• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Más allá del #6D

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Necesaria aclaratoria: Esta columna de hoy es en realidad un artículo que quien para ustedes escribe envió el 23 de septiembre, para su publicación, a un medio en el que hasta ahora colaboró, pero como por un cúmulo de circunstancias nunca salió allí a la luz, lo hace hoy en El Nacional; un medio en el que, como se ha demostrado con hechos en los últimos años, la libertad de opinión y de expresión no se circunscribe a la esfera de los grandilocuentes discursos sino que constituye una actuación cotidiana consciente y fundamentada en el respeto a la pluralidad de ideas.

Votar el venidero 6 de diciembre para elegir a un mayoritario grupo de parlamentarios que ayuden a desmantelar, pieza por pieza, el peligrosísimo y muy ecléctico Estado “narconacionalcomunista” instaurado a sangre y fuego en el país durante estos infaustos años de principios del siglo XXI venezolano, con el propósito de sustituirlo por uno de pleno derecho y, en consecuencia, propicio para iniciar el avance hacia un auténtico desarrollo, es para esta sociedad lo que para cualquier ser vivo el respirar: indispensable para su supervivencia.

Tan indispensable que no debería haber ya duda respecto a ello en algunos sectores y menos aún en otros la necia pretensión de que su voto, a favor de la causa democrática, se obtenga a cambio de reiteradas súplicas, como si el bienestar nacional no les concerniese o muy poco les importase.

Eso, sin embargo, no es realmente preocupante dado que a estas alturas de los acontecimientos –y del padecimiento– las evasoras creencias y las execrables actitudes como la mencionada se han convertido en una excepción, pero sí lo es por el contrario –y en sumo grado– el que todavía no se hayan previsto cursos específicos de acción a seguir en el caso de que se intentare desconocer el generalizado deseo de cambio expresado mediante el sufragio.

No es esto poca cosa por cuanto de nada servirá un alud de votos con el que se manifieste dicho deseo si no se acompañan aquellos de una pacífica pero contundente presión ejercida por la sociedad civil, junto con amplios sectores demócratas de las fuerzas armadas, a fin de que tal avalancha no acabe en el vacío de las frustraciones, los desengaños y la desesperanza.

Los funcionarios del régimen lo saben muy bien y cabría por eso esperar desmanes incluso más graves que la injusta y nauseabunda condena a Leopoldo López; tropelías con las que, a toda costa, tratarán de amedrentar a un pueblo hastiado de una longuísima sucesión de agresiones, de una corrupción sin par y de una desvergüenza tal que es de por sí motivo suficiente para que se quiera poner punto final al peor de los desaciertos de toda la historia venezolana.

Pero pese a tener absoluta certeza de ello, ese mismo pueblo con hambre de libertad, justicia y bienestar le envió el pasado sábado 19 de septiembre un claro mensaje a quienes insisten en oprimirlo, sirviendo también la ocasión para reafirmarles a aquellos que dicen representarlo en su causa que está en disposición de luchar a pie firme por su futuro y el de sus hijos, por lo que sería un error de desastrosas consecuencias el que la dirigencia opositora, bien por temor a las retaliaciones de los que han secuestrado las instituciones estatales y desvelado por completo su ruindad, bien por inexcusable miopía política, no la canalice a través de una adecuada planificación y coordinación de efectivas acciones en pro de la defensa del voto y, mucho más allá del 6 de diciembre, de las decisiones y mandatos de un Parlamento que sí vele por los intereses de todos los venezolanos.

Claro que para la consecución de esa efectiva defensa de la voluntad del grueso de la ciudadanía del país no se puede perder de vista que el oponente –autodeclarado enemigo de aquella y de la misma patria– es una suerte de “malandraje” que, si bien jamás guardó del todo y sinceramente las formas políticas y jurídicas, tiempo ha que dejó de aparentar ante el mundo que lo hacía por la sencilla razón de que le trae sin cuidado el parecer de la comunidad internacional sobre su criminal proceder.

Esto implica que debe abandonarse de manera definitiva la ingenuidad con la que se ha venido actuando frente a un régimen que carece de todo escrúpulo y que no cejará en su patológico empeño de conservar el poder aunque mares de sangre inunden a la nación a causa de ello, por lo que es hora, entre otras cosas, de romper la cadena de voluntarias ofrendas que solo sirven para engrosar un martirologio nacional que muy poco contribuirá al restablecimiento del Estado de derecho en el país y de dejar de creer en el muy difundido mito de la autosuficiencia de la sociedad civil.

En relación con esto último, no está de más reiterar que las fuerzas armadas tienen la obligación de respaldar a esa sociedad en su lucha por la libertad y la democracia, lo que hace tan importante el que sus miembros así lo comprendan y cumplan como el que la ciudadanía entienda de una vez que sin ese pueblo uniformado serán mínimas las probabilidades de superar el infame socialismo del siglo XXI.

En todo caso, es momento de comenzar a pensar en la unidad como algo más que una transitoria coalición con fines meramente comiciales y trabajar en su consolidación con miras al logro de una exitosa activación de los mecanismos de presión ciudadana que la propia Constitución establece. De lo contrario, esta nueva participación electoral –incluso en el escenario de la aceptación a regañadientes de una aplastante victoria opositora– se contará entre los innumerables e infructuosos intentos de emancipación acumulados en estos casi 17 años de opresión.

Si en semejante error se incurre, podría no repetirse en años –o quizás en décadas– tan valiosa oportunidad.

@MiguelCardozoM