• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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Miguel Ángel Cardozo

Víctimas cómplices

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Para la mayoría de las personas que habitamos el planeta –o al menos la parte “civilizada” de este– es impensable, por ejemplo, la idea de la muerte de seres humanos con propósitos recreativos –o dicho de manera más específica, para el deleite de toda la sociedad–, a tal punto que su materialización les resulta a muchos improbable por considerarla –sensu stricto– contra natura.

Por ello, no se puede dudar de la sinceridad del estupor que produce a no pocos incautos el caer en la cuenta de que esa “muerte de seres humanos con propósitos recreativos” ya ha ocurrido en distintas épocas y a gran escala; y más sorprendente aún, en el seno de civilizaciones muy sofisticadas –como la Roma imperial–, ante las que la nuestra palidecería si no fuese por el barniz científico y tecnológico que le proporciona cierto lustre.

Y es quizás en lo que subyace tras esa ingenuidad donde radica la dificultad de enfrentar a las tiranías, dado que al parecer los oprimidos juzgan en función de sus propios valores el carácter de sus opresores, por lo que sobran argumentos con los que los primeros, de modo inconsciente, solo intentan hacer más llevadera su pesada carga: “de seguro sus conciencias los atormentan”; “al menos nosotros sí podemos dormir tranquilos”; “se han enriquecido a expensas del sufrimiento ajeno, pero esto último es precisamente lo que les impide disfrutar de lo mal habido”; entre muchos otros.

¡Consuelo de tontos!

La verdad es que quienes están convencidos de que robar, mentir, extorsionar, torturar o asesinar son medios válidos para lograr sus fines, no padecen resacas morales o trastornos del sueño cuando lo hacen, así como tampoco las ideas de justicia divina o karma estremecen a los que solo creen en el aquí y el ahora, lo que explica el que cuando personas como esas ocupan posiciones de poder desde las que pretenden sojuzgar a las masas y reducirlas a un estado de permanente postración, no son efectivas para poner fin a sus tropelías estrategias como la condena moral o la apelación a absolutos superiores.

Si el oprimido no se preocupa en tratar de entender el razonamiento del opresor, además de en víctima termina convirtiéndose en ciego cómplice de este, ayudándolo a enlazar, uno tras otro, los eslabones de sus propias cadenas, por cuanto niega a priori cualquier probabilidad de que ocurran cosas como la descrita al inicio de esta columna al ser incompatibles con sus valores.

Pero lo más grave es que una vez que lo “improbable” ocurre, el paralizante asombro inicial puede fácilmente transformarse en adaptativa inacción, permitiéndose así que la opresión asuma formas cada vez más refinadas y siniestras que, a su vez, vuelven a generar las mismas reacciones de asombro y posterior adaptación –y este, sin duda, es el más perverso de los círculos viciosos–.

De esa manera, lo que comienza como un “inocuo” control de la información y del abastecimiento, podría culminar en una masiva aplicación de criterios eugenésicos o en holocausto; o peor aún, en la “muerte de seres humanos con propósitos recreativos” como retorcida forma de control social que sustituya los paredones de fusilamiento de pasados totalitarismos.

¿Fantasía al mejor estilo de la famosa trilogía de Suzanne Collins, The hunger games?

Aún se oye con frecuencia aquello de “¡no vale, yo no creo!”.

@MiguelCardozoM