• Caracas (Venezuela)

Miguel Ángel Cardozo

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“Puros” pero despeñados

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Los romanos no las preferían rubias –ni rubios–.

De hecho, en el imperio por antonomasia, los cabellos y ojos eran oscuros, y las pieles mostraban las huellas de siglos de vida en inmensos campos bañados por el sol y en mediterráneas costas mil veces recorridas en tiempos de guerra y de paz; “diosas” –y “dioses”– de ébano eran moneda corriente en su corte y satisfacían las más extravagantes fantasías; la obtención del privilegio de la ciudadanía, dentro de una sociedad que alcanzó unos niveles de multiculturalidad insospechados hasta entonces, no estaba allí supeditada a criterios raciales; y la única raza que –por lo menos que se sepa– nunca inyectó una sola gota de su sangre a quienes por centurias ocuparon el trono imperial, fue la amarilla –y ello en virtud de que entre Roma y las míticas tierras orientales, allende las fronteras del mundo por ellos conocido, se interponía una miríada de irreductibles pueblos que se empeñaban en sojuzgar–.

Incluso, esos pueblos de cabellos como las brasas ardientes o del color de los trigales, y de cuyas palabras aquellos elocuentes oradores solo captaban un casi ininteligible “bar, bar, bar” –razón por la que, al igual que lo habían hecho ya los griegos, empleaban el peyorativo término “bárbaros” para referirse a ese conjunto de “salvajes” con pálidas pieles que se apartaban de sus estándares de salud y belleza–, eran vistos, más que a través del racial, por el cristal de la desconfianza y el termor.

Quizás por ello es que Hitler, quien –además de sus escasos rasgos teutónicos– poseía –como muchos germanos– una fisonomía muy disímil a la de aquellos guerreros que, con sus virtudes y crueldades, construyeron una muy imperfecta pero –en muchos aspectos– admirable civilización, forjó la ficción de lo ario, carente de cualquier fundamento histórico y menos aún genético, para intentar legitimar la descabellada idea de que los alemanes eran los genuinos herederos de aquel imperio y él el directo descendiente de unos superhombres de cuasiangelical pureza, constituyendo lo uno y lo otro las perniciosas fantasías surgidas del rincón más oscuro de la calenturienta mente de un incorregible megalómano.

Pero sea lo que fuere, lo anterior viene a cuento porque en la asolada Venezuela de estos tiempos se pretende añadir a la multitud de males que la aflige el de los odios raciales y nacionales, con miras a la generación de disensiones en el seno de una ciudadanía que, ante una debacle sin precedentes, se ha ido cohesionando en torno a la certeza de que si no se desaloja de las diversas instancias de los poderes públicos al “malandraje” que la ha mancillado, expoliado y empobrecido, y que ha empujado a sus hijos a un duro exilio, sobrevendrán años de tal sufrimiento que la muerte será vista como el mejor de los bálsamos.

En todo caso, ¿de cuándo acá en este país se escudriñan árboles genealógicos para determinar el grado de pureza étnica? Porque, además, ¿a cuál etnia pertenece el venezolano? ¿A la de los caribes?; ¿a las indígenas del occidente o del sur?; ¿a las afroamericanas?; ¿a las de los pueblos del otro lado del Atlántico o del Pacífico? ¿O pertenece acaso a la del “Bolívar nuevo” cuyas inusuales facciones parecen de otro mundo?

Solo los aviesos espíritus propugnan la supuesta sacralidad de unos caracteres comunes que en realidad nadie posee pero que, por eso mismo, utilizan como base para el establecimiento de ambiguos criterios de inclusión –y exclusión– social y política; criterios que luego les sirven de pretexto para la persecución de aquellos a los que, por diferentes motivos, consideran sus enemigos.

Paradójicamente, quienes así actúan sí parecen compartir unos indeseados caracteres, indistintamente de si se trata de un Trump o de cualquier arrabalero resentido.

En Venezuela, la condición de venezolano es un derecho adquirido por nacimiento o naturalización, y la venezolanidad un sentimiento. Más allá de eso, no deberían existir restricciones para que cualquier persona de buena voluntad que desee integrarse a esta sociedad y contribuir con su desarrollo lo haga.

La única restricción que la propia Constitución consagra y que solo afecta a quienes aspiran a ocupar la Presidencia de la República tiene que ver con la naturaleza de la ciudadanía, ya que aquella privilegiada posición de –a menudo malentendido– servicio público se reserva a los venezolanos por nacimiento.

Y en la larga historia republicana de esta nación, todos sus presidentes, tanto caudillos como demócratas, cumplieron con tal requisito… Al menos, según algunos, los hoy difuntos.

@MiguelCardozoM