• Caracas (Venezuela)

Miguel Angel Santos

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Miguel Angel Santos

Esperando la nieve en La Habana

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Se acerca el final de 2014, un período en el que muchos suelen combinar la revisión de sus deseos y manifiestos de hace un año, con las posibilidades y perspectivas del que está por venir. Después de todo, uno suele confiar en que se hace, en el mito de la autodeterminación. Es una de esas creencias de conveniencia, una de esas cosas en las que vale la pena creer aunque uno sepa que no son del todo ciertas. En perspectiva, es impresionante cuánto de nosotros viene determinado por circunstancias externas que nos resultan ajenas y sobre las cuales no ejercemos control alguno. Lo único que nos queda, vaya usted a saber en qué medida, es la capacidad de reaccionar.

¿Dónde estábamos hace un año? Hace un año la inflación general era de 53%. Los precios de los alimentos venían creciendo a un ritmo de 73% anual. El precio del barril de petróleo venezolano rondaba los cien dólares. Aunque el crecimiento se había desacelerado hasta rozar la vecindad de cero, el Banco Central reportaba que el consumo final de hogares había crecido en el año nada menos que 4,7%. Hace un año el gobierno en términos consolidados mantenía un déficit fiscal “insostenible” de 16,9% del PIB, que financiaba en esencia imprimiendo dinero a manos llenas. La cantidad de monedas y billetes venía creciendo a un ritmo anual de 67%. Hace un año un dólar en el mercado paralelo costaba diez veces más que el dólar oficial. Por primera vez este precio se venía distanciando (por arriba) de la relación entre el dinero en la calle y nuestras reservas internacionales, para entonces en 52 bolívares por dólar. Hace un año Venezuela pagaba una prima de riesgo de once puntos porcentuales en los mercados internacionales.

Estos enormes desequilibrios dieron vida, por enésima vez, al mito del chavismo pragmático. Según esta ficción, Venezuela se convertiría en una suerte de China de bonsai, sin libertades políticas pero con una economía boyante. Giordani saldría y se vendría nuestra propia versión de Deng Xiaoping, hecha de harina y de maíz: Rafael Ramírez. La tasa de cambio sería unificada, aumentaría el precio de la gasolina, y se tomarían acciones para restaurar el equilibrio fiscal. Nuevos campos petroleros serían licitados a compañías internacionales, lo que atraería inversión extranjera y contribuiría a aumentar nuestra producción en un horizonte de tres años. Todo eso lo habrían de ejecutar enjundiosamente los mismos manirrotos que vienen gobernando desde 1999; 2014 era un año “ideal para el chavismo”, concluían algunos analistas, porque no contaba con ningún evento electoral.

¿Dónde estamos un año después? Un año después aún no sabemos en dónde estamos, porque el Banco Central no publica la inflación desde hace ya dos meses. En agosto, la inflación general totalizaba 59% anual. Un cambió de composición en la canasta alimentaria le habría quitado unos puntos porcentuales (por lo que estaría más cerca de 64%). Los alimentos habían subido nada menos que 89% en doce meses. No sabemos aún nada de la balanza de pagos, publicada por última vez en septiembre de 2013. Tampoco del crecimiento, aunque se dice que nuestra actividad económica habría caído en 4%. A pesar de la devaluación implícita en la distribución de las tres tasas de cambio oficiales, les pudo más la voracidad fiscal (en un año sin elecciones), lo que ha llevado el déficit consolidado del sector público hasta 22% del PIB. Hoy en día un dólar en el mercado paralelo cuesta 25 veces más que el dólar oficial, muy por encima de nuestra razón de liquidez a reservas, que se encuentra ahora alrededor de ochenta bolívares por dólar. El barril de petróleo venezolano se aproxima a la vecindad de sesenta dólares, tras el estruendoso fracaso de Ramírez en la última reunión de la OPEP. Como suele suceder, cada vez hay que imprimir más dinero para equilibrar las cuentas. La base monetaria viene creciendo a tasas de 90% anual, veinte puntos más que la liquidez (60%) cortesía de un artificio de encajes. Consecuentemente, la prima de riesgo de Venezuela se encuentra ahora entre dieciocho y veinte puntos porcentuales según el día.

Esta secuencia resume nuestra experiencia con la revolución. El chavismo nos continúa sorprendiendo, lamentablemente siempre en la dirección equivocada. Aún hay quien sigue pregonando el ajuste macroeconómico, a todas luces un eufemismo para describir esa serie de rabos de cochino con la que van dando tumbos, moviendo importaciones de una tasa a otra, imprimiendo dinero, aprobando obscuras formas de transferencias intergubernamentales, sellando acuerdos con los chinos a la espaldas de la nación, o decretando impuestos al lujo en un país que cada vez se da menos lujos. No hay un punto a partir del cual “esto no aguante más”. Ya de hecho hemos aguantado bastante más de lo que alguna vez pensamos que podríamos aguantar, y aún así es menos de lo que vendrá en los próximos meses. Ya el precio del dólar hoy en día es un escándalo, y sin embargo uno habita en la certeza de que en algunos meses ese escándalo va a ser una verdadera ganga. Llegados aquí, lo irracional es seguir creyendo que ellos se van a comportar, en algún momento, de manera racional.