• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

Al instante

Quizás, quizás, quizás

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¿Qué pasó en Tumeremo con los mineros que aún no aparecen? ¿Por qué se niega el régimen a aceptar de la Organización Mundial de la Salud la donación de medicamentos que, de manera inmediata, servirían para satisfacer enormes necesidades generadas por su rampante escasez en el país? ¿A cuenta de qué esa irresponsable cúpula decide desconocer la cuantiosa deuda que mantiene con los proveedores internacionales del empresariado nacional? ¿Con el beneplácito de cuál pueblo se insiste en esa suerte de militarización de una –ineficiente e ineficaz– actividad económica estatal que, en primer lugar, debería ser muy limitada? ¿Cómo es que a millones de venezolanos de a pie se les transfieren los costos de la corrupción y el despilfarro en los que unos pocos incurrieron mientras estos siguen disfrutando de las mieles del poder y alimentando a las peores de las sanguijuelas a expensas de aquellos?

Preguntas similares a las anteriores constituyen el tipo de elementos que en cualquier otra nación del orbe ya tendrían a una indignada ciudadanía impeliendo, con toda la fuerza de la legitimidad que le otorga su propia e inalienable soberanía, un pronto cambio de gobierno y de políticas públicas, y hasta profundas transformaciones en las mismas bases que la aglutinan como Estado; precisamente lo que, al menos por ahora, no parece estar ocurriendo en Venezuela.

Quizás todo obedezca a una malinterpretación de nociones como paz, democracia y constitucionalidad que conduce al (auto)cercenamiento del pacífico, democrático y constitucional ejercicio de los derechos –y deberes– ciudadanos con el que se asume la condición de verdadero soberano; una condición que al ser realmente asimilada permite, por conducto de esa suprema autoridad que la ciudadanía reivindica para sí, poner fin a cualquier mal uso del poder que de modo temporal y acotado esta delega.

Quizás se deba más bien a aspectos idiosincráticos de esta sociedad o a las huellas impresas en su espíritu por aquella lejana vida en una imperfecta era democrática en la que, más que por un constante esfuerzo colectivo, las cosas parecían ocurrir por la sola fuerza del deseo o por la gracia de Dios.

Quizás, quizás, quizás.

@MiguelCardozoM