• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Miguel Ángel Cardozo

No ven el bosque… ni los árboles

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A estas alturas son muy pocos los que podrían creer que en el seno del régimen han comenzado a brotar las buenas intenciones y que sus funcionarios están trabajando con denuedo –y por el más puro amor a todos los venezolanos– para solucionar la avalancha de problemas que están sumergiendo al país en el más profundo de los abismos y para prevenir otras contingencias que empeorarían la megacrisis nacional, y aunque –en un ejercicio extremadamente difícil– se le otorgue el beneficio de la duda, no dejan de surgir interrogantes ante las acciones que el régimen ha emprendido en las últimas semanas, tanto en el ámbito interno como en el contexto internacional.

Si se consideran, por ejemplo, las recientes actuaciones de las autoridades sanitarias frente a la amenaza del ébola, ¿estarían indicando estas que sus “preparativos” para “atender” un posible brote de la enfermedad en el país deriva del oculto reconocimiento de su incapacidad para prevenirlo?, ¿o acaso es tan solo otra representación de la pantomima “eficiencia socialista” para encubrir su certeza de que, si llegare a ocurrir tal contingencia, no podrían contener la epidemia que se desataría dado el franco deterioro de los centros asistenciales, la escasez generalizada de insumos y medicamentos, y la insuficiencia de personal de salud cualificado?

No pecarían de exceso de incredulidad quienes tales preguntas se hicieren, por cuanto ha quedado más que demostrado que la gestión sanitaria no ha sido precisamente el punto fuerte de la gestión gubernamental –si es que alguno hay–; y si alguien lo duda, ¿por qué entonces no se pudo prevenir y luego controlar la epidemia de fiebre chikungunya en el país?, ¿o cómo es que si las autoridades del sector son expertas en la prevención y control de enfermedades, el dengue está ocasionando estragos en todo el territorio nacional?

Las declaraciones oficiales han intentado minimizar en todo momento la gravedad de los múltiples problemas de salud que aquejan a los venezolanos –como aquella aseveración de que la fiebre chikungunya “no mata”–, por lo que a cualquier incauto podría parecerle lógico el que los “esfuerzos” se estén destinando a la “lucha” contra un virus altamente letal, pero las compras millonarias realizadas en días pasados y las reuniones sostenidas con expertos de otros países y de organizaciones internacionales, ¿no estarán más bien orientadas a crear la ilusión de que un posible brote de ébola en Venezuela sería eficazmente contenido pese a las debilidades ya mencionadas?

La sabiduría popular señala que los árboles no dejan ver el bosque, lo que de acuerdo con la obra del Instituto Cervantes, Refranero multilingüe, dirigida por Julia Sevilla y María Zurdo (2009, http://cvc.cervantes.es/lengua/refranero), “se dice cuando alguien no puede ver un asunto o una situación en su conjunto porque está prestando atención a los detalles”, pero al parecer el régimen venezolano no ve ni el bosque ni los árboles, obnubilado como está por sus propias ideas de dominación.

Las consecuencias de esto pueden ser nefastas para toda la sociedad venezolana, ya que llegará el momento en el que el peso de los problemas que no son abordados con la debida seriedad, transparencia y efectividad por quienes están obligados por la Constitución y las leyes a hacerlo, destruirá los mismísimos cimientos de la república.

El caso de la pésima gestión sanitaria en el país –indistintamente de si es el resultado de la ineptitud, de algún otro factor o de una combinación de elementos– es solo un ejemplo entre miles, porque la bola de nieve arrojada hace tres lustros por la cuesta de las aspiraciones de desarrollo nacional, se está tornando hoy inconmensurable por la inducida carestía, los feroces ataques a cualquier iniciativa privada, el estrangulamiento de las universidades, el bullying político, la persecución a los medios de comunicación, la criminalización de cualquier opinión “incómoda”, la inseguridad en las calles, la transformación de instituciones del Estado en organizaciones hamponiles de alta peligrosidad, entre muchísimas otras cosas.

Y si a ello se suma la sustantiva pérdida y deterioro de valores ciudadanos, y unos condenables hábitos depredadores en algunos sectores de la oposición, queda claro que la tarea de restablecer el Estado de derecho y retomar la senda hacia el desarrollo es sumamente ardua, por lo que la inmensa mayoría demócrata de la sociedad venezolana debe aprender a ver tanto los árboles como el bosque para poder enfrentar con éxito a un régimen que no es capaz de hacerlo, cegado como está por su desmedida ambición.

Eso es lo único que podrá evitar que por desesperación o visceralidad se transiten caminos que no pasan de ser bellos espejismos que ocultan la aterradora entrada a un infierno aún desconocido.