• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Miguel Ángel Cardozo

La frontera de la legitimidad

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Entre la constante arremetida en contra de la dignidad humana por parte de instituciones que insisten en sepultar el Estado de Derecho debajo del frágil pero pesado mito de la suprema felicidad, el manifiesto desinterés de organizaciones internacionales por la exigencia de la reconstrucción de los pilares de la democracia para cuya preservación fueron creadas y a un elevado costo son hoy mantenidas, y el silencio cómplice de gobiernos hundidos en el oscuro fango de un inagotable maná petrolero, solo resta pensar en la legitimidad como válido argumento que, de cara a la opinión pública global, contribuya a ejercer presión en todas esas instancias para que sus representantes actúen en pro de la defensa de la libertad con la que proclaman estar comprometidos.

Pero lo que en principio parece una tarea fácil y respaldada por un tácito consenso universal, conduce pronto a una encrucijada de incertidumbres ante la aparente ausencia de claros parámetros que de manera irrefutable permitan señalar lo que para muchos es más que evidente.

Quien no sea jurista, por ejemplo, podría preguntarse cuál es el grado permisible de impunidad que justifique la permanencia en sus cargos de funcionarios ebrios de un poder que utilizan para derribar adversarios y postrar a dependientes adeptos, en contra de los más elevados preceptos consagrados en la Constitución y las leyes de la República.
Quien no sea economista, por ejemplo, podría preguntarse cuál es el grado aceptable de inopia que justifique el sostenimiento de un modelo que oprime entre sus tentáculos las bases de la producción hasta hacerlas añicos, para luego golpear una y otra vez sus resquebrajados pedazos hasta reducirlos a una materia más parecida al polvo interestelar que a los bloques con los que se construyen la riqueza y el bienestar.

Quien no sea sociólogo, por ejemplo, podría preguntarse cuál es el grado tolerable de atomización de la sociedad que justifique la fervorosa defensa de ideologías que solo encubren mezquinos intereses de cúpulas que las ondean como banderas de la justa reivindicación de los marginados del pasado, ahora esclavos de su fe ciega en vanas promesas de un mejor porvenir que nunca viene.

Quien no sea psiquiatra o psicólogo, por ejemplo, podría preguntarse cuál es el grado de agresión soportable que justifique el insulto como arma política, la instigación al odio como instrumento de división social y la vulneración de los derechos humanos fundamentales como mecanismo de subyugación.
¿Cuál será, en definitiva, la frontera de la legitimidad?

Más allá de la frontera
Lo que sí queda claro para el “común” e “inexperto” es que más allá de esa frontera las leyes son el blanco de una obscena manipulación que precariamente enmascara la torpe imposición de un neototalitarismo sui géneris, aunque más parecido a una pésima reproducción orwelliana que a un exitoso intento de supresión de la voluntad de la mayoría.

Más allá de esa frontera se deterioran al máximo las condiciones materiales de la población para atraparla en el vicioso círculo de la permanente lucha por la “satisfacción” de las necesidades más básicas, con la ingenua convicción de que el comportamiento humano se circunscribe a los estrechos límites de aquella pirámide construida con las no tan sólidas rocas de la teoría de Maslow.

Más allá de esa frontera se eleva ignominiosamente a los altares de la patria a la más fiel representación de los antivalores patrios, contrarios a aquel espíritu democrático que creen haber expulsado a la fuerza del cuerpo social como creen haber borrado la memoria histórica que contiene la esencia misma de la identidad nacional: la figura de su único y eterno Libertador, ni siquiera mancillada por aquel burdo Bolívar y Ponte –falso hasta en el nombre– vilmente fabricado por el que tanto veneran los “revolucionarios” de hoy.

Más allá de esa frontera solo puede establecerse una decisiva pugna entre la negación del individuo y la reafirmación del ser humano en toda su plenitud, porque como este ha demostrado una y otra vez a lo largo de miles de años, su naturaleza no es la esclavitud o el servilismo.

Y para el “común” e “inexperto” queda claro que aquí no habrá una excepción.