• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

La destructiva necedad que no triunfará

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Ha ocurrido no pocas veces a lo largo de la historia de la humanidad que los partidarios de unas determinadas ideas –envanecidos por un purismo muchas veces ajeno a sus propios postulantes– terminan erigiéndolas en peligrosos dogmas –casi de fe– a los que se mantienen aferrados hasta el fin de sus días y en cuyos nombres perpetran y/o justifican hasta los más terribles crímenes, por lo que no es difícil entender el que un grueso sector de la vetusta intelectualidad venezolana insista en propugnar las supuestas bondades del marxismo por su añeja aceptación a priori, convertida luego en indiscutible certeza, de que es este una suerte de panacea universal capaz de subsanar de manera permanente todos los defectos de la sociedad global.

Si Marx –con una convicción que no se sabe si fue producto de una gran ingenuidad o de una tremenda soberbia– creyó fervientemente que, por la indefectibilidad de unas “leyes” que él aseguró que regían el devenir histórico –aunque nunca pudo demostrar su existencia–, las estructuras dentro de las que se desarrollan lo que denominó “relaciones de producción” terminarían siempre por constituirse ellas mismas en factores de conflictos y cambios, y que ese proceso “evolutivo” culminaría algún día con el ascenso de la “dictadura del proletariado” –o socialismo– como etapa previa a un definitivo estado de “libertad” –o comunismo– derivado de la supresión de las clases y el Estado por parte de aquel segmento de la sociedad, por qué extrañaría entonces que sus adeptos difundan tales ideas –o, más bien, sus más variadas interpretaciones de estas– como verdades inconcusas.

Claro que el problema no radica en el anquilosamiento de su pensamiento sino en su censurable pretensión de imponerle solapadamente sus utopías a las generaciones futuras, sin haberse detenido siquiera un instante a revisar esas ideas con auténtico espíritu crítico y a la luz de la historia de fracasos que hace casi 98 años comenzó con el triunfo de la Revolución Bolchevique; una sucesión de fracasos que, sea dicho de paso, ellos le atribuyen a las imperfecciones de quienes desde entonces pusieron en práctica las ideas de Marx y no al marxismo ante el que han vivido y morirán prosternados como las beatas de iglesia ante el altar.

¿Acaso la decisión de Lenin de recurrir a lo que llamó “capitalismo de Estado” a través de su famosa Novaya Ekonomicheskaya Politika para evitar el colapso del entonces recién creado Estado socialista, la brutal represión llevada a cabo por Stalin para impulsar ese artificial crecimiento de la economía rusa que se produjo durante su gobierno, los fallidos intentos de Jrushchov y algunos de sus sucesores de promover en una nación sin libertades el mismo nivel de desarrollo alcanzado por las democracias occidentales más robustas –tan fallidos como los que, salvando las distancias, se están realizando actualmente en la China transmutada en cuna de aquel “capitalismo salvaje” que por años solo existió en el imaginario de las autodenominadas “izquierdas” del mundo–, la hambruna ocasionada entre 1959 y 1961 en el Gigante Asiático por el Gran Salto Adelante lanzado en 1958 por Mao y sus aduladores miembros del Partido Comunista de ese país –y que de acuerdo con diversas fuentes extraoficiales no se cobró 15 millones sino más de 35 millones de vidas humanas– o la ruina y el sufrimiento de pueblos como el cubano, varios asiáticos y, ya en pleno siglo XXI, el venezolano, no constituyen pruebas tangibles de las falencias de la doctrina marxista?

Por supuesto, la apresurada respuesta de esa rancia intelectualidad a esto es un invariable “no” y, huelga decir, están en todo su derecho de así creerlo, pero una cosa es eso y otra muy distinta el que intenten continuar sus experimentos dentro de lo que estiman como un gran “laboratorio social” en el que, para ellos, es aceptable deshumanizar al individuo hasta convertirlo en objeto manipulable y prescindible, y en el que las víctimas siempre se cuentan por millones, sobre todo jóvenes que, de no comulgar con la fe marxista, juzgan como criaturas intelectualmente inferiores y, por tanto, incapacitadas para tomar acertadas decisiones en lo que a su futuro se refiere.

Con todo, lo que más molesta no es su proverbial seudoética o sus poses de ínclitos sabios, estadistas y demócratas tras las que ocultan un profundo desprecio por toda opinión contraria a sus “verdades” y una absoluta falta de respeto por la vida humana, sino el que, después de décadas de hacer la vista gorda ante la perversidad de regímenes como el castrista, de trabajar deliberadamente en pro del incremento de la influencia de aquellos mediante un marketing político camuflado a menudo de respetable labor académica –contribuyendo con ello a sumarle muchas desgracias a la humanidad– e insistir en la implementación del socialismo/comunismo en el país pese a los estrepitosos fracasos de innumerables experiencias previas en cuatro continentes, adolezcan de una impudicia que los ha llevado a obstruirle el paso a una juventud que, por estar padeciendo las consecuencias de los errores de tan “ilustre” intelectualidad, reclama profundos cambios en la nación y que, por ende, ya debería estar ocupando los espacios que ellos se niegan a ceder a fin de impulsarlos desde estos.

Asimismo, entristece ese mencionado anquilosamiento de su pensamiento por el obstinado apego a unos “principios” que más bien luce como una excusa para no dar su brazo a torcer; y si no es ese el caso cabe entonces señalarles lo que, aún con todas sus “luces”, nunca han entendido, esto es, que la grandeza de un hombre no deriva de la inmutabilidad de sus principios sino de una consciente y constante evolución que lo dispone cada vez de mejor manera para la consecución de su desarrollo y el de su entorno.

Lo contrario a tal evolución es mera necedad.

No en balde, cuando este año se resolvió galardonar a Teodoro Petkoff con el prestigioso premio Ortega y Gasset en la categoría “Trayectoria Profesional”, el respectivo jurado lo hizo atendiendo a su “extraordinaria evolución personal que le ha llevado desde sus inicios como guerrillero a convertirse en un símbolo de la resistencia democrática a través del diario que dirige”.

Hay una pregunta retórica que desde hace unos años se oye con cierta frecuencia en diversos círculos intelectuales y que, pese a lo trillada, vale la pena sacar aquí a colación: ¿de estar hoy vivo Marx, mantendría a todo trance los puntos de vista que le parecieron correctos en ese siglo XIX anterior, entre otras cosas, a los cambios producidos por la Segunda Revolución Industrial –por no hablar de los derivados de la tercera–, al surgimiento de relaciones sociales de poder inimaginables entonces y a las sucesivas reivindicaciones de derechos fundamentales que han dado lugar a nociones más amplias acerca de la libertad y el propio desarrollo?

Preguntas similares cabrían también en referencia a Smith o a cualquier otro teórico –de cualquier área– ya fallecido, elevado a los altares de la filosofía, la ciencia o la política, y convertido en figura central de algún culto sectario; pero en todo caso, la primera no ha movido –ni moverá– a la reflexión a la hinchada criolla de Marx por la sencilla razón de que el denominador común de esta es precisamente la necedad.

Y tan seguro como esto es que cuando, en su inexorabilidad, la naturaleza la restituya al polvo primigenio, permanecerá aquella en la memoria de los pocos que la recuerden como la triste alegoría de la más nociva de todas las formas de pertinacia; una que, además de constituir una fuente de atraso, puede originar inimaginables holocaustos.

Por fortuna, hoy puede tenerse absoluta certeza de que en su caso se verificará lo mismo que Unamuno auguró en relación con el movimiento que luego se convertiría en el inefable franquismo por conducto de su célebre réplica a la destemplada reacción de Millán-Astray ante el discurso por él pronunciado el 12 de octubre de 1936, en la Universidad de Salamanca, durante la apertura del curso académico de aquel año, a saber: “no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón”.

 

@MiguelCardozoM