• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

Una ley de ciencia, tecnología e innovación para una nueva Venezuela

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Sin duda, una ley en materia de ciencia, tecnología e innovación que, de manera efectiva, coadyuve a impulsar en Venezuela una producción de conocimiento y de novedades y mejoras de envergadura, y en el marco de una agenda nacional de auténtico desarrollo, no es solo una deuda con los sectores académico e industrial del país sino con cada uno de sus habitantes, por cuanto el logro de altísimos niveles de calidad de vida en este dependerá, en gran medida, de que su reconstrucción vaya acompañada de la creación de capacidades científicas y tecnológicas que les permitan a los venezolanos afrontar con éxito los grandes retos de las próximas décadas en lo que a requerimientos energéticos, mejor aprovechamiento de los recursos naturales, industrialización sostenible, conservación del medio ambiente, salud y muchos otros relevantes aspectos se refiere.

Claro que no debe tratarse de la aprobación de otro de esos punitivos instrumentos “reguladores” de dicha materia que, en estos años de devastadora locura socialista/comunista, más parecen haber sido diseñados para la persecución del sector empresarial y el menoscabo de las fortalezas de las universidades en ese ámbito que para el fomento de una fructífera colaboración entre estos y otros fundamentales actores, como los agentes gubernamentales, las ONG y hasta la propia ciudadanía, máxime cuando en no pocos países se ha demostrado que el trabajo en red entre tales actores impulsa con mayor fuerza la investigación, desarrollo e innovación, sobre todo las actividades que van generando insumos para una cada vez mayor y mejor satisfacción de un sinfín de necesidades sociales.

Esto último, por cierto, sin la asunción de coartadoras e inútiles nociones como la de “ciencia útil”, ya que si algo han evidenciado experiencias como, por ejemplo, la del no tan remoto inicio del financiamiento de la investigación y desarrollo en nanotecnología por parte de organismos como la National Science Fundation de Estados Unidos, cuando muchos aseguraban que tal cosa constituía un gigantesco desperdicio por solo formar parte esa área del campo de la “ciencia ficción”, es que el dinero, variados recursos y esfuerzo invertidos en lo que en un determinado momento luce como el delirio de calenturientas y “pseudocientíficas” mentes, bien puede luego convertirse en fuente de enorme progreso para la humanidad.

¿Acaso disfrutaría hoy la sociedad global de los innumerables beneficios proporcionados por las computadoras y todos los maravillosos adelantos tecnológicos que de aquellas han derivado en las últimas décadas si, apegados a una noción semejante a la de “ciencia útil”, los pioneros que sentaron las teóricas bases de la mecánica cuántica no se hubiesen dedicado a tan “metafísica” labor? O, ¿se estaría avanzando ahora a pasos agigantados en desarrollos experimentales como las terapias regenerativas con células madre o la creación de tejidos y órganos biocompatibles por medio de la impresión 3D si, por similar motivo, no se hubiese acometido durante años y a un muy elevado costo la investigación básica que constituye hoy el pilar de tales desarrollos?

Sea lo que fuere, la inminencia de un cambio político y económico en la nación hace de este un momento propicio para el diseño de un marco regulatorio que, en un futuro que no se vislumbra tan lejano, incentive y facilite el trabajo científico y de innovación como parte de políticas que lo erijan en el eje de los esfuerzos orientados a la consecución del progreso de la nación, lo que entre otras cosas implicará una verdadera valorización de quienes se dedican –o deseen dedicarse– a tal labor para que, con la ayuda de otros factores, lo hagan a la escala que demanda una sociedad agobiada por una miríada de problemas para los que no ve hoy solución.

@MiguelCardozoM