• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Los miserables

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Victor Marie Hugo no pudo escoger mejor nombre para la que, sin duda, es una de las joyas de la literatura universal; obra que el destructor supremo, con reiterado cinismo, mandaba a leer a sus seguidores, aunque lo más probable es que él haya tenido tan solo una superficial noción de la misma a través de alguna brevísima y mediocre sinopsis.

Pero el título de esta columna no se refiere a la novela del prolífico francés, sino a los nefandos estafadores que con sus diarias acciones han asolado una nación que hoy sería la envidia del mundo si en los últimos 16 años hubiese transitado otra ruta.

También alude a cómplices vividores que con escandaloso silencio han permitido la opresión de todo un pueblo, pagando con ruindad todo el bien que en pasadas décadas este hizo a sus países –en algunos casos, apoyando de diversas maneras sus incipientes democracias; en otros, condenando categóricamente las tiranías que los oprimían; en muchos más, brindando a sus atribulados hijos las mejores oportunidades de desarrollo personal y profesional–.

Unos y otros son corresponsables de lo que pasará a la historia como la peor de las catástrofes latinoamericanas: un régimen neototalitario que no ha tenido reparos en utilizar todos los recursos a su alcance –incluyendo la tecnología de los nuevos tiempos– para crear un intrincado y avieso sistema de control que facilita la sujeción y asegura la impunidad de los opresores en el proceso –o al menos, por ahora–.

Y si bien esto no constituye ninguna novedad, el saberlo solo incrementa la indignación producida por recientes acontecimientos; hechos que reafirman la necesidad de poner punto final a la locura socialista del siglo XXI y de replantear la naturaleza de las relaciones del país tanto con sus vecinos como con el resto de las naciones del planeta.

La obviedad de lo primero es tal que, a estas alturas, no debería haber ya ningún venezolano sensato y verdaderamente patriota que desestime la amenaza que para su futuro y el de sus hijos implican el actual modelo y sus desquiciados promotores, abocados ahora a la impía tarea de desatar un frenesí idolátrico que actúe como catalizador en la generación de su “hombre nuevo”: un frankenstein tropical sin Dios, sin padres libertadores y sin historia patria; un apóstata de la venezolanidad y sus valores democráticos; un despersonalizado y desechable elemento de la masa comunal.

En cuanto a la urgencia de lo segundo, la puñalada trapera dada hace pocos días a los demócratas de Venezuela, del continente y del mundo por las autoridades colombianas –al arrojar a las fauces del inicuo leviatán socialista la juventud pletórica de anhelo de libertad–, la ha puesto de manifiesto.

Esa ignominiosa acción es una nueva gota que cae sobre un cáliz hace tiempo colmado, por lo que en un futuro libre de la roja marabunta, la sociedad venezolana debería dejar de actuar como un ingenuo y munificente adinerado que, mientras obsequia sus riquezas y acoge a todo el que toca a su puerta, es objeto de las más viles traiciones.

Definitivamente, las relaciones exteriores de Venezuela no pueden seguir supeditadas a una perjudicial filosofía, máxime cuando los beneficiarios de esta no son otros pueblos sino un puñado de inescrupulosos que, elevados por estos al Olimpo del poder político, se apropian con obscena voracidad de todo lo que debería coadyuvar al desarrollo del país y de cada uno de sus ciudadanos.

Por supuesto, no se trata de promover el aislamiento o la xenofobia –ambas cosas repudiables–, pero sí de empezar a subordinar esas relaciones al interés nacional; un interés que de ninguna manera debe ser interpretado como la conveniencia de seres perversos, abyectos y canallas: los miserables del siglo XXI.

* Profesor de posgrado de la UCAB e investigador.

** Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.

@MiguelCardozoM