• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

Una verdadera lucha pacífica

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Mucho se ha escrito y hablado en estos borrascosos años –pero sobre todo en los últimos meses– sobre la necesidad de poner fin a una tiranía que de manera progresiva ha destruido a una nación que, créase lo que se crea, no debería permitir con patológica inmutabilidad –a menudo confundida con la tan mencionada, aunque poco entendida, lucha pacífica– ni la perversión de sus valores ni un desleimiento tal de sus convicciones democráticas que acabe conduciendo a la generalizada estimación de la opresión como una suerte de sino ante el que nadie puede resistirse.

Ha constituido esa ardua labor el vehemente deseo de persuadir a quienes ahoga la desesperanza de que sí es posible un cambio. Ha sido el persistente intento de convencer al conjunto de la sociedad venezolana de que si con coraje no se enfrenta ahora la maldad y desmedida ambición de unos pocos, se tendrá que afrontar después –con pocas probabilidades de éxito– la aniquilación de la mayoría. Ha subyacido tras ello, en resumen, el incesante ruego expresado como exhortación a la acción emancipadora, al ejercicio de la ciudadanía, a la defensa de la propia dignidad.

Pero, ¿qué tanto hace falta para persuadir al conjunto de los venezolanos de que un país distinto puede construirse? ¿Qué más se requiere para convencerlos de que ninguna solución a esta terrible crisis es fácil o indolora? ¿Cuántos ruegos serán necesarios para que se resuelvan a vencer el temor, la pusilanimidad y la indolencia que se han erigido en los escollos que hoy impiden su desarrollo?

Cierto es que la inacción se debe en parte a la ausencia de certezas sobre cuál es el camino que no desemboca en un precipicio, cuál la forma de lucha que acarrea menos sufrimiento, cuál el modo efectivo de derrotar la opresión; no obstante, también es cierto que ese estado de devastadora quietud es una respuesta pacientemente modelada por quienes han sembrado la idea de que es con la venia y las reglas de los opresores que los oprimidos deben “reivindicar” sus derechos, a tal punto de que son estos últimos los que entre sí se censuran cuando tras muchas vejaciones alguno decide dejar de observar unos neoconvencionalismos entre bastidores pactados.

Es ese el resultado de la imposición de una tergiversada noción de “paz” devenida dogma de fe; una “paz” que se ha traducido en un cuarto de millón de venezolanos asesinados por el hampa y tantos otros fallecidos por el asolamiento de todo el sistema nacional de salud, así como en la rampante depauperación del resto de la población del país por unas erróneas políticas que obstinadamente se pretenden perpetuar.

Por supuesto, la violencia no es aceptable como medio para enfrentar la crisis por cuanto, lejos de solventarla, de seguro la agravaría; pero tampoco lo es una malentendida y mal llamada “lucha pacífica” que no pasa de voluntario sometimiento a un chantaje del que, primero con sutileza y ahora con descarada brutalidad, se ha valido por largo tiempo el régimen con la aquiescencia de algunos “dirigentes opositores”.

No son aceptables, por tanto, el silencio y la mansedumbre ante una interminable sucesión de oprobios y despropósitos con los que se han ceñido las cadenas arrojadas sobre el pueblo venezolano; silencio y mansedumbre que –bien por ingenuidad, bien por un vano intento de autoconvencimiento– algunos consideran cualidades inherentes a aquella forma de lucha.

¡Nada más distante de la verdad!

Trascendentes figuras como Gandhi, King y Mandela, cabales promotores del activismo pacífico, con su ejemplo demostraron que la fuerza de las auténticas convicciones lleva a arrostrar los enormes peligros que entraña una reivindicación de derechos que no se confunde con la acomodadiza aceptación de migajas de libertad.

En Venezuela, el abuso de poder ha alcanzado niveles intolerables, por lo que arbitrarias decisiones como la reciente supresión del derecho de los ciudadanos venezolanos de elegir a los diputados que los representarán en el Parlamento Latinoamericano, o las que de modo flagrante violan sus otros derechos fundamentales, deberían constituir la gota que, definitivamente, colme su paciencia y los impela a acometer una verdadera lucha pacífica; esa en la que, para recobrar la libertad y la dignidad, no se espera con absurdidad y sangre de horchata el siempre pospuesto consentimiento de unos cínicos opresores.

 

@MiguelCardozoM