Aun con las cuentas fiscales equilibradas, un país en recesión, que no ha crecido más de 1% anual en promedio desde 1977 hasta la fecha y que paga 15% por su deuda en dólares, no puede sino estar aproximándose vertiginosamente al colapso (como ya sabemos desde hace rato, el colapso es un contínuum, una idea resbalosa, no hay fondo, y solo la última vez es verdaderamente la última). La deuda continuará creciendo como porcentaje del tamaño de la economía, de la misma forma en que crecen las burbujas inmobiliarias, hasta que en algún momento el mercado se resista y el tinglado piramidal se les venga abajo. Ahora agréguele usted el hecho de que Venezuela cerrará 2014 por quinto año consecutivo con un déficit de dos dígitos (quiero decir, de dos dígitos altos: 18%). Es decir, que no hay ninguna fuerza en la ecuación que apunte a balancear nuestra capacidad de pago y nuestros compromisos. Visto así, creo que es legítimo pensar que tarde o temprano Venezuela tendrá un problema de capacidad, si es que no lo tiene ya, con el petróleo rondando los ochenta dólares.

Por otro lado, por más que Maduro y Torres le hagan el coro a Wall Street, lo cierto es que siempre existe la duda de cuánto podría durar esa disposición en el evento de un deterioro político acelerado en la vecindad de una elección. En ese momento, ¿van a seguir pagándole a Wall Street en lugar de importar alimentos y medicinas?

Mientras termino de escribir, en el centro de Caracas llueve plomo desde hace ya más de seis horas. Los colectivos que la revolución armó y protegió, esos mismos que le cayeron a balazos a la oposición más temprano este año y que fueron amparados por el discurso de Maduro, se han vuelto ahora contra la propia policía, o viceversa, la policía se ha vuelto en contra de ellos. En cualquier caso, se resisten a abandonar su territorio, esas suertes de pequeñas repúblicas en donde llevan años imponiendo su propia ley. Con la muerte de Robert Serra parece habérsele salido una rueda a la carreta. Una de esas cuitas pendientes del submundo que sostiene a la revolución y de la que muy probablemente jamás llegaremos a saber nada a ciencia cierta. Es el imperio de los sinsentidos. En contraste con el sinsentido que se ha apoderado de Venezuela, ese que se repite a diario de forma circular, monótona y decreciente a nuestro alrededor, el default vendría a ser el menor de los sinsentidos.