• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

Mucho más que fe

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Tenzin Gyatso, mejor conocido como el Dalái Lama, siempre recomendaba en sus primeros años lo que, de conformidad con la tradicional filosofía subyacente del budismo tibetano, por siglos muchos habían enseñado. Pero Su Santidad, la decimocuarta reencarnación del bodhisattva de la compasión, tiempo ha que vive como exiliado en la ciudad india de Dharamsala en virtud de que ya no tiene una nación a la que retornar porque la que regía, como una terrenal deidad, fue invadida y fagocitada por la imperialista China comunista ante la aparentemente sosegada e impertérrita mirada de un pueblo sumergido, junto a sus líderes teócratas –joven rey-Dios incluido–, en una interminable sucesión de plegarias y mantras elevados entre hermosos mandalas al cielo.

Cierto es –y justo es decirlo– que, más allá de lo tardío de la resistencia de la sociedad tibetana y de algunas opciones contempladas ahora en retrospectiva, muy pocas fueron desde un comienzo las probabilidades de evitar tal desenlace; aunque quién sabe en realidad lo que hubiese ocurrido de haberse actuado en ese ancestral reino con la sagacidad de un frágil David.

Esto viene a cuento dado que en la Venezuela de hoy no se quiere terminar de entender que ni el afligido Cristo ni el triunfante Pantocrátor, ni la mismísima Santísima Trinidad, ni Adonaí, Alá, Buda o la miríada de dioses del panteón hinduista, y menos todavía los ambiguos Orishas o los impenetrables Hermanos Mayores, acudirán a frenar con un leve movimiento de sus etéreas manos la caída del país en el abismo de los errores históricos.

Podrá invocarse mil veces el purificador poder de la llama violeta y decretarse cuanto se desee la manifestación de divinos dones, u orarse a todos los santos en el clímax de la transverberación para que ante Dios omnisciente, omnipresente y omnipotente intercedan por los venezolanos, o implorarse incluso a la temible Kali que con implacabilidad juzgue a los que tanto mal a la nación han ocasionado y en esta siembre la semilla de la regeneración, y todo será en vano si a las diversas y respetables expresiones de fe no se suman concretas acciones que aquí conduzcan al fin de los abusos y las injusticias, y permitan colocar las piedras fundacionales de un nuevo Estado de Derecho.

Lo que en Venezuela ha ocurrido en los últimos años es el resultado de la espera de algún celestial auxilio mientras una cúpula opresora va llevando cada vez más lejos la frontera de sus políticas empobrecedoras y represivas como parte de una continua y sistemática calibración de la capacidad de aguante de sus víctimas; una práctica que, por cierto, si bien ha sido ampliada de insospechados modos en meses recientes, fue iniciada por el extinto progenitor de la aberración devenida en sincrético “modelo”.

El trillado “no pasa nada” no es más que la “reacción” esperada a “calculados” estímulos cuya “intensidad” seguirá aumentando en la medida en que no se detecten cambios en los patrones de comportamiento de un pueblo que, a la luz de un historial de casi 17 años, no fue al parecer jamás espontáneo en extremas “reivindicaciones” de sus derechos como los apologistas del Caracazo –y sus probables promotores– afirman.

Quizás con eso en mente es que se han fraguado todo tipo de tropelías “administradas” en crecientes dosis, aunque, estando sus artífices muy lejos de constituir el súmmum de la genialidad, se abre hoy un abanico de oportunidades que, de ser aprovechadas, podrían colocar a la sociedad venezolana en el camino de la exitosa conquista de su libertad.

Ello no quiere decir que deba recurrirse a la violencia como arma política frente a un régimen que es capaz de condenar a una figura mundialmente conocida como Leopoldo López pese a lo evidente de su inocencia –tanto que por doquier no dejan de surgir manifestaciones de indignación ante semejante bajeza–, sino que, además del dispositivo electoral, deben activarse decididamente los mecanismos pacíficos y constitucionales que sean menester para obligar a quienes abusan de su poder a someterse a la voluntad de una –por no decirlo del malsonante modo que el caso amerita– exasperada ciudadanía.

No está de más que con humildad se continúe solicitando a la divinidad su ayuda en tan titánica empresa, pero como lo he venido reiterando, únicamente de nosotros dependerá el que a la nación a buen destino aquella lleve.

 

@MiguelCardozoM