• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

No es fácil, pero sí lo requerido

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El definitivo desconocimiento del texto constitucional por parte de los miembros de la cúpula del régimen, rayano en derogación de facto de la máxima normativa dentro del marco jurídico nacional, no solo se trata de un escandaloso acontecimiento más sino que constituye la raíz de la dramática multiplicación de los horrendos crímenes de lesa humanidad que están ocasionando verdaderos estragos en la sociedad venezolana.

Claro que por público, notorio y comunicacional, tal hecho es una verdad de Perogrullo, pero precisamente por ello resulta de extrema gravedad que dichos crímenes estén engrosando la grotesca lista de eventos “normalizados” por esa misma sociedad, a tal punto que ya no parece importar, por ejemplo, el que a diario mueran neonatos en los hospitales del país a consecuencia de las inadecuadas condiciones que son hoy el contexto de una (des)atención sanitaria que se aparta de ese “deber ser” del que, en este estado de cosas, solo quedan las ficciones que con patológico caradurismo repiten a diario los responsables de aquella y mil calamidades más.

La de la abundancia de alimentos en el país como para satisfacer a varios más, narrada con revolucionaria “finura”, lo evidencia de manera elocuente.

Y mientras semejante “normalidad” transcurre y la dictadura exhibe su sardónico rostro, un grueso sector del país sigue aferrado a la creencia de que las acciones de 109 –de 112– diputados opositores, junto a las de un puñado de dirigentes políticos, serán suficientes para la consecución del ansiado cese de los delictivos días de tal régimen.

¡Tamaña insensatez!

Ni ello, ni contundentes pero infructuosos llamados de atención como el más reciente del secretario general de la Organización de los Estados Americanos, ni muchísimo menos la activación de la Carta Democrática Interamericana, permitirán el logro de lo que el propio pueblo venezolano sí puede en efecto materializar con la insustituible ayuda de lo único capaz de infundir en sus inefables opresores aquel respeto perdido en los lejanos días de abril de 2002 cuando toda una generación, con inexcusable falta del sentido del verdadero deber y de la responsabilidad, decidió retornar a la intimidad del hogar mientras pequeños grupos incurrían en unos errores cuyos elevados costos los están pagando hoy sus hijos y nietos.

Eso, una pacífica presión en las calles y avenidas de Caracas de, al menos, la tercera parte de la población del país, no solo haría posible sino que catalizaría la definitiva y efectiva activación de cualquier otro mecanismo constitucional que conduzca al pronto fin de la tiranía y al restablecimiento de un pleno Estado de derecho en la nación.

Basta de cacerolazos que no pasan de vanos “desahogos” y de parceladas manifestaciones que solo sirven para componer titulares en la prensa y llenar de más presos políticos los calabozos del régimen. Es momento de asumir lo que tanto le urge a esta maltrecha Venezuela.

No es fácil, pero sí lo requerido.