• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

A menor salario, mayor osadía

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Sin duda, el reciente “revolcón” salarial ha acaparado la atención de los venezolanos en los últimos días, sobre todo por la preocupación que a las familias les genera el preguntarse cómo podrán en los próximos meses costear, con unos exiguos ingresos, sus muchas necesidades –alimentación, vivienda, educación, atención sanitaria, entre tantas otras–.

Pero más allá de la preocupación, una ola de indignación está caldeando los ánimos en el país dado que a lo insuficiente del incremento del extremadamente mínimo salario se suman, como colofón de dicho revolcón, la sorna y el caradurismo con los que la acaudalada cúpula oficialista asegura que aquel es el mayor de todos los salarios mínimos de la región, lo que resulta una ofensiva mentira aun si se emplean –en un ejercicio rayano en el realismo mágico– las tasas de cambio de 12 y 6,30 para realizar la conversión del venezolano a dólares estadounidenses, por cuanto ni el que se hará efectivo a partir de este mes ni el que se devengará desde julio estarían en esos ficticios casos, de acuerdo con estimaciones del Diario La Verdad (http://www.laverdad.com/economia/74414-venezuela-tiene-el-peor-salario-del-continente.html), por encima de los de Estados Unidos y Canadá.

Claro que lo sustantivo en toda esta historia no es en cuál posición de un ranking continental de salarios se ubica el de la nación sino cuál es el verdadero poder adquisitivo de los venezolanos; algo en lo que estos no quedan bien parados en el contexto regional aun si también se usan esas mismas tasas oficiales para calcular el costo de la vida en Venezuela.

Por ejemplo, cualquier conciudadano con algún allegado que haya fijado su residencia en Estados Unidos sabe que el costo del conjunto de víveres que allí consume mensualmente una familia de clase media –y que incluye todos los grupos de alimentos– es de aproximadamente 100 dólares; es decir, alrededor de la treceava parte del salario mínimo que actualmente se percibe en aquella nación; esa que algunos –o, de manera más específica, los idiotas, resentidos y envidiosos del mundo– consideran un pernicioso lugar y la fuente de todos los males del planeta.

En Venezuela, por el contrario, el costo de la canasta alimentaria familiar alcanzó en marzo, según lo reseñado en El Nacional (http://www.el-nacional.com/economia/Aumento-salario-alcanza-comprar-Simadi_0_620938002.html), la escandalosa suma de 20.919 bolívares, lo que a una tasa de cambio de 6,30 equivale a 3.320,48 dólares estadounidenses; 33 veces lo que cuesta comer –huelga decir, mucho mejor– en aquel país del, al parecer, no tan infeliz norte.

Haciendo a un lado incluso las odiosas –pero necesarias– comparaciones, es más que elocuente el que los 7.421,66 bolívares que más de la mitad de los trabajadores formales del país ganará a partir de julio, al completarse el 30% del incremento salarial, solo alcanzará –a muy duras penas– para adquirir un poco menos de la tercera parte de la mencionada canasta alimentaria –y eso en el improbable supuesto de que su costo no siga aumentando–.

¡Y todavía osa el presidente de la república increpar públicamente a quienes expresan su disconformidad con tan pírrico incremento!

 

@MiguelCardozoM