• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

Solo de este pueblo depende

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Para cuando se finalice de escribir esta columna, el presidente del Parlamento venezolano, Henry Ramos Allup, aún no habrá ejercido su derecho de palabra ante los representantes de los países miembros de la Organización de los Estados Americanos (OEA); pero al hacerlo, seguramente, dejará en millones de personas alrededor del mundo esa profunda y duradera impresión que solo la desnudez de la verdad puede causar.

De ser así, y aunque por unos instantes, constituirá ello motivo de regocijo para la ciudadanía venezolana por cuanto habrá significado el ver despedazadas de nuevo las máscaras que, con muy poca creatividad y de forma basta, los miembros del régimen intentan rehacer una y otra vez.

Puede incluso que esa intervención le haga más difícil a algunas naciones de la región desentenderse del compromiso que asumieron al adherirse a la mencionada organización hemisférica, esto es, el de erigirse en garantes de la consolidación y perdurabilidad de sistemas verdaderamente democráticos; esos que promueven en las sociedades una progresiva expansión de libertades y, por ende, del desarrollo.

Pero al final del día, los venezolanos volverán a percatarse de que las manifestaciones internacionales de “respaldo” y hasta acciones como la activación de la Carta Democrática Interamericana –si es que de tal recurso se llegare en efecto a echar mano–, no trascienden el formal plano de una inefectiva diplomacia que la falta de un verdadero interés en el restablecimiento del Estado de Derecho en el país ha vaciado de todo contenido, porque lo cierto es que, con y sin democracia, Venezuela no ha dejado de proveer de recursos naturales a sus cada vez menos clientes; amén de que en estos tiempos de dictadura en los que han escaseado muchas cosas, la compra de “amigos” externos no es algo que se haya contado precisamente entre aquellas.

De eso tal vez conoce muy bien el señor Rodríguez Zapatero.

Y en todo caso, no cabe esperar algo que diste mucho de semejante diplomacia dado que otros posibles cursos de acción, incluyendo algunos tan radicales como el que en Panamá le puso fin al inefable régimen del que Noriega fue el cruento titiritero, únicamente suscitarían sentimientos de repudio en una inmensa mayoría de los venezolanos –entre ellos, este servidor–.

Esa perspectiva, aunada a otras razones de utilitaria naturaleza –y quizás por esto de mayor peso–, hace de tales cursos de acción inviables opciones para la comunidad internacional. Así que, cuando la euforia alcance su clímax por lo que promete ser una destacada intervención del respetado presidente del Parlamento venezolano en la OEA, nadie olvide que al genocidio continuado en la nación solo le podrá poner fin su propio pueblo.

Ya se sabe cómo.