• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Miguel Ángel Cardozo

Una dictadura más allá de la semántica

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¡Lo volvieron a hacer!

A tan solo una semana del jueves rojo –ese 12 de febrero de 2015 en el que se le dio a la economía venezolana el mayor golpe de toda su historia, a través de una megadevaluación sin precedentes de la moneda nacional–, el régimen decidió dejar de lado las pocas formas con las que aparentaba jugar en el tablero democrático para incurrir en un despropósito que bien podría significar su definitivo desmoronamiento.

Y es que al detener al alcalde metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, de la manera arbitraria y salvaje como lo hicieron, con la inverosímil excusa de que tan cabal demócrata es parte de una supuesta conspiración transnacional para derrocar a un gobierno afanado en su “inconsciente” autodestrucción, catalizaron el inicio de la consecución de una verdadera unidad nacional; esa que no se logró en los últimos 16 años y a la que tanto teme esta dictadura.

Sí, dictadura, porque este régimen pretende concentrar y conservar el poder mediante un uso cada vez más frecuente y abusivo de la fuerza, lo que no solo se refiere a un muy variado y perverso empleo de la fuerza militar, policial y parapolicial, sino a una escandalosa transgresión del marco jurídico de la república y de toda la legislación internacional en materia de derechos humanos.

Por tanto, ya no se puede seguir prestando oídos a seudointelectuales que, en su papel de solapados colaboracionistas del régimen, han convencido a medio país –incluyendo a un hatajo de idiotas en los medios de comunicación nacional, que se han hecho eco de tan “distinguidos” personajes– de que en Venezuela no hay una dictadura, bien porque –según ellos– el término solo aplica a la excepcional y transitoria forma de gobierno que establecía la antigua legislación romana, bien porque el chavismo se hizo con el poder gracias al voto de una “mayoría”.

En la vigésimo tercera edición del Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española, la palabra “dictadura” se define, en su cuarta acepción, de la siguiente manera:

“En la época moderna, régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o a veces en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”.

Así que, aunque la dictadura venezolana posea características inusuales –que no son más que adaptaciones a los nuevos tiempos–, su correcta denominación no es un problema semántico sino el deliberado intento de unos inescrupulosos –muchos de ellos carcamales en ridícula pose de puristas de un lenguaje que al parecer no conocen– por ocultar el verdadero talante de dicho régimen.

Pero más allá de lo estrictamente semántico, lo realmente sustantivo es que se está ante una feroz dictadura que, germinada de la semilla de un inexplicable odio, está decidida a llevar adelante una guerra de aniquilación total que de la sociedad venezolana no deje piedra sobre piedra.

Por ello, la lucha pacífica por la democracia exige hoy más que nunca transparencia en el discurso y coraje en la acción, además de un mayor tino en el diseño de estrategias que de modo efectivo impulsen el cambio que el país requiere.

Eso implica –y lo he reiterado en no pocas ocasiones– que los ciudadanos “de a pie” debemos asumir nuestra responsabilidad y papel protagónico en la actual coyuntura, dado que somos, a fin de cuentas, los que más tenemos que perder en esta sórdida historia de agresión dictatorial.

Pero también implica que quienes están al frente de las principales organizaciones de representación opositora –como la Mesa de la Unidad Democrática–, así como los que encabezan importantes alianzas políticas ad hoc, tienen que comenzar a acercarse –sí, acercarse, no esperar con soberbia a que toquen a sus puertas– y extenderle la mano con humildad –pero no con la fingida– al talento que sí puede contribuir de manera significativa al diseño e implementación de las mencionadas estrategias; un talento –principalmente joven– que se encuentra desperdigado en universidades, escuelas, centros de salud, empresas, organizaciones no gubernamentales y en la comunidad en general, y al que si no se le da el lugar que le corresponde en el nuevo proyecto de país, terminará por buscar –como ya otros lo han hecho– oportunidades de participación y desarrollo en otras latitudes.

Para esto, claro, es menester que muchos –sobre todo los presidenciables y otros aspirantes a cargos de elección popular– aparten de sí el temor de verse en un futuro “amenazados” por –los siempre necesarios– liderazgos emergentes y empiecen a mirar más allá de sus propias –y, sin duda, legítimas– aspiraciones.

Ejemplo de esa constructiva actitud ética y verdaderamente patriótica, que tanto aterra a la dictadura, lo han dado Leopoldo López y Antonio Ledezma.

Por algo se encuentran privados hoy de su libertad.

 

* Profesor de postgrado de la UCAB e investigador.

 

** Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.