• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

No crisis sino malinterpretación

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Resulta que, todo este fructífero tiempo, 30 millones de venezolanos hemos estado equivocados y lo que erróneamente percibimos como una crisis no es más que la colectiva malinterpretación de la motorizada y correcta marcha de un revolucionario y perfecto proceso de incomparable desarrollo humano; un proceso en el que cada aspecto en apariencia negativo es, en realidad, un nuevo e inestimable aporte que nos aproxima aún más a la tan anhelada consecución de la asepsia de nuestras confundidas mentes mediante el derribo de los nocivos esquemas consumistas que, por décadas y de subliminal modo, nos implantaron demoníacas entidades surgidas de las profundidades del capitalismo con el avieso propósito de evitar la instauración del celestial reino socialista en esta oscura tierra.

¡Oh, cuán torpes e indignas criaturas somos! No merecemos el perdón de nuestros tutelares dioses, Marx y Lenin, ni el de quienes por tan benefactoras deidades han sido ungidos como nuestros santos protectores.

En efecto, de tal gracia no somos merecedores por atribuir la escasez de agua y alimentos a inexistentes incapacidades y odios cuando aquella no es otra cosa que el obsequio del don de la temperancia que, ¡hosanna en las alturas!, a diario recibimos gracias a la bondad de los heroicos paladines que en contra de la capitalista maldad hoy luchan para bendecirnos mañana con la leche y la miel que en abundancia manarán en ese paradisíaco reino.

No la merecemos por exigir medicamentos y cuidados de salud ante mil enfermedades que, con la misma resignación de Job, deberían haber sido ya aceptadas por aquellos bienaventurados que las padecen como lo que son, a saber, las sacras pruebas por cuyos resultados –en este mundo o en el otro– se juzgará su obediencia a la divina voluntad socialista; unas pruebas por las que, huelga decir, tendríamos todos que agradecer a nuestros regios y rectos gobernantes, quienes fieles a la verdadera fe –que con tanto celo defienden– aseguran siempre su oportuna multiplicidad.

En fin, no merecemos dicho perdón por dirigir injustas imprecaciones a las desprendidas e impolutas almas que por nuestro bien nos han alejado de todas las capitalistas obras que corrompen el espíritu humano: la educación de clase mundial, la cultura universal, la prensa libre, la electricidad, la tecnología de punta –incluyendo la sanitaria–, la producción industrial generadora de riqueza, la propiedad privada, el Estado de derecho y un largo etcétera.

Algún impenitente pecador –o, tal vez, preclaro pensador– diría: “Pura cháchara burda”.